Mi optimismo europeo es voluntarista | Letras Libres
artículo no publicado

Mi optimismo europeo es voluntarista

Entrevista con Jorge Semprún

Hace unos meses escribía en esta misma revista que tenía ganas de coger un avión para plantarme en París y conocer a Jorge Semprún. Y como si la fortuna conociera mis deseos, en lugar de tener que ir a París, ha sido él quien ha venido a Madrid para presentar el libro de Javier Solana Reivindicación de la política (Debate, 2010).

Es 29 de septiembre, y hay convocada una huelga general. Gracias a esa circunstancia, podemos charlar en su hotel.

“Ayer me decía Javier Solana: ‘siempre que tienes que venir a Madrid por algo relacionado conmigo, hay huelga general’”, me cuenta Jorge Semprún. Y es que Javier Solana no se olvidaba de cómo más de veinte años atrás –cuando por mandato de Felipe González llamó a Jorge Semprún para que se incorporara como ministro de Cultura al gobierno– a su llegada, el 14 de diciembre de 1988, también hubo una huelga general.

Su actividad en el gabinete la contó en un libro, Federico Sánchez se despide de ustedes (Tusquets, 1993), que desmenuza mejor que cualquier otro escrito en tiempos de la democracia la actividad de un gobierno, y que al dedicar mi ejemplar llamara “relato sincero de una experiencia vital”.

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Esta mañana, cuando he repasado el discurso que leyó en el campo de concentración de Buchenwald, en conmemoración de los 65 años de su liberación, además de emocionarme, he sentido cierta preocupación porque dice que no va a tener fuerzas para escribir la novela de los dos soldados americanos que le liberaron, Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum.

Hay toda una generación de judíos alemanes que llegaron a Estados Unidos, que se asimilaron y que lucharon en la guerra. Y hay historias preciosas. La novela de la Guerra Mundial es una historia interminable, y será difícil que me meta con la novela de Fleck y de Tenenbaum; pero no por falta de fuerzas, sino porque hay por delante unos cuantos proyectos. Vi una exposición en París sobre Mario Vargas Llosa [La liberté et la vie, en la Maison de l’Amérique latine; comisariada por Alonso Cueto], y me llamó la atención que, hace ya muchos años, él hacía, desde muy joven, unos “planes quinquenales” de trabajo y anotaba en unas hojas su programa de escritura. Yo también he sido mucho de hacer “planes quinquenales”... aunque realizo una parte ínfima. Cuando estoy en España me entran ganas de acabar los proyectos que están relacionados con España, y cuando estoy en París me cambian las prioridades.

 

Creo que una de esas novelas es sobre el Madrid de la posguerra.

Es una novela que tengo entre manos y que esta dolencia [se va a operar la espalda por unas molestias] me  ha retrasado bastante porque no he podido trabajar este verano. La novela cuenta un día en Madrid. Es un recadero que recorre por motivos profesionales, durante un día de 1964, la ciudad de Madrid en su isocarro. Es el día del partido de fútbol España-Rusia, con el famoso gol de Marcelino que hace que España gane 2-1. Ese partido es el trasfondo. Ese día es el primero que se vieron, en la España de Franco, banderas rojas con la hoz y el martillo, que era la bandera oficial soviética. En la Copa de Europa anterior Franco se había negado a que España jugara contra Rusia, pero en esta edición aceptó y ganó la final. Franco venía de no sé qué viaje oficial por el norte y asistió a la victoria en el Bernabéu. Tampoco es casualidad que ese año, el 64, fuera el de la expulsión del Partido Comunista de Fernando Claudín y “Federico Sánchez” [como luego me dirá, no le cuesta nada mirar los acontecimientos de su propia vida como si hubiesen sido vividos por otro]. Ese recadero recorre Madrid como el diablo cojuelo... No me resulta fácil escribirla, porque estoy cansado.

 

¿Y la escribirá en castellano?

Sí, en español. Las novelas de España siempre tengo que escribirlas en español.

 

¿Y tiene título?

Sí. El periódico Pueblo publicó un editorial al día siguiente del partido contando la victoria de España y la presencia del Generalísimo –dándole casi un matiz político– titulado “La tarde salió redonda”, y así se llama la novela. Hay muchos personajes. El recadero que va con un isocarro es un viejo comunista que está fuera de todo, pero que aprovecha sus recados para llevar de vez en cuando un paquete de propaganda.

