Noam Chomsky | Letras Libres
artículo no publicado

Noam Chomsky

¿Es posible crear una sociedad perfecta? ¿Se puede diseñar un mundo en el que el género humano, al igual que el sistema planetario, conviva en orden y armonía? A mediados del siglo XX, cuando aquel empeño parecía restringirse al Bloque del Este, en Estados Unidos, país que se había conformado con el idealismo y la imperfección de su sistema democrático, surgió una voz que reavivó esa idea. Desde la prestigiosa universidad de Harvard, el psicólogo conductista B. F. Skinner llevó a cabo experimentos científicos que lo convencieron de que no era necesario buscar la Utopía en una isla lejana. La sociedad perfecta podía crearse allí, en suelo norteamericano, y para ello bastaba con aplicar a gran escala los adelantos de la ciencia conductista.

La fórmula no era compleja. Mediante un sistema de ingeniería humana se fomentaría el autocontrol, y con ello se eliminarían las conductas negativas y el consecuente castigo. Se podría experimentar ilimitadamente hasta dar con la solución a todos los problemas que produjeran malestar social, y sería un grupo de planificadores (planners) y administradores (managers), similar al concejo de sabios en el que pensaba Saint-Simon cuando diseñaba su propia versión de la sociedad ideal, el que controlaría todas las variables del ambiente para modelar a los hombres y engranarlos en perfecta armonía.

Este sueño utópico, con el que Skinner fantaseó en su novela Walden Dos y que luego racionalizó en el libro Más allá de la libertad y la dignidad, tuvo gran influencia en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX (aunque aún hoy en día existen comunidades inspiradas en él, una de ellas en Hermosillo, México). Su reinado duró hasta que un lingüista de origen judío, influenciado desde su juventud por el sionismo y las ideas libertarias de la Ilustración, salió a escena para denunciar las deficiencias científicas del conductismo y, sobre todo, la concepción del ser humano que se ocultaba bajo las premisas del condicionamiento operante. En 1959, Avram Noam Chomsky publicó una demoledora reseña de Conducta verbal, el libro en el que Skinner intentaba dar cuenta del proceso de adquisición del lenguaje, que resultó determinante no sólo para sembrar dudas sobre el conductismo sino para dar a conocer las ideas de este joven profesor de MIT.

La formación de Chomsky, aderezada con las obras de Descartes, Rousseau y Humboldt, los escritos libertarios de Orwell, el interés por el anarquismo y la tentación de abandonarlo todo, viajar a Palestina y vivir en un kibutz para poner en práctica sus incipientes ideas sobre el trabajo cooperativo y luchar por la consolidación de un estado binacional entre judíos y palestinos, le hizo sentir verdadera repulsa por la imagen del ser humano que emergía de los textos de Skinner. En ellos, el hombre era retratado como una tabula rasa, moldeable en su totalidad por el ambiente. Skinner estaba convencido de que el ser humano no era libre. Hombres y mujeres, lo supieran o no, siempre habían vivido bajo alguna forma de control externo, bien fuera las experiencias de la niñez, la religión, la propaganda o el gobierno. Lo lógico, entonces, era desechar del todo el mito de la libertad individual y crear un medio en el que el ser humano no tuviera que padecer los traumas y conflictos que soportaba en una sociedad mal planificada. Si el único tipo de libertad al que se podía aspirar era la mera ausencia de castigo y de opresión, ¿por qué no crear un mundo en el que se fomentara el autocontrol y, de esa forma, se evitara el uso de sanciones y conductas represivas? Ahí estaban los avances científicos en ingeniería del comportamiento; podían usarse para diseñar racionalmente un programa de estímulos y recompensas que generara seres humanos capaces de autorregularse. ¿No sería esto una ganancia si, además, se lograban evitar problemas acuciantes como la sobrepoblación, la contaminación, la crisis alimenticia o el riesgo de un holocausto nuclear?

