Monsiváis y su público | Letras Libres
artículo no publicado

Monsiváis y su público

De todos los escritores mexicanos, Salvador Novo fue la medida de Carlos Monsiváis. Para algunos, quizá, el alumno superó al maestro en fecundidad, en valentía. Hijos únicos, homosexuales, Novo y Monsiváis murieron tras muchos días de hospital y ambos fueron velados en los museos y palacios de la vieja ciudad que amaron, repartiéndosela –un siglo corto partido a la mitad– entre los dos. Será apasionante comparar La vida en México, de Novo, con las crónicas completas de Monsiváis que habrán de editarse algún día. Novo admiraba mucho al “sabio Monsiváis” y el joven mantuvo su amistad con él pese al respaldo del maestro a la ocupación militar de Ciudad Universitaria en 1968. Monsiváis, por cierto, condenó en 2006 la ocupación, por parte de los partidarios de López Obrador, su candidato, del Centro Histórico de la ciudad de México.

Monsiváis, en Salvador Novo: lo marginal en el centro (2000), el más personal de sus libros, nos explicó cómo Novo conquistó la Respetabilidad. La vida misma de Monsiváis, tan distinta, también representó un combate por la Respetabilidad, le otorgó a un conjunto de nuevos y viejos valores democráticos: el reconocimiento jurídico de la diferencia sexual, la libertad efectiva de cultos, la tolerancia pública de la protesta social y de las garantías que el Estado debe otorgarle. El liberal que acabó por ser juarista hasta en su resignada conformidad ante la purificación que habría de imponernos un autócrata justiciero, el radical a quien cegaba su igualitarismo social, el casi jacobino Monsiváis, lo dije hace años y lo repito hoy, elevó la calidad de nuestra democracia mucho antes de que ésta iniciará su exasperante y peligrosa adolescencia, en la que sobrevivimos.

Algunos de los homenajes recitados, cantados y escritos tras la muerte de Monsiváis, insisten con un afán sectario un tanto masoquista, en subrayar su eterna condición de crítico del poder, aseveración que merece matizarse. En los años setenta, tras 1968, Monsiváis, pertrechado en el suplemento cultural de Siempre como maestro de varios de quienes actualmente están entre nuestros grandes escritores, representaba a uno de los más efectivos focos de oposición intelectual al régimen autoritario. Aprendió, allí, a jugar en varias mesas al mismo tiempo, con pocas pero valiosísimas fichas y lo hizo brillantemente si tomamos en cuenta la manera en que la transición y la alternancia lo retribuyeron. A partir de 1997, Monsiváis disfrutó la legítima satisfacción de ver gobernar en el DF al PRD, no sólo el partido más cercano a su corazón ideológico, sino aquel que hizo suya su agenda (matrimonio entre homosexuales, despenalización del aborto, discusión de la eutanasia). Es decir: Monsiváis, con las reservas y los matices obligatorios en un intelectual, fue un ideólogo en el poder, condición que le garantizó, merecidamente, la democracia. Más que un símbolo de la persecución, fue una imagen de la hegemonía de la izquierda en una de las ciudades más grandes del mundo.

Algunos escritores –para pasar a otro asunto que la muerte de Monsiváis ha puesto en la conversación– que se cuentan entre aquellos que se han ido reconocido abiertamente como homosexuales, le recriminaron a Monsiváis, con acritud, el no asumirse explícita, expresamente, como tal. A mí no me parecieron muy pertinentes esas peticiones sustentadas en volver dogma de estricta observancia aquella consigna teorética de “lo personal es político”. Sus razones personalísimas tendría para no hacer público lo que, además, todo el mundo sabía. Lo importante fue la dedicación política, el cabildeo, la imaginación práctica, que puso Monsiváis a favor de esos derechos de los homosexuales y de otras minorías, cuya conquista le resultaba, una urgencia ética de obvia y honda raíz personal. Y ha sido un poco bochornoso escuchar y ver patifusos a los noticieros de la televisión, a estas alturas, ante su deber de decir que la bandera multicolor puesta sobre el féretro de Monsiváis era la del orgullo gay.

También he leído, en algunas responsos, la avidez por exorcizar aquellas palabras de 1978 de Octavio Paz sobre que Monsiváis “no era un hombre de ideas sino de ocurrencias”, como si la sólo muerte del cronista, en olor de santidad, las refutara, las diluyera, pesadillescas. El contexto de aquella frase fue una polémica cuyo asunto principal, no menor, era la tragedia del entonces llamado eufemísticamente, socialismo real. Yo no sé si Monsiváis tenía ideas o ocurrencias pero el resultado de aquella discusión fue que él, dándole la razón a Paz, se convirtió, años antes de la caída del muro de Berlín y no después, en un crítico del totalitarismo, pero no del sufrido en las lejanas estepas, sino del padecido en Cuba, allí donde nuestra izquierda (y su falsa némesis, el PRI) se muestran insensibles a esa repugnancia de toda forma de violencia política, de crueldad ideológica, que honró a Monsiváis. A diferencia del estalinista Saramago, con quien ha sido comparado en virtud de cierta pereza mental, Monsiváis no se andaba cayendo del caballo, a cada rato, en el camino de La Habana.

Monsiváis no fue ajeno al embrujo de la fama ni a los fuegos, fatuos o quemantes, de la vanidad literaria. Hubiera sido imposible –algo había en él de predicador protestante pero no de asceta– que se mantuviera indiferente a su condición de ser el más popular de los intelectuales mexicanos. Condición que, dicho sea de paso, no es necesariamente una inmaculada virtud: yo hubiera preferido, a veces, que se arriesgará a ser impopular entre los suyos, él que conocía también de la liviandad del gusto público. El Monsiváis que tantísimos conocimos y con el que algunos polemizamos, era un hombre a la vez feroz y sensible, mordaz y generoso, solidario y maledicente, derrochador y estricto. Hubiera agradecido, emocionado, el cariño desbordado en estos días. Pero también le hubiera parecido un desfiguro a tolerarse con escepticismo el fervor con que lo sacaron en procesión.