Mística | Letras Libres
artículo no publicado

Mística

Si tuviera que elegir una definición de “religión”, optaría por la de Schleiermacher: “religión es el sencillo sentimiento de una relación de dependencia con algo muy superior a nosotros y el deseo de entablar relaciones con esta misteriosa potencia”.

Es muchas otras cosas, claro: es mitos, rituales, templos y más, pero la relación de una persona con algo misterioso y muy superior a nosotros parece ser el centro, el corazón, la esencia de la religión.

Fíjense en que dice “el sencillo sentimiento”. La religión no es algo que se piense, no es cosa ni del entendimiento ni en la que ante todo se crea en ciertas tesis. Si “creer” quiere decir aquí “suponer”, esto es, si “creer” es ese mecanismo mental que me hace decir “creo que Evaristo va venir” o “creo que dejaste el candado sobre la mesa”, si es así, entonces, la religión no es cosa de creer nada.

La religión no es esa cosa aventurada y dudosa: “a lo mejor Evaristo ya es vegetariano”. Nadie enfrenta cantando a los leones en el circo porque a lo mejor Dios está en el cielo. La religión, más que cosa que se razona, es un fenómeno complejo en el que, por encima de todo, se siente. Está hecha de sentimientos y apreciaciones que un día, quién sabe cómo, hicieron aparición más o menos articulada dentro de nosotros.

Un ejemplo. Un día, circulando por una calle, detenidos en un alto, vemos, desde el vehículo donde viajamos, a un joven, fuerte y vivaz, vendiendo chicles entre los coches y sentimos una piedad, una conmiseración inquietante, un entristecimiento que engendra una suerte de cariño por el joven. Ahí, en ese inesperado cambio de apreciación de una persona, de no sentir nada y considerar al vendedor como un extraño con el que no tenemos nada que ver, a sentir no sé qué dolor, no sé qué compromiso, no sé qué compasión, que nos acerca al vendedor, se está dando, es muy probable, una experiencia religiosa.

En este caso no estamos creyendo nada, no estamos entendiendo nada, pero estamos sintiendo, y mucho. Estamos sintiendo cierto interés, cierto modo de cariño, hacia el vendedor, y cierta forma de indignación que nace de percibir la injusticia social en la que el joven vendedor está atrapado. La forma de súbito cariño es cariño caritativo, ágape, amor que nace de la compasión. Tenemos que volver, y varias veces, sobre esta forma de cariño. Entretanto dejémosla así, tan solo mencionada.

En el ejemplo no parece estar presente la experiencia de Dios. Sin embargo, ahí está, y bien presente. Como veremos. A juzgar por este ejemplo, la experiencia religiosa está muy lejos de la consabida y lerda indagación que se centra en la pregunta “¿crees en Dios?”.

De Dios no sabemos nada, reconoce san Agustín, y, sin embargo, de manera inexplicable lo sentimos dentro de nosotros, en nuestra intimidad, y lo sentimos más cerca que cualquier otra persona. Con Dios no podemos ser evasivos, insinceros, como tendemos a ser con nuestros semejantes, porque simplemente a Dios no podemos engañarlo: Él sabe todo de nosotros. Y sabe todo de todos, y sabe todo de todo. Pero nosotros no sabemos nada de Él, no podemos imaginarlo porque está inmóvil en la eternidad, esto es, no está en el tiempo y no podemos imaginar lo que no está en el tiempo.

Y, sin embargo, los creyentes lo aman, lo veneran y adoran.

El misticismo se encuadra en la religión. Es un modo de experimentar la presencia de Dios. Cuando oímos la voz “mística” suelen venir a nuestra mente figuras brillantes como santa Teresa, san Juan de la Cruz y otros maestros de la vida religiosa. Está bien, pero me apresuro a explicar que son ejemplos extremos y magistrales de esta vía para acercarse a Dios, aunque no solo ellos pueden gozar de experiencias místicas, sino que, en forma suave, moderada, quizá confusa, y que quizá ni siquiera se identifique como cosa mística, muchos creyentes han sido favorecidos por experiencias que llamaríamos místicas. La diferencia entre la experiencia de Dios en una muestra ocasional, débil y fugaz de cualquier persona y la de un maestro consciente y con años de práctica es solo de grado y nitidez, no de esencia, y que en los dos es, podemos decir, la misma cosa.

La vía mística no es secreta, estrecha, imposible de transitar, sino está abierta a cualquiera que ha sentido que, como decía san Agustín, Dios está dentro de él en una intimidad mayor a la que tiene con cualquier persona. ~