La ecuación de Skinner, además de sencilla, era racional: si el hombre era un cascarón vacío, sin ninguna necesidad, motivación, rasgo o propiedad que determinara la manera en que debía vivir, bastaba con modificar el medio ambiente para obtener el tipo de persona que se deseaba. Pero a pesar de lo sencilla, esta idea suponía negar todas las cualidades de la mente y del espíritu que los filósofos del siglo XVIII le habían otorgado al hombre, las mismas que Chomsky, además de importantes, consideraba parte constitutiva del ser humano. Por eso su dictamen fue implacable: el empirismo de Skinner era científicamente pobre y sus conclusiones sobre la –ausencia de– naturaleza humana totalmente absurdas. Las investigaciones que él había emprendido a principios de 1950 lo habían convencido de que el hombre no era una tabula rasa. Había una naturaleza humana. Su estudio era aventurado y difícil, pero podía arrojar resultados concluyentes. Y el mejor camino para hacerlo era investigando la propiedad humana por excelencia, aquella que igualaba a hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas y que a la vez los diferenciaba de cualquier otro ser vivo: el lenguaje.

No es posible, explica Chomsky en sus primeros libros, que una facultad tan especializada y compleja como el lenguaje, que además presenta similitudes estructurales en todos los idiomas, se adquiera sólo a partir de estímulos externos. El lenguaje, al igual que la vista o el oído, debe ser un patrimonio de la especie que se desarrolla de la misma manera en que maduran las extremidades y las glándulas. Esto hace inviable al conductismo. Un rasgo innato no puede estudiarse observando los estímulos del ambiente. Lo que el científico debe hacer es desentrañar las estructuras internas de la mente y “construir una teoría de la gramática universal, una teoría de los principios fijos e invariables que constituyen la facultad humana del lenguaje”.1

La prueba clave que aporta Chomsky para defender la idea del innatismo la retoma de Wilhem von Humboldt, el lingüista del siglo XVIII. El niño que aprende un lenguaje “hace un uso infinito de medios finitos”.2 Entiende frases que nunca ha oído, reacciona correctamente a nuevas situaciones y puede crear un número ilimitado de oraciones a partir de los limitados medios que le ofrece su lenguaje. Los padres no pueden enseñarle las reglas de su idioma porque ellos mismos no las saben. Es la estructura innata del niño la que determina la sintaxis de sus oraciones, de la misma manera en que la estructura interna de un canario impone una notación musical a su canto. Pero esto no es lo más significativo de la deducción de Chomsky. La facultad del lenguaje, a pesar de estar estructurada, permite expresar infinidad de pensamientos. De este hecho se deriva un elemento primordial de su pensamiento: la capacidad lingüística es altamente creativa; más aún: si el lenguaje es un rasgo característico del ser humano, eso significa que el hombre, por naturaleza, también lo es.

La creatividad, según Chomsky, demanda un medio específico para florecer, la absoluta libertad, muy distinto al entorno controlado por planificadores que enmarcaba el proyecto utópico de Skinner. El conductismo había llegado a conclusiones erróneas porque reproducía las mismas fallas que la ciencia prenewtoniana. Consideraba que el hombre era una máquina, pero ni el ser humano ni el mundo eran máquinas susceptibles de ser explicadas mediante procesos mecánicos. Newton había descubierto los principios ocultos que regían el movimiento de los planetas –la ley de gravitación universal– y Chomsky el principio que subyacía al aprendizaje del habla –la gramática universal. Y de la misma manera en que el mundo ya no podía pensarse bajo los preceptos empiristas de Locke, Berkeley o Hume, el hombre tampoco podía seguir preso de las ideas conductistas de Watson, Pavlov o Skinner. “Un elemento fundamental de la naturaleza humana es la necesidad de trabajo creativo –le decía Chomsky a Foucault en 1971–, la indagación creativa, la creación libre sin el efecto limitante de las instituciones coercitivas.”3 Hay “una necesidad humana esencial de liberarse de imposiciones externas”, de la cual se extraen dos conclusiones lógicas. La primera, que “una sociedad decente debe maximizar las posibilidades para que se desarrollen estas características humanas fundamentales;” y la segunda, que la misión del científico o del intelectual debe ser “imaginar una sociedad futura que se ajuste a las exigencias de la naturaleza humana.”