 

¿Y qué libro ocupa ahora el primer lugar en su “plan quinquenal”?

La novela que estoy escribiendo ahora, que posiblemente termine primero, que está escrita en francés. También trata de España. Tiene como escenario el sur de Francia, el País Vasco (la zona de Biarritz, de Bayona, de San Juan de Luz), y el tema es la reunión que hacen cada año un grupo de antiguos militantes del Partido Comunista Francés, aunque ya ninguno milita, que han trabajado con el aparato de pasos de frontera del Partido Comunista de España. Estos militantes ponían sus coches a disposición del partido para pasar a los clandestinos, o pasar tal y cual, y arriesgaban mucho, porque nunca era seguro que no fuera a pasar nada durante el viaje, que no les detuvieran en la frontera. Es la historia de un grupo de estos que se reúnen con los españoles que trabajaban con ellos. Es algo nostálgica y se reconstruyen, un poco, los primeros años de la lucha antifranquista después de la Guerra Mundial, de la táctica de guerrillas. Un tema que está abordando Almudena Grandes en sus “episodios”. Por cierto, el primer volumen, Inés y la alegría (Tusquets, 2010), que aún no he terminado de leer, me está interesando mucho; y ya desde las primeras páginas, cuando aparece Carmen de Pedro, me sorprendió mucho, porque se trata de un personaje insignificante, pero muy importante en la reconstrucción del Partido Comunista de España en Francia.

 

Con la descripción de este recadero, me he acordado de unas declaraciones suyas en las que afirmaba que los comunistas, uno a uno, eran estupendos, pero que como organización constituían un completo fracaso.

En la clandestinidad, en el antifranquismo, era muy raro encontrarse con un hijo de puta que fuera comunista (uno cada no sé cuántos miles, uno cada no sé cuántos años), pero todos ellos formaban una organización totalmente ciega, totalmente militarizada. Aunque fueran inteligentes uno por uno, gregariamente eran una masa de combatientes valientes y arriesgados, pero sin una autonomía de pensamiento. Esta ceguera venía mucho de toda la tradición leninista del partido, organizado militarmente con una cabeza que piensa y unas manos que ejecutan. Y también venía mucho de la sumisión de esos partidos, de países no soviéticos, al dictado de la Unión Soviética. El partido se estaliniza y se convierte en un aparato de poder para el que los intereses de los trabajadores del mundo no son lo que viene en primer lugar. Lo primero es la política exterior soviética. Si a la política exterior soviética no le interesa entrar en la guerra en el año 39, no entra. Y deja tirados, abandonados, a decenas de miles de comunistas que no entienden qué pasa. Se decían: “llevamos años luchando contra Hitler, contra el fascismo y ¿ahora resulta ser nuestro aliado?, ¿qué pasa?” Hay un aspecto de esa situación que es el que más me ha llamado la atención, el que más me ha conmovido, y que yo descubro después. Me contaron algunas historias en Buchenwald cuando ya había acabado el pacto [Ribbentrop-Mólotov, de no agresión entre el Tercer Reich y la urss]. Una que fue común: comunistas alemanes que están en Buchenwald desde 1937, cuando se construye el campo, y que quizá estaban ya en la cárcel desde 1933, y que en 1939, en plena represión nazi, descubren que el dios de su ideología, Stalin, está metido en una alianza con Hitler. Los comunistas no contaban nunca nada de eso en Buchenwald: hablaban de la miseria del campo, de la lucha clandestina, de miles de cosas –a veces sangrientas, a veces cotidianas– pero de eso no decían ni pío. Luego, cuando después de la guerra se construye la República Democrática Alemana, en la antigua zona de ocupación soviética, esos mismos comunistas de Buchenwald son procesados. Y siempre que hay documentos, aunque no siempre hay, el primer tema de acusación es que no aprobaron el pacto germano soviético. Eso que parece que no tuvo importancia se convierte en un argumento de acusación. Y algunos de esos jefes comunistas, con responsabilidades internas importantes –el jefe de la enfermería, el jefe de tal...– acabaron en el gulag por no aprobar ese pacto germano soviético. Ese episodio es terrible.

