Ni poeta ni caníbal | Letras Libres
artículo no publicado

Ni poeta ni caníbal

José Luis Calva Zepeda no es ni poeta ni caníbal. Yo tampoco, pero eso no importa. A José Luis Calva Zepeda se le conoce como el “poeta caníbal” o cualquiera de sus variantes. Veamos cómo se ganó el apodo. A principio de este mes, la policía buscaba el cuerpo de Alejandra Galeana en un edificio en la colonia Guerrero. Al notar que había policías en la puerta del edificio, Calva Zepeda resolvió, como suele hacerse en estos casos, saltar por la ventana. Saltó desde el cuarto piso y lo atropelló un taxi. Así lo encontró la policía, tendido en la calle. Lo trasladaron a un hospital y escudriñaron su departamento. Descubrieron los restos de Alejandra Galeana. Baste decir que las condiciones en las que encontraron el cuerpo no son dignas de narrarse. Seamos sensatos.

Se abrió el caso de José Luis Calva Zepeda y se abrió, fácil, la puerta del morbo. Sobran las descripciones minuciosas sobre lo que se encontró en el departamento. Hay pruebas, sí, de sus asesinatos, pero apenas pistas de su posible antropofagia. Pero, a ver, si se descubre o no que engulló a Alejandra Galeana es un asunto secundario para la prensa por dos razones. Primera: antropofagia o canibalismo no son palabras contempladas dentro del Código Penal del Distrito Federal. Segunda: se trata, antes que nada, de un asesino y como tal tendría que ser juzgado. ¿Cómo puede ser que desde el primer día de la nota se le haya apodado “caníbal”? La respuesta es sencilla, muy sencilla: a la prensa le gusta alimentar el morbo. Se prefiere vender un periódico a cambio de un titular que detenerse a pensar. Seamos sensatos.

Al apodo “caníbal”, que recibió Calva Zepeda, le sigue el de “poeta”. El apodo completo es cortesía de la prensa. Que se presente Calva Zepeda: “Soy peregrino de la senda, sigiloso de pasos y fatuo de logros, partidario de Sabines, de Neruda, de Coelho y de un servidor. Graduado de la Universidad de la Vida con honores en la sangre, por ímpetu escribo libros y por reflejo los critico y los bendigo.” Bastó que la Procuraduría del Distrito Federal encontrara escritos en los cajones de Calva Zepeda para que, fácil, la prensa lo llamase “poeta”. Veamos algunos fragmentos de los textos que se encontraron en los cajones de José Luis Calva Zepeda. Por ejemplo, el fragmento de un texto titulado “Polvo de viento”: “¡Soy polvo del viento que vive en el tiempo!/ Soy la tibia hoguera que enciende pasiones,/ soy la suave escarcha que moja las almas,/ ¡Soy la madrugada que escribe mil letras!”. Se encontraron algunos cuadernos, algunos folletos, una novela inconclusa titulada “Instintos caníbales” cuyas páginas, por cierto, el autor se tomó licencia de prologar: “Cuando surgen las intrigas… Cuando vuelven las evocaciones… Cuando la pasión se convierte en ira… Cuando la venganza se torna en obsesión… Surgen los instintos caníbales.”

Sobra decir que los puntos suspensivos son del autor, pero no que con estos textos ha puesto en discusión sus dotes literarias. Cualquiera que fuera el argumento, Calva Zepeda se presentaba como escritor ante sus víctimas y por eso se le señala como poeta. Apoyando, por ejemplo, su inclinación humanista, se dice que en un café internet, a la vuelta de su casa, interpretó a la muerte. También se dice que desde la cama del hospital no perdía ocasión para mostrar sus composiciones a los agentes. ¿Pero qué es lo que hay que discutir? Un escritor de la Sogem responde: “No es escritor, no es poeta, no tiene idea de lo que es la poesía, la poesía son imágenes y no hay una sola, es decir vacío que sólo busca el reconocimiento.” ¿Esto es, carajo, lo que hay que discutir? Seamos sensatos.

Poco importa si Calva Zepeda es poeta o no. Para la prensa no debería importar si engulló a su víctima o no. Éste es un asunto que compete a la justicia y no al morbo. Ojalá la prensa fuese más elegante. Ojalá la prensa alimentara menos el morbo y fomentara más el pensamiento. El tema, el homicidio que es el eje de la nota, presta el escenario para reprobar, a todas luces, al asesino. Y desde allí cuestionar. Cuestionar y pensar la naturaleza de la crueldad, por ejemplo. Somos, aquí, sensatos.

- Brenda Lozano