Mutis, el lector | Letras Libres
artículo no publicado

Mutis, el lector

Después de una larga vida de viajes y aventuras, el habitáculo central de Álvaro Mutis fue su camarote biblioteca situado en el transatlántico imaginario de su casa de San Jerónimo, al sur de la ciudad de México. Durante múltiples jornadas en las cuales pude conversar en ese lugar con el autor de Summa de Maqroll el Gaviero –ya fuera en visitas informales, o cuando emprendimos las conversaciones que llevaron a la creación y publicación de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis–, percibí los fantasmas literarios que invadían sus días y sus noches, aquellos con los que dialogaba en el insomnio.

Aunque nunca quiso definirse como intelectual, pues se formó en los cafés bohemios bogotanos de los años cuarenta, al lado de figuras como León de Greiff, Luis Cardoza y Aragón, Nicolás Gómez Dávila, Ernesto Volkening, Casimiro Eiger y Eduardo Carranza, entre otros, fue un lector en el mejor sentido de la palabra. Leer era para Mutis nutrimento y tal fue su dicha entre los libros que compartirlos, regalarlos, guardarlos y buscarlos constituyó una de sus felicidades mayores. Su biblioteca fue su centro vital, y cuando abordaba a algún autor o tema, se levantaba y se dirigía a esas estanterías del camarote imaginario para alcanzar el ejemplar y encontrar la cita buscada, la dedicatoria sorpresiva o el aroma.

En su biblioteca también había fotos o imágenes: de Proust en su lecho de muerte, a quien consideraba “el más grande novelista de los últimos 150 años”; de Joseph Conrad, Louis-Ferdinand Céline, Nicolás II, Paul Valéry y Luis Cardoza y Aragón; una estatuilla del capitán Cuttle de Dickens (su mayor “influencia” literaria, decía); de Melville, Balzac, George Eliot, Antonio Machado, Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Enrique Molina y otros muchos autores preferidos.

Además de los autores de poesía, entre los cuales destacaba en lengua castellana a Rubén Darío y Antonio Machado, y de los de ficción, en especial a los franceses del siglo xix, desde Stendhal hasta Balzac pero también a autores como Dumas, Céline y Malraux, Mutis guardaba un lugar muy especial para el mundo histórico. Disfrutó libros sobre el Imperio bizantino, textos sobre Napoleón y otros héroes que admiró de joven, así como obras de los memorialistas Saint-Simon, el cardenal de Retz, Giacomo Casanova o Chateaubriand, cuando no François Mauriac o el catalán Josep Pla. Podría mencionar a algunos de los autores secretos de la literatura en lengua francesa que conocí a través suyo como Paul-Jean Toulet, Valery Larbaud, Joë Bousquet o el martiniqués Édouard Glissant, entre otros muchos, pues tenía con Francia y la literatura francófona, tanto ultramarina como norafricana, una especial y profunda amistad. No es casualidad que de niño sus primeras lecturas en Bruselas fueran en francés, lengua que hablaban muy bien su padre diplomático y su madre viajera. Mutis era antes que todo un lector, y su personaje Maqroll el Gaviero lo era incluso más. Cuando deambulaba por ríos, montañas o ciudades cargaba con las Memorias del cardenal de Retz, las Cartas del príncipe de Ligne o la biografía de San Francisco del danés Jörgersen.

Mutis debe mucho al exilio posterior en la tierra caliente, a los ríos y puertos, cuando tuvo que retornar ya huérfano a su nativa América Latina, a los transatlánticos de entreguerras, a la soledad del niño que viaja con adultos de un continente a otro. Su extraña vertiente literaria, un objeto no identificable dentro de la poesía y la prosa latinoamericanas de los últimos cien años, debe mucho al ocio en aquellos paquebotes. Como su gran amigo, el cosmopolita Alejandro Rossi, Mutis viajó de niño en los barcos Virgilio y Horacio, “que terminaron trágicamente, uno en un incendio y el otro en la guerra”. De los transatlánticos de la North Deutschland Bremen, de la Compañía Italiana de Navegación y de la Hamburg America Line viene ese vaivén permanente, ese no situarse en ninguna parte y solo hallar refugio en el camarote imaginario de sus libros. ~