 

Terrible.

El problema fundamental de mi vida, que no he abordado nunca de forma sistemática como ensayo político, es que yo he pasado todos los años de mi adolescencia y juventud esforzándome en ser comunista. Había un libro de uno de los dirigentes chinos que se llamaba Para ser un buen comunista, y que era como un recetario que yo seguía, y una caricatura de lo que yo pienso. Otra parte de mi vida, que ya ha terminado, me he esforzado en dejar de ser comunista. Dejar de ser comunista no significa desentenderse de la vida real, significa transformarse totalmente en una cosa diferente, en un hombre libre. Primero fue la ruptura con una tradición republicana católica, tampoco de izquierdas, pero muy liberal. De ahí pasé al comunismo, y era un proceso complicado. La época facilitó el paso, porque era un tiempo de lucha, de opciones y de estrategias claras. Había que estar “contra”, y ¿con quién? Con los que luchan, y los que están en la brecha son los comunistas. Y la otra parte de la vida, menos ruidosa y menos novelesca, es la de reconstruirte como demócrata. Y todo lo que has estado atacando teóricamente tienes que reconstruirlo y fundamentarlo. De ahí viene en parte mi europeísmo, aunque hay otras razones para serlo: la ambición de un ideal, la extensión de la democracia en el mundo.

 

A propósito de Europa, defiende un gobierno más fuerte para la Unión Europea.

Hay muchos europeístas, pero no tenemos suficiente influencia, no nos escuchan. En junio pasado, se presentó el informe de los sabios, que dirige Felipe González, sobre las perspectivas de Europa hasta 2030. Como todos los estudios, aciertas o no aciertas; pero fundamentalmente es un estudio muy serio para que Europa sea en el futuro algo más que un conglomerado de países. Pero nadie habla de ese informe. La otra noche cené en París con intelectuales y políticos de centro derecha y de centro, sin gente de izquierda de verdad: ni sabían que se había realizado ese informe. ¿Qué ha hecho con todo ese material la Unión Europea? Anoche le pregunté por el informe a Felipe González [con quien copresentó el libro de Javier Solana] y me dijo que no sabía. Es necesario un debate serio de ese tipo. En el informe se defiende la integración europea, las formas de supranacionalidad necesarias...

 

Hay dos incorporaciones a la Unión Europea que están siendo cuestionadas. Una, la de Serbia –un país surgido recientemente de una guerra civil, que todavía no ha superado los filtros de responsabilidad–; y la otra, la de Turquía.

De Serbia no voy a decir lo que pienso, porque es un tema complicado que tendría que volver a pensarlo. Aunque voy a recordar que fue una generación de izquierdistas, entonces en el poder, quienes tuvieron que asumir acciones sobre Serbia, Javier Solana a la cabeza. Sobre Turquía mi opinión es clarísima: hay que hacer todo lo posible para que se integre en la Unión Europea. Todas las reticencias francesas me parecen absurdas. ¿Que plantea problemas? Claro. ¿Que Turquía necesita seguir dando pasos en el camino de la democratización? Naturalmente que sí. ¿Es un proceso que no se puede decir que terminará mañana? Bien. Pero que esa puerta quede abierta de verdad. Necesitamos, además de la fuerza demográfica de Turquía y de su fuerza como país, integrar un país que está en la frontera de todos los conflictos del Próximo Oriente. Y, además, que siendo un país europeo de verdad progresará todavía más hacia la democracia y la hará más factible en Próximo Oriente.

 

¿Y hay interlocutores en Turquía?

Claro que los hay, algunos escritores como Orhan Pamuk. Pero si duran las reticencias y los desplantes de Europa acabará por no haberlos.

 

¿Y a qué se debe esa oposición francesa?

A razones de política interior. Cuando se habló de la incorporación de Turquía, que Francia aprobó en su inicio, un presidente, no sé si Chirac, dijo que solo se podría decidir mediante un referéndum, tendría que aprobarlo el pueblo francés. Una cosa absurda que complica mucho las cosas. A Francia ha llegado un movimiento de involución, un retorno a las aspiraciones y los deseos de los fantasmas nacionales, un desprenderse un poco de la política europea. Eso es lo peor de Sarkozy. Sarkozy es un cesarista, es un hombre inteligente... No me parece que esté derrotado, es un animal político. A lo mejor encuentra una triquiñuela para volver a estar en la primera línea, no solo mediática sino realmente.