Chomsky emprende el camino opuesto a Skinner y paradójicamente llega al mismo punto. La sociedad futura debe estar fundada en la ciencia, pero no en el empirismo conductista sino en las deducciones que a partir del estudio del lenguaje pueden hacerse de lo que es y de lo que necesita el ser humano. Sabemos, como afirmaba Rousseau, que el hombre nace libre; sabemos que es creativo; sabemos que su medio primigenio es la absoluta libertad, ¿entonces por qué no crear una sociedad que sea fiel a la esencia humana? En el horizonte se vislumbra la utopía. Aquí ya no hay mero idealismo ni una noción abstracta de los valores que deben cultivarse en una sociedad. Chomsky va un paso más allá. Está convencido de haber descubierto elementos fundamentales de la naturaleza humana, y esta certeza alimenta una visión muy específica de la realidad. Sus tajantes afirmaciones, como equiparar las democracias liberales con el comunismo estalinista, o denigrar a Vaclav Havel por defender la acción de Estados Unidos a favor de la libertad durante la Guerra Fría, son el resultado de este descubrimiento. Sólo hay un tipo de sociedad que responde a la naturaleza humana y sólo una forma de ser libre: asociándose en comunidades anarcosindicalistas que permitan al ser humano desarrollar sus potenciales, apropiarse de los medios de producción y tomar parte en las decisiones que afectan su vida. No hay otra opción. Si el hombre reconociera su propia naturaleza y actuara con plena libertad, no aceptaría ningún tipo de coacción externa. La necesidad de desplegar su naturaleza creativa lo llevaría al trabajo, y la necesidad de vivir en comunidad lo induciría a sumar esfuerzos para convertir el trabajo en una meta compartida. La suma de libertades no llevaría a enfrentamientos ni a fricciones, sino a una libertad mayor.

Ésa es la ley de gravitación que buscaba Chomsky. La sociedad podría ser perfecta, al menos mucho mejor de lo que es hoy en día, si hombres y mujeres vivieran de acuerdo a su naturaleza. Chomsky comparte la intransigencia de Marx, de Comte, de Fourier o de Saint-Simon: visionarios que no sólo lucharon por defender ciertos valores sino por imponer un modelo utópico de sociedad. Al igual que estos ilustres pensadores, Chomsky vislumbra con claridad científica una utopía en la que el hombre podría desenvolverse sin ningún tipo de coacción, en la que no habría injusticia, todos seríamos iguales y no se reeditaría esa eterna pugna entre autonomía y autoridad. Hay casos concretos en los que parece percibirse esta síntesis milagrosa: el kibutz por el que Chomsky pasó fugazmente en 1953, o la colectivización de las tierras y de la industria que se dio en algunas regiones de España, principalmente en Barcelona, durante las revueltas de 1936. En estas experiencias, Chomsky ve evidencia del impulso humano hacia la libertad. La utopía es posible, la hemos palpado con nuestras propias manos y de tanto en tanto, sobre todo en el Tercer Mundo, sus semillas brotan para producir estallidos revolucionarios y levantamientos nacionalistas.

Ya antes, en el siglo XVIII, Rousseau consideraba que la libertad era un valor absoluto, una parte constitutiva del ser humano a la que no se podía renunciar. Pero al mismo tiempo –como comenta Isaiah Berlin en Freedom and its Betrayal– Rousseau era un calvinista convencido de la importancia de vivir una vida buena, alejada del mal e inevitablemente ordenada por reglas. En su marco mental la libertad y la reglamentación de la vida tenían la misma importancia; eran dos elementos –contradictorios pero indispensables– a los que no estaba dispuesto a renunciar. ¿Cómo logró conciliarlos? Mientras iba de camino a la cárcel a visitar a Diderot, cuenta Berlin, la respuesta afloró en su mente de forma repentina. Si el hombre tenía la misma naturaleza, y si esta naturaleza lo vinculaba de alguna manera con la armonía que rige el universo, no había posibilidad de que dos personas racionales desearan cosas distintas. La contradicción entre libertad y autoridad era ilusoria, porque todo aquel que actuara libre y racionalmente obraría de la misma forma. La renuencia a sumarse a la voluntad general sólo podía ser el resultado de una conducta irracional. Pero para eso estaban el Estado, el pueblo, la nación, el partido o el gran líder; para abrir los ojos al extraviado, incitarlo a actuar racionalmente y darle la profunda dicha de beber de las fuentes de su verdadera humanidad.

