Monsieur l'Espagnol | Letras Libres
artículo no publicado

Monsieur l'Espagnol

Una reflexión sobre la identidad, la cultura y la culpa histórica desde la visión de un auxiliar de conversación en un instituto francés. 

En el curso 2004-2005 trabajé como auxiliar de conversación en un instituto de Evreux, en Normandía. Evreux era una localidad pequeña y tranquila. Unos meses más tarde, fue uno de los lugares de Francia donde hubo disturbios y quemas de coches, que algunos medios explicaban diciendo que nadie miraba tu currículum si tu nombre era árabe. Llegué poco antes de la reelección de George Bush y dediqué una parte considerable de mi tiempo a escuchar a franceses que me explicaban que los atentados del 11-M eran la consecuencia terrible pero lógica de la participación española en la guerra de Irak.

En los primeros meses, vivía en el Foyer de Jeunes Travailleurs de Evreux. Además de otros auxiliares de conversación de la localidad -cuatro de habla inglesa, una de alemán, otra de español- y de algunos trabajadores originarios de otras partes de Francia, en la residencia había muchas personas de Guadalupe y Reunión, que estudiaban en un instituto tecnológico de las cercanías.

Según nos explicaron en las sesiones de formación que recibimos en Ruán, nuestro objetivo era ayudar a los alumnos con el lenguaje y dar unas nociones de cultura. Señalaron la importancia de las diferencias y los matices frente a la uniformidad creciente de la globalización, algo que el profesor ejemplificó mostrando un caganer y pidiéndonos a los peninsulares del Este que explicáramos qué era a los auxiliares de América Latina. Nos dijeron que cada lengua encerraba una cosmovisión y aproveché el descanso para irme a pasear.

El sentido de “cultura” que empleaban era antropológico y muchas veces querían decir folclore y tópicos. Aunque conseguí introducir cosas de música, cine y literatura en algunas clases, las profesoras con las que trabajaba me pedían que hablara de cosas que ellas consideraban características, como la ofrenda de flores a la Virgen del Pilar, el botellón y los toros. Nunca había visto una corrida de toros, pero fue la clase de más éxito. Tuve que hacerla con todos los grupos. La silla del profesor hacía de toro.

Mis alumnos me llamaban por mi nombre, pero un grupo de estudiantes que venía a hablar conmigo en los recreos me llamaba Monsieur l’Espagnol. El resto del curso viví en un logement de fonction en el propio instituto. Allí compartía piso con un estadounidense, una canadiense y una australiana. Trabajábamos poco.

Una de las primeras veces que fui a la sala de profesores del pabellón de letras, me presentaron al profesor de historia. Se llamaba Ahmed y tenía rasgos árabes. Me preguntó de dónde era.

-Siento mucho lo que hicimos.

Yo me quedé un poco perplejo. Al principio pensé que me pedía disculpas por el 11-M, y me pareció un disparate. Luego pensé que quizá fuera la conquista musulmana. Al cabo de un rato me di cuenta de que se refería a la guerra de Independencia y a los sitios de Zaragoza.

No sabía si debía sentirme identificado con personas del siglo XIX que decidieron destrozar una ciudad situada en una posición claramente indefendible en nombre de la religión y el apego a Fernando VII. Alguno de mis familiares había participado en expediciones coloniales en el norte de África. Algunos de mis antepasados fueron a Aragón para repoblar los campos tras la expulsión de los moriscos en 1609, a lo mejor a los antepasados de Ahmed los habían expulsado de Aragón y los míos se habían beneficiado de ese destierro. Si seguía por ese camino no tardaría en tener que pedirme perdón a mí mismo.

Durante ese año que me gané la vida identitariamente empecé a salir con una neozelandesa, el país que está más lejos de España. Eso me permitiría descubrir que, como decía Krahe, en las antípodas “todo es idéntico, idéntico a lo autóctono”.

[Imagen]