 

Por cierto, escribió El hombre europeo (Espasa-Calpe, 2006), un ensayo sobre Europa, con quien fuera el rival de Sarkozy en las primarias antes de las presidenciales, Dominique de Villepin.

Ese libro tiene una única justificación: apoyar el sí al referéndum europeo sobre la Constitución. Dominique de Villepin era, de la derecha francesa, el hombre más proeuropeo que yo he conocido. Resultaba muy interesante, porque si hubiera hecho el libro con alguien más parecido a mí, como Jacques Delors, con el que estoy de acuerdo, habría sido aburrido. Villepin, de tradición gaullista, es de verdad proeuropeo. Es un libro muy coyuntural de lucha política.

 

Ese referéndum fue una pena... También sostiene que a la política europea le faltan líderes, y me parece que es posible que también le falten ideas.

Bueno, se trata de un problema dialéctico. Esa es una de las causas de la crisis actual de Europa. La ausencia de ideas provoca la ausencia de líderes, y la ausencia de líderes hace que no enraícen las ideas. Líderes europeos los ha habido alemanes, franceses, españoles; los ha habido socialdemócratas, cristianodemócratas, de derechas y de izquierdas... No digo que no haya en la juventud líderes europeos, pero no están en el poder. Eso se debe al hecho de que no hemos encontrado entre todos un nuevo impulso para Europa. Europa se construye sobre una base clarísima: contra un pasado nazi, fascista, totalitario, con dictaduras en toda Europa, y contra un presente amenazador, el presente totalitario de la Unión Soviética, el comunismo, las ideas de emancipación... No basta con ser anticomunista, hay que ser más antitotalitario que anticomunista, y elegir cuál es el enemigo –la cristalización del comunismo. Octavio Paz lo dijo muy bien, creo que en Itinerario, hablando del comunismo, y cito de memoria: “admirable secreto abominable. ¿Cómo es posible que tanta generosidad, tanto valor, tanto coraje, tanto espíritu de sacrificio hayan terminado edificando la sociedad más opresiva de la historia?” Ya hablábamos antes del Partido Comunista, que era lo uno y lo otro. Era bastante fácil construir Europa con esos enemigos... pero ahora, ¿cuáles son los enemigos?

 

En las películas, el islam.

Y el islam, ¿qué es? Una cultura, una diferencia, no ser europeo, que no es lo mismo que ser antieuropeo... Está en todas partes y no está en ninguna. Es a la vez un islam moderado y, por encima de todo, un islam radicalizado y definitivamente terrorista, que aprueba el terrorismo como forma de lucha. En Francia, cuando la gente pregunta sobre las revueltas en la banlieue, que fueron rojas, nadie llama suficientemente la atención sobre el hecho de que la inmigración, hasta hace unos diez o quince años, era polaca, italiana, española y portuguesa, todos países mayoritariamente católicos y todos ellos países, en parte porque son católicos, en los que ha habido grandes partidos comunistas. La gente de la banlieue tenía dos instituciones que a la vez le daban esperanza y le encuadraban: la Iglesia y el Partido Comunista eran fuerzas sólidas en esos extrarradios. La referencia católica y el Partido Comunista han desaparecido. Ahora son otras cosas, no tiene nada que ver. No es que los musulmanes sean más violentos, son de otra manera. El proceso de integración en Francia se ha hecho bastante bien durante un tiempo (porque había elementos de integración fundamentales: la escuela primaria, el trabajo y el servicio militar). Pero ahora la escuela primaria no puede cumplir con su papel: los niños son demasiado diferentes étnicamente, son muchos alumnos por clase... Objetivamente, a la escuela primaria se le ha escapado el papel fundamental que tenía de preparación para la vida adulta. Recordaré toda mi vida una entrevista de Bernard Pivot, en Apostrophes, a un premio Nobel de física, Georges Charpak.* Charpak contaba que él llegó a París, niño judío polaco, en los años treinta, y que sus padres le llevaron a la escuela primaria del distrito catorce. El maestro lo sentó al lado del mejor alumno de la clase e hizo una especie de discurso: “ha llegado un nuevo alumno, entre todos vamos a ayudarlo…”. Y acabó como premio Nobel, y fue a la televisión con uno de sus amigos de la infancia. Ahora eso es imposible, materialmente imposible.