La idea chomskyana de libertad es semejante, pero se diferencia en algo. No hay necesidad de agentes externos que reconduzcan al hombre por el buen camino, porque la libertad es teleológica. Un prejuicio aristotélico y otro puritano hacen creer a Chomsky que cualquier persona que actúe en libertad, sin coacciones externas, va a querer asociarse en comunidades productivas y realizar actividades que, sin importar lo sencillas (panadero, vendedor de helados, barrendero), le permitirán desarrollar su potencial creativo. Eso es lo que un hombre libre haría espontáneamente. Si no lo hace –es decir, si prefiere vagar, si no le importa vender su mano de obra a cambio de un salario o si se dedica a una empresa individualista como el deporte, la acumulación de riquezas o... la lingüística– es porque vive en un mundo de “ilusiones necesarias” creadas por los medios de comunicación, de “consensos manufacturados” desde los centros de poder y de condicionamientos similares a los que roban el alma a los habitantes de Walden Dos. En las democracias liberales el hombre cree ser libre pero está tan constreñido como en las dictaduras. “La propaganda es a la democracia lo que la porra es al estado totalitario”4, dice Chomsky. Estados Unidos, a pesar de la retórica libertaria que envuelve sus mitos fundacionales, es un país tan opresivo como la ex Unión Soviética. El sueño perverso de Skinner, en el que un grupo de expertos y planificadores controlaba la vida de toda la población, no era, después de todo, una mera fantasía utópica plasmada en las páginas de una novela; era una descripción aterradora de lo que estaba ocurriendo en la realidad.

El primer libro que Chomsky escribió sobre temas políticos, American Power and the New Mandarins, tiene como blanco un sistema más parecido a Walden Dos que a la imagen idealizada de Estados Unidos. Sus páginas hacen referencia a expertos y especialistas que desde las altas esferas toman decisiones trascendentes (como invadir Vietnam) mientras los mitos de la libertad y la justicia mantienen coaccionada y ciega a la población. El engaño es imprescindible, dice Chomsky, pues si el pueblo estadounidense abriera los ojos y viera las atrocidades que Estados Unidos ha estado cometiendo desde la Segunda Guerra Mundial, se rebelaría y echaría por tierra los privilegios de las clases dirigentes. Las elites son conscientes de ello, y por eso –ya que no pueden apelar a la porra– mantienen adormecido el instinto libertario que bulle en el alma humana puliendo métodos propagandísticos, hermoseando la retórica de las buenas intenciones de Occidente y saturando las mentes con distracciones banales como el deporte y las comedias televisivas.

Para entender la radicalidad con que Chomsky critica la política exterior de Estados Unidos hay que tener en cuenta una cosa. Chomsky piensa como un científico newtoniano. Más que datos empíricos, lo que le interesa son las “fuerzas ocultas” que, como la ley de atracción entre planetas o el impulso innato a la creatividad, explican fenómenos en apariencia disímiles. No es sólo en el campo científico en el que aplica esta lógica. Así como en materia lingüística encontró los principios fijos e invariables que subyacen a la adquisición del lenguaje, en materia política cree haber hallado los principios fijos e invariables que subyacen a la política exterior norteamericana.

No son pocas las ocasiones en que Chomsky, a la hora de analizar la relación de Estados Unidos con el mundo, se refiere a los guiding principles5 que aparecen en documentos oficiales, como el Peace Studies Project of the Council on Foreign Relations y los Pentagon Papers, redactados por altos cargos del Estado durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que se delinea en estos folios no son sólo políticas, tácticas o estrategias, sino la órbita inamovible que debe transitar Estados Unidos en política internacional. Chomsky cree haber desentrañado la ley de gravitación que enlaza a Estados Unidos con el resto del mundo, y esa verdad, además de colmarlo de rabia, lo arma de evidencias irrefutables para arremeter sin piedad contra su gobierno y contra todo aquel que se atreva a debatirlo. ¿Pero qué dicen estos documentos?

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los avatares bélicos hacían prever que Estados Unidos se alzaría como una nueva potencia mundial, los planificadores del Departamento de Estado, en colaboración con el Council on Foreign Relations, desarrollaron una política para crear un orden global favorable a sus intereses. Así se desarrolló el concepto de Grand Area, una región “subordinada a las necesidades de la economía americana dentro de un marco de internacionalismo liberal,”6 que como mínimo incluiría al Asia del Este, al hemisferio occidental y a las zonas que habían estado bajo control del Imperio Británico, incluyendo Oriente Medio y sus reservas energéticas.

