Mi dictador favorito | Letras Libres
artículo no publicado

Mi dictador favorito

Mi dictador contemporáneo favorito es, definitivamente, Kim Jong-Il, el “Querido Líder” (su título oficial) de la República Democrática Popular de Corea del Norte. Ninguno de los otros dictadores en activo tiene su sofisticada inmoralidad, ni su helado sadismo voluntario, ni perdió ya tan totalmente el sentido de la realidad. En efecto, frente al “Querido Líder”, el compañero Fidel, el teniente coronel Chávez y hasta Muammar Kaddafi (título oficial: “Líder Fraterno”) son unos aprendices trastabillantes.

Y bueno, realicé en la intimidad este concurso internacional de “Miss Dictador 2010” a partir, precisamente, de que el compañero Fidel anunció hace un par de días que, luego de sesudos análisis, estaba en condiciones de asegurar que el hundimiento de la fragata sudcoreana Cheonan (que tiene a la región sumida en una profunda crisis) no se debió a un compañero torpedo disparado por un barco norcoreano, sino por un barco del imperialismo norteamericano que se disfrazó, el canalla, de barco norcoreano.

Así es de perspicaz el compañero Fidel.

Que en su preclara inteligencia el compañero Fidel apoye así a su colega Kim Jong-Il no debe asombrar. Los dos son propietarios exclusivos de sus respectivos países y, claro, entre los dos se dividen la patente de un ingenioso invento: la monarquía comunista hereditaria, la pirueta ideológica más original confeccionada hasta la fecha. Si Fidel le heredó Cuba a su hermano Raúl, Kim Jong-Il recibió Norcorea como un regalo de su señor papá, Kim Il-Sung (“Gran Líder y Presidente Eterno”), y ha decidido nombrar dialécticamente a su sucesor, Kim Jong-Un, que es su hijito, luego de un amplio plebiscito realizado consigo mismo. (El título oficial, por cierto, de este hijito es “El Brillante Camarada”).

Todas las novelas de dictadores latinoamericanas son unas escuálidas fábulas realista-socialistas ante los logros creativos de Kim Jong-Il. Todos los dictadores suelen exigir a sus pueblos manifestaciones espontáneas de apoyo, y todos logran que sean tumultuarias, pero sólo Kim Jong-Il ordena que participe absolutamente toda la población, y que se someta a unas coreografías calculadas en milímetros y en segundos (que diseña él mismo).

Nadie imaginó antes a un dictador capaz de provocar tormentas cuando se enoja y que salga el arco iris cuando se contenta. El menudo mandamás, que aumenta su estatura con coturnos y un copete en erupción continua, sólo viaja en tren, en cuyo coche-alcoba lo atiende un grupo de jóvenes camaradas vestidas de ferrocarrileras, y a cuyo coche-comedor llega, en helicóptero, directo del mar, una cotidiana docena de langostas. Su colección de películas tiene 20 mil títulos (su favorita es, claro, Rambo). Cuando juega golf acostumbra hacer tres o cuatro hoyos en uno por partida, lo que la radio norcoreana difunde de inmediato con voces marciales llenas de karatazos. Maneja sólo automóviles marca Mazda, bebe sólo cognac Henessey (bastante: es el principal cliente de esa firma), es admirador del Pato Lucas y de Elizabeth Taylor y le tiene fobia a los triates. Ha escrito seis óperas y decenas de himnos y marchas, generalmente en honor a sí mismo. Se supone que es con las regalías de sus canciones que ha amasado los 4 mil millones de dólares que se dice tiene guardados en Luxemburgo.

Y además de todo, puede convencer a otro dictador, a miles de kilómetros de distancia, de que un submarino norteamericano se disfrazó de submarino norcoreano para aventarle un compañero torpedo a un barco sudcoreano.

Y obviamente hasta Fidel se da cuenta de que eso sí es un dictador, no tarugadas.