Niños de la Transición | Letras Libres
artículo no publicado

Niños de la Transición

Dos miradas sobre la infancia y la Transición española: el análisis de Mercedes Cebrián sobre la serie Verano azul y una novela de Vicente Valero.

Un verano, salí desde casa de mis padres en bicicleta con mis hermanos pequeños. Ellos debían de tener 10 o 12 años, yo 20. Pasamos por las casas de campo y las pequeñas huertas junto al canal, por las urbanizaciones de clase media, las residencias de ancianos y un viejo convento. De pronto estábamos en un terreno de casas bajas, donde había algunos camiones, algunas mujeres y un aire de siesta. Habíamos llegado a una zona de prostíbulos de la carretera de Logroño. El ambiente perezoso que había allí esa tarde me hizo pensar en la literatura del sur, y en la frase de Faulkner que dice que el mejor lugar para un escritor es un burdel, porque hay animación por la noche y tranquilidad durante el día. Cuando cuento ese incidente a alguien de mi edad, la comparación es casi automática: Verano azul.

Mercedes Cebrián (Madrid, 1971), que vio la serie de Antonio Mercero en su primera emisión en 1981, ha escrito una mezcla de ensayo interpretativo, reportaje pop y autobiografía de espectadora: Verano azul. Unas vacaciones en el corazón de la Transición (Alpha Decay). Va a Nerja, lugar de rodaje y donde hay un recorrido que conduce uno de los actores, Miguel Joven (Tito), para quien “la serie en la que participó a los cinco años sigue siendo su medio de vida”.

Existen leyendas, generalmente sórdidas, sobre los protagonistas de la serie, así como episodios y fragmentos que se han convertido en un referente, un tanto cursi y gastado por la repetición, pero también muy conocido. Una de las ideas centrales del libro es que Verano azul incorpora una nueva mirada, una visión “levemente rupturista” y tolerante, que presenta una sociedad capaz de aceptar otros modelos de familia (aparecen madres solteras, separaciones). Se asumen con naturalidad las tensiones generacionales y algunos adultos aprenden de los jóvenes. Las votaciones tienen entre sus reglas la aceptación del resultado adverso.

Cebrián apunta que “el éxito de una serie se mide sobre todo por su conexión con el espíritu de una época”, y presenta la serie como una especie de sinécdoque de la España de la época. No obstante, señala que “a la pandilla le falta el lado rancio de la población española del momento. Es más bien una sinécdoque utópica de cómo se desearía que fuesen las cosas, aunque los niños de la pandilla -incluso los más pequeños, Tito y Piraña- también sufren pequeños brotes de conservadurismo”.

La serie, explica Cebrián, incorpora algunos temas del momento, como los quinquis y el turismo de playa. Introduce un leve ecologismo y una visión amable de la protesta social. Entre los aspectos novedosos están la amistad de dos adultos sin que haya un elemento de tensión sentimental, las referencias al desarrollo sexual de los protagonistas, algunas formas de presentar temas de género, la manera de resolver los conflictos.

Verano azul tenía, dice Cebrián, una aspiración pedagógica: “algo que parece perseguir la serie es adiestrar a la población española a concebirse como una suma de identidades, es decir, lograr que aprendiésemos a pronunciar un ‘nosotros’. Ese nosotros tenía que incluir a las futuras comunidades autónomas históricas, a toda la izquierda española y también a las distintas generaciones”.

Cebrián señala también anécdotas, algunas pintorescas y otras significativas. El libro está lleno de apuntes interesantes sobre la televisión, los juguetes y la sociedad de la época. Hay una comparación también con otros productos culturales españoles, especialmente cinematográficos, y con series como Pippi Calzaslargas, y también un uso lúdico de las posibilidades de la fan fiction.

Vista ahora,  la serie resulta tosca y sentimental, a ratos ridícula. Parece compartir la visión naíf que Orwell atribuía a Dickens: “Si los hombres se comportaran decentemente, el mundo sería decente”. Retrata una España más homogénea, y en cierto modo su éxito es también producto de esa homogeneidad. En el libro hay un elemento de pérdida: la certeza de que apenas queda nada vivo de esa época; solo el dibujante de cómics Francisco Ibáñez, dice Cebrián.

La autora no cae en la impugnación facilona de la Transición. Tampoco tiene miedo a ser nostálgica e hiperbólica: dice que la serie se debería convertir en un lugar de memoria y que Chanquete es a su manera un padre de la democracia. Dueña de una mirada singular y gozosamente excéntrica, sus observaciones son siempre sugerentes, aunque a veces discutibles. Exagera al encontrar virtudes anticipatorias en la serie. Su reflexión sobre Verano azul es más interesante queVerano azul: no está exenta de humor ni de un elemento autoparódico, pero aborda su objeto -la serie, sus condiciones de producción y emisión, su huella en el tiempo y en ella misma- con seriedad, inteligencia y sofisticación.

Al leer el libro de Mercedes Cebrián, que puede verse como un intento de recuperar la infancia, pensé también en la hermosa novela breve Las transiciones (Periférica, 2016), donde Vicente Valero (Ibiza, 1963) cuenta la historia de cuatro amigos, mezclando dos temporalidades. El narrador, que se dedica a la escritura, asiste al entierro de uno de ellos, Ignacio, en los años noventa. Los encuentros en el funeral -con los amigos, con el abuelo del muerto, la visión de la hermana pequeña del fallecido y antigua novia del narrador- conducen a una borrachera considerable, y alternan con el relato de unos episodios de la preadolescencia de los protagonistas en los años setenta.

En ese pasado hay conflictos, pequeñas transgresiones y traiciones. El protagonista recibe o roba (la maleabilidad de los recuerdos es uno de los temas de la obra) una foto de Amelia, la hermana del fallecido; roban a unos soldados estadounidenses que los descubren; encuentran revistas pornográficas pero sus profesores se enteran… “No estoy seguro de que sintiéramos vergüenza, pues a los doce años se hacen muchas tonterías sin el menor remordimiento, es cierto que ya se conoce bien la frontera entre lo que no se debe hacer y lo que se debe hacer, pero se está a gusto en la línea divisoria, asomándose a un lado y a otro como si la vida fuera un divertido juego sin importancia. Tienen algo de dioses los niños, antes de hacerse hombres completamente”.

Entre otras cosas, el libro describe el desarrollo de la mala conciencia: la mirada adulta, a veces melancólica y a ratos dubitativa, sobre esa transgresión inocente pero no siempre falta de consecuencias. La relación entre el descubrimiento del deseo y la culpa está expuesta con eficacia, así como el proceso de alejamiento de algunos de los protagonistas y la espiral autodestructiva de Ignacio.

Valero describe a unos personajes atemorizados -los niños y los adultos- y una isla en medio de una isla: Ibiza en la España franquista. Hay elementos históricos explícitos, sobre todo en la segunda mitad del libro: aparece la muerte del dictador (en ese momento lo que importa a los protagonistas es que no hay colegio, lo que les permite librarse de una reprimenda anunciada) y luego se cuenta una historia curiosa, divertida y patética, del abuelo de Ignacio. También hay otros implícitos: la presencia de lo extranjero como un elemento de apertura, en forma de tecnología y cachivaches pero también erotismo; la generación de la heroína; las islas frente a la península. Junto al humor y la ligereza, la elegancia de una prosa que envuelve y sabe jugar con la sugerencia abstracta y el detalle concreto, uno de los elementos que llama la atención de Las transiciones es una cierta incomodidad, un desasosiego del recuerdo.

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