 

Pero, Jorge, ¿cómo combina su discurso optimista con esta imposibilidad? ¿No vamos a ser capaces de conseguirlo?

El discurso optimista es un poco voluntarista, pero el discurso optimista implica que eso se aborde a nivel europeo. Todos sabemos que Europa necesitará, hasta el año 2030, unos cuantos millones de inmigrantes más, aunque solo sea para mantener la tasa de natalidad, la seguridad social, compensar el envejecimiento... Se sabe y la estadística lo dice, pero ¿cómo se hace? ¿Dejando operar libremente a las mafias? ¿Por qué Europa no asume la inmigración en vez de dejarlo al azar de la historia?

 

Habla de inmigración, y antes ha hablado de Vargas Llosa y de Octavio Paz, y no podemos dejar de hablar de América Latina.

España tiene una gran suerte: está en Europa (aunque ahora con menos pujanza que antes) y puede ser uno de los vínculos importantes con América Latina, un continente con el que tenemos que tener excelentes relaciones. No estamos siempre a la altura de los tiempos, pero casi hemos dado la vuelta al mundo.

 

Y con mucha intensidad. Voy a volver a su obra. Me sorprende que, habiendo trabajado tanto para el cine, y con directores tan potentes como Costa-Gavras, nunca se haya llevado una novela suya al cine, aun estando llenas de peripecias.

Sí, es curioso, pero es así. Quizá se deba a que son demasiado novelescas, y no es que nunca hayan sido adaptadas, es que nunca ha habido ni siquiera proyectos para adaptarlas. Lo más parecido, aunque no se trata de la adaptación de ninguno de mis libros, es un telefilme, Le temps du silence, que se acaba de terminar. Lo ha producido la televisión francesa, France 2, y lo ha dirigido Frank Apprederis. Cuenta la historia del regreso a casa, en el verano de 1945, de un joven que ha estado en el campo de concentración. Quien conozca mis libros reconocerá cosas, incluso hasta tópicos y manías mías... pero no es una adaptación.

 

¿Y quién hace de Semprún?

En la película no se menciona a Semprún, el protagonista se llama Manuel. Pero ese ente de ficción, que en parte soy yo, está interpretado realmente por dos actores, porque está la acción del pasado y un flashforward: en la vuelta del campo de concentración lo interpreta Loïc Corbery, de la Comédie-Française, y en el flashforward el actor es Bernard Le Coq [muy conocido en España por haber publicitado durante años la tónica Schweppes].

 

Esos dos actores me recuerdan que su vida y su obra están llenas de dobles: Semprún y Sánchez, castellano y francés, Madrid y París, comunista y anticomunista...

Es así y lo veo, pero no tengo explicación para ello. Solo puedo constatarlo y no sé por qué. Lo que sé es que no es premeditado. Muchas veces cuento mi vida, y la cuento como si fuera simplemente un observador.

 

Tengo la sensación de que su huella intelectual en España no se ha dejado sentir tanto como me gustaría.

Ni en España, ni tampoco en Francia, donde vivo. Realmente, en donde he notado algo parecido a eso ha sido en Alemania. No sé si por mi paso por Buchenwald se sienten culpables, pero lo he notado en las lecturas que hago allí de mis obras.

 

Y, de hecho, Franziska Augstein, que acaba de publicar en Tusquets su biografía, Lealtad y traición, es alemana.

Sí, la biografía tiene como base unas cuantas entrevistas largas, y ella ha construido posteriormente el relato con su propia investigación.

 

Supongo que dará cierto vértigo leer tu propia vida.

Sí, Javier Pradera me hablaba de ello el otro día. Será que ya tengo una edad razonable, como mi amigo Jean Daniel, que acaba de cumplir los 90 años.

 

Apago la grabadora. Han quedado pospuestos muchos asuntos. Seguro que esta no es nuestra última conversación. Y si quiero encontrarlo sé que puedo hacerlo los domingos en el Café de Flore de París, acompañado de sus amigos, gente del cine y del teatro. ~


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