Nadine Gordimer al pie del cañón | Letras Libres
artículo no publicado

Nadine Gordimer al pie del cañón

En abril de 1922, dos meses después de que Sylvia Beach publicara en París el Ulises de Joyce, nacía el PEN Club Català, el tercero más antiguo del mundo y uno de los más activos, como prueba el hecho de que, para celebrar su 85 aniversario y con motivo del Día Internacional del Escritor Encarcelado, el 15 de noviembre, organizara unas jornadas tituladas Escriptura en perill (Escritura en peligro) y consagradas al debate acerca de la mujer y la escritura, de los derechos lingüísticos y la libertad de expresión y de las ciudades-refugio que, como Barcelona, Bruselas, Frankfurt, Estocolmo u Oslo, hermanadas en la red ICORN (International Cities of Refuge Network), dan cobijo a quienes se ven acallados y perseguidos en el mundo entero bajo la peregrina acusación de escribir, de transmitir ideas a través de la escritura. El PEN Català  no podía haber elegido mejor el hada madrina de sus jornadas: Nadine Gordimer (Sudáfrica, 1923), Premio Nobel en 1991 y autora de excelentes novelas escoradas sin remedio hacia el compromiso, como La hija de Burger (1979), su buque insignia, Historia de mi hijo (1984) o la última, espléndida y escrita ya desde la atalaya de la tercera edad, Atrapa la vida (2005). Menuda, dama de hierro de fuerte carácter pero coqueta al fin y al cabo, elegante a sus 84 años (vestigio de una belleza que lució siempre en algunas cubiertas de sus libros como si fuese una actriz), exhibe aún una vitalidad que parece no haber menguado ni un ápice desde su combativa resistencia durante los años enrarecidos de Soweto, y sigue involucrada como el primer día en la inacabable tarea de defender la fortaleza de la libertad de expresión y el compromiso del intelectual y el escritor con la denuncia de cualquier censura y de cualquier connivencia con los poderes espurios o los gobiernos totalitarios, conceptos a los que se refiere en los ensayos “A Writer’s Freedom”(1975), “Relevance and Commitment” (1979) y “The Essential Gesture” (1984), reunidos en The Essential Gesture. Writing, Politics & Places (Jonathan Cape, 1988), un volumen indispensable en la bibliografía de Nadine Gordimer, y seguramente el más importante de su dimensión solidaria, activista y comprometida, en el que expuso con meridiana claridad precisamente algo muy semejante a unos estatutos del compromiso literario, caballo de batalla de una obra como la suya, nacida desde su primer relato de la sospecha de que el escritor que se construye una torre de marfil desentendiéndose de la sociedad en la que escribe pierde sin remedio buena parte de las virtudes que lo legitiman. El enfrentamiento cultural, racial, auspiciado por el apartheid que ensombreció su país desde su infancia, explica que su toma de conciencia resultara precoz, y que su idea de literatura comprometida, cuando no de novela política, recorra su obra entera, hasta el punto de sentir la imperiosa urgencia de decir, en voz alta y clara, en forma de hermosísimo aforismo o de advertencia clarividente, que “Responsability is what awaits outside the Eden of creativity. The creative act is not pure” (“The Essential Gesture”, The Essential Gesture. Writing, Politics & Places, edición de bolsillo de Penguin, Londres, 1989, p. 285). Escribid, escribid, malditos, cread ficciones hasta reventar, pero sabed que fuera de la burbuja de vuestra ficción os aguarda, lo queráis o no, la responsabilidad del compromiso. Otros ensayos reunidos en este volumen primordial para entender el alcance del compromiso y la lucha por las libertades de la autora sudafricana, como “The Unkillable Word” (1980) o “Censors and Unconfessed History” (1980), tratan de la censura de libros, un modo abyecto de censurar en realidad a quienes los escriben, y entre la censura de última generación tal vez se encuentre la tecnología, cuya relación con la literatura analiza en su conferencia barcelonesa: La imagen y el cambio. Los retos de la literatura en la era tecnológica. Ni habla ni lee español, pero nos explica que siguió como pudo, a través de la prensa inglesa, los desafueros del franquismo y el proceso de la transición española. Leyó a García Lorca, y a través de su poesía se asomó al drama español. Me pregunta por las instituciones culturales catalanas bajo el franquismo, cómo se trató la lengua catalana y qué formas hubo de censura. Caminando por el centro histórico nos paramos en El Indio, una tienda de telas de 1870 que le recuerda el pasado colonial, tan presente en su país, y más tarde se sorprende al saber que Les demoiselles d’Avignon de su adorado Picasso nada tienen que ver con la ciudad de los Papas, sino con una calle del Barrio Gótico de Barcelona por la que paseamos, y en la que descubre una popular tienda de alpargatas calzadas en un anuncio por el mismísimo Dalí, al que conoció en una retrospectiva en Londres, y al que asocia con Lorca. Gaudí le tiene un poco sin cuidado, en cambio le gusta saber que en la Sala Parés de la calle Petritxol expusieron Picasso y Picabia, y que en el Ateneu de la calle Canuda André Breton proclamó también la buena nueva del surrealismo. A una mujer tan sensible en todo aquello que atañe a cuestiones humanitarias, a la concordia entre pueblos y al milagro del ser humano perpetuándose a través del producto de su propio talento –un cuadro tanto como un poema o un cuento a veces escrito con pluma y sangre– le entusiasma cada prueba irrefutable de que el arte, o el intento de alcanzarlo, supera tarde o temprano los obstáculos que el Estado o la historia social le imponen. No ha acudido a Barcelona a otra cosa que a contribuir una vez más a que así sea, pero a nadie le amarga un dulce, y por eso sonríe feliz junto a su editora, Ana Mª Moix, en la Librería La Central, cuando se ve a sí misma abrazada por su amigo Günter Grass en la foto que les hizo hace ya unos años su amiga Inge Feltrinelli. En esa foto Mrs. Nadine Gordimer comprueba con ironía el paso del tiempo, y en las horas que ha estado en Barcelona comprobamos nosotros que ella sigue ahí, al pie del cañón, sin su melena rubia pero con su carácter y afán de lucha intactos, procurando de verdad que nadie seque por la fuerza la tinta de quien desee escribir para comunicar. Y al despedirla recordamos la célebre frase de Paul Valéry: “La literatura no se hace con ideas sino con palabras”, y pensamos, releyendo a Gordimer en la memoria, si por una vez no sería mejor decirla al revés. ~