Según Chomsky, desde 1947, cuando Estados Unidos participó en la guerra civil griega, la actuación de su país ha seguido este principio. No sólo ha determinado intervenciones polémicas como las de Vietnam, Nicaragua, Guatemala, Chile o Iraq, donde las decisiones de los distintos gobiernos han sido severamente cuestionadas, sino la formación de la OTAN, la asistencia en la Guerra de los Balcanes o la reconstrucción de Europa y Japón después de la Segunda Guerra Mundial, que contaron con una opinión pública más favorable. Es sólo el empirista quien ve diferencias en las distintas actuaciones diplomáticas de Estados Unidos. Quien entiende las fuerzas ocultas ve algo muy distinto. Independientemente de que Estados Unidos intervenga con el Plan Marshall o con misiles Patriot, su objetivo es el mismo: mantener la hegemonía imperial. No puede ser de otra manera. Hay un principio fijo e invariable que rige el funcionamiento del gobierno con independencia de las personas que ocupen la Casa Blanca. John F. Kennedy y George W. Bush no son más que rostros intercambiables.

Las diferencias platónicas entre ciencia y retórica, verdad y opinión, realidad e ilusión permean todos los razonamientos de Chomsky. Incluso en cuestiones lingüísticas es platónico. Comulga con la idea de que al aprender un lenguaje en realidad recordamos algo que ya sabíamos. Hay una verdad que debe desvelarse. El hombre debe salir de la caverna, debe ver la realidad que se esconde tras la inmensa pila de mentiras del gobierno y de los medios de comunicación. Chomsky asume esta tarea. Quiere abrir los ojos de la gente para que contemple la matriz que los planificadores del gobierno han creado a su alrededor. Por eso su titánico empeño lo lleva a auditorios de todo el mundo, donde se reúne con asociaciones y movimientos de activistas que también quieren un cambio radical en el sistema capitalista.

Chomsky, al igual que lo fue Rousseau, es un burgués de un país próspero que desafía las ideas preponderantes en su sociedad. No sólo desconfía de los ricos y de los poderosos, sino de los expertos y especialistas que se ubican por encima de la gente común. Al igual que Rousseau, se siente a gusto entre los que están en los márgenes de la sociedad. A menos de que lo inviten los estudiantes de alguna universidad, no suele hablar de cuestiones políticas ante públicos especializados, sino ante asociaciones, ongs, movimientos anarquistas. Siente, al igual que su antecesor ilustrado, que es la gente común y corriente la que tiene un conocimiento más profundo de la naturaleza humana. A diferencia de su maestro Zellig Harris, que encontraba estimulantes los estudios de la Escuela de Frankfurt, especialmente los de Erich Fromm, Chomsky reniega de los intentos por utilizar el psicoanálisis, el marxismo o alguna teoría de moda para entender los problemas sociales. Chomsky, como afirma Robin Lakoff, lingüista de la Universidad de California, “piensa que está en posesión de la verdad”7. El mundo no es confuso, no hay valores que se contradicen, no hay matices ni verdades parciales. Hay principios irrebatibles, científicos, que gobiernan al hombre y al mundo por igual. Eso hace que su pensamiento sea, al mismo tiempo, complejo e inflexible. Las conclusiones que extrae se repiten una y otra vez: allí donde desembarcan diplomáticos o tropas norteamericanas, brota la pústula de la tiranía. Y allí donde hay levantamientos nacionalistas, revoluciones y caudillos antiimperialistas, surge la esperanza. En cada asonada tercermundista Chomsky ve el resurgimiento de la libertad. Cuando el pueblo se apiña y habla con una sola voz, está respondiendo a ese impulso innato que lleva al hombre a enfrentar las coacciones externas; no importa que esa euforia colectiva acabe arrasando las instituciones que salvaguardan esa otra libertad, menos robusta y teleológica, que sólo intenta preservar un margen para que en él la gente haga lo que quiera con su vida.

Así como la idea rousseauniana de la libertad y la voluntad general dio la más brillante justificación al terror jacobino y al despotismo de tiranos que pretendieron encarnar la voz del pueblo, las ideas de Chomsky han sido inspiración para todos los movimientos antisistema, el altermundismo, el ecologismo, los partidarios de cualquier versión de la teoría de la dependencia, los revolucionarios tercermundistas, los rebeldes de barricada y de salón, los caudillos antiimperialistas y, en general, para cualquier tipo de organización o agrupación que, persuadida por la idea platónica de la verdad y del engaño, crea que la democracia liberal es un montaje diseñado para controlar al pueblo.

