Memorables y el olvido: Henri Sanson | Letras Libres
artículo no publicado

Memorables y el olvido: Henri Sanson

Ser el último miembro de una familia que se ha dedicado, durante siete generaciones, al meticuloso arte del suplicio no es un estigma que se borre fácilmente. Tres años después de ser destituido, en 1850, el célebre verdugo Henri Sanson se fue de París arrastrando el signo indeleble de su oficio, se estableció bajo nombre falso en un retirado pueblo y se dedicó a repasar, en compañía de unos pocos, amados animales, la historia de su primer y único empleo: cortar cabezas.

Como cualquier otro trabajo, claro, el de verdugo fue cambiando al ritmo de la jurisprudencia y los avances tecnológicos, de forma que, al menos en los países que se autoproclaman “civilizados”, fue cada vez menos cansado su ejercicio. Así, el bisabuelo de Henri, Charles