Nadie sabe qué día se va a morir | Letras Libres
artículo no publicado

Nadie sabe qué día se va a morir

Imaginen ustedes a un intrigado agente de la Seguridad del Estado. Lo han sacado de su cama a mitad de la noche y conducido por infinitos corredores. Entra a una adusta oficina donde lo invitan (en realidad lo “conminan”, ese viscoso verbo de burócrata) a tomar asiento. Compañero, le dicen sus superiores, su misión será hacerse con el libro que acaba de publicar un nefando personaje del imperio, se trata de las memorias de un enemigo de la revolución cuyo uso de una obtusa y oscura jerga al hablar revela la mismísima decadencia del sistema capitalista. Le estamos hablando, compañero, de Alan Greenspan. Su código para esta misión es: “Exuberancia irracional”. Ande ya, compañero, a cumplir. Socialismo o muerte.

El agente parte entonces a paso presuroso y no se detiene hasta alcanzar las puertas de una librería en territorio enemigo, adonde llegó infiltrándose desde Canadá o bien desde el llamado vecino país del Sur, ya que el cruce a través de las famosas noventa millas se ha puesto cada vez más difícil. El agente, por lo tanto, podría hallarse en las ciudades de El Paso o Nueva York. Elijamos ésta última, ya que la sucursal de Barnes & Noble en Union Square ofrece elementos escenográficos más convenientes a esta peligrosa misión. El agente ingresa pues al recinto, da algunas vueltas hasta que identifica el objetivo y se abre camino entre una variopinta multitud de enemigos de la revolución. Logra capturar un ejemplar de The Age of Turbulence y se prepara psicológicamente para pasar a caja cuando recuerda el encarguito que le hizo su mujer con motivo del cumpleaños de sus hijas, las gemelas: el último DVD de Dora la exploradora. El agente corre a la sección infantil y regresa a la fila. La cajera, una estresada pero atractiva rubia de lentes, le muestra la fingida sonrisa con que el capitalismo engaña y adormece las conciencias de millones de mujeres y hombres. Atención, piensa el agente, atención. ¿Tiene usted su tarjeta de membresía?, le pregunta el enemigo. Extrañeza, silencio, el agente no dice nada. Es gratis, insiste la güera, solamente toma un minuto y usted podrá obtener descuentos adicionales en cada compra. El agente de la Seguridad del Estado, fino conocedor de las complicadas estratagemas inherentes a toda operación internacional, se concentra y reflexiona. Estoy ante una trampa, piensa, o quizás se me está solicitando una contraseña. El agente vuelve a pensar, esta vez más rápido. Repasa el precio de sus artículos, saca cuentas y responde que sí, que acepta ser miembro de Barnes & Noble. Añade que ha olvidado algo y que en un segundo estará de vuelta. Corre de nuevo a la sección infantil y pesca una edición especial de El ocaso de Grandma y Duende Gruñón: una aventura en la Amazonia.

Horas más tarde, la Momia aparece en los noticieros dando una entrevista. Viste su ya característico atuendo deportivo con los colores nacionales. Está de buen humor, muestra al público las memorias de Alan Greenspan, hace incisivos comentarios sobre el estado de las finanzas mundiales. Al mismo tiempo, a kilómetros de ahí, las gemelas celebran su cumpleaños frente a la televisión. Les encanta Dora. La verdad sea dicha, a sus progenitores también. El mecanismo revolucionario funciona con tal perfección que ni el propio agente de la Seguridad del Estado se entera siquiera de que en ese momento la Momia sostiene entre sus manos tembeleques el producto de esta exitosa misión.

“Nadie sabe qué día se va a morir”, advierte la Momia a los televidentes.

- Bruno H. Piché