En Estados Unidos, sin embargo, Chomsky es un civilizado profesor que, a pesar de sus afirmaciones radicales, se comporta como el más sensato de los reformistas. Aunque muchos lo tildan de hipócrita por trabajar en MIT, institución que recibe financiamiento del Estado para investigaciones militares, la manera en que justifica su permanencia en esta universidad refleja lo mejor de su carácter. Chomsky intenta cambiar las cosas desde el interior del sistema, mediante el activismo pacífico. La única revolución en la que ha participado Chomsky es la revolución cognitiva de 1950. En materia política se ha mostrado intransigente pero no pendenciero, e incluso ha renegado de los mitos revolucionarios. “[El Che] Guevara –decía en 1995– no me interesaba; desde mi punto de vista eso era romanticismo absurdo.”8

Lo curioso es que en el Tercer Mundo Chomsky es un icono de rebeldía, casi un Che sin boina y con gafas. La culpa no es sólo de las mentes radicalizadas por la pobreza y la injusticia. Chomsky tiene parte de responsabilidad en ello. Su discurso da a entender que el mundo es un tablero en el que sólo Estados Unidos participa activamente. En la bóveda celeste sólo se oye el eco de los rugidos imperiales. En los otros países no hay ideologías, conflictos, luchas de intereses, despotismos, resentimientos, iras, fanatismos, ansias colonialistas ni despropósitos morales; sólo elites corruptas al servicio de Washington y pueblos explotados. Esta imagen caricaturesca ha generado reacciones igualmente bufas. La más evidente, la de Hugo Chávez en las Naciones Unidas, donde antes de equiparar a George W. Bush con el diablo enarboló un libro de Chomsky como respaldo teórico de su actitud beligerante.

Los libros de Chomsky han persuadido a grandes multitudes de que la raíz de los problemas del mundo está en Estados Unidos, y de que la única manera de vivir en libertad es oponiéndose al Imperio. También han fomentado el victimismo y la impotencia, haciendo creer a los habitantes del Tercer Mundo que las soluciones a sus problemas dependen menos de ellos mismos que de la buena voluntad de un país despótico. Pero, quizás, la peor aportación de Chomsky al debate de ideas ha sido desacreditar la institucionalidad de los países, haciendo creer que más allá de la democracia representativa hay una libertad mayor, la verdadera, y que mientras esta realidad se oculte con tácticas propagandísticas las personas no tendrán control sobre sus vidas, quedarán a merced de gobiernos absolutistas y serán esclavizadas por corporaciones totalitarias. Más allá de la libertad y de la dignidad se perfila la utopía de Skinner, y más allá de la democracia liberal y del capitalismo, en un mundo sin corporaciones, sin gobiernos e intercomunicado por comunas anarcosindicalistas, asoma la utopía de Chomsky. Pero ni el primero, que tuvo la oportunidad de vivir en alguna de las muchas comunidades que inspiró Walden Dos, ni el segundo, que pudo instalarse en un kibutz o fundar su propio sindicato, abandonaron sus plazas universitarias. Dejaron volar su imaginación para crear mundos ilusorios y perfectos, pero sus pies, después todo, permanecieron muy bien asentados en la imperfecta y contradictoria realidad. ~

 

 

 

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1. Chomsky, N. The Essential Chomsky. Editado por Anthony Arnove. Nueva York, The New Press, 2008, p. 232. El énfasis es mío.

2. Chomsky, N . Powers and Prospects. Reflections on the Human Nature and the Social Order. Boston, South End Press, 1996, p. 8.

3. Chomsky, N. y Foucault, M. The Chomsky-Foucault Debate on Human Nature. Nueva York, The New Press, 2006. Hay traducción española: La naturaleza humana: justicia versus poder, Madrid, Katz, 2006.

4. Chomsky, N. Media Control: The Spectacular Achievements of Propaganda. Nueva York, Seven Stories Press, 2002, p. 20.

5. Essential Chomsky, p. 169.

6. The Perle-Chomsky Debate, Ohio State University, 1988. Se puede consultar en: www.chomsky.info/debates/1988----.htm

7. Barsky, R. Noam Chomsky: A Life in Dissent. Toronto, ECW Press, 1997, 209.

8. Ibid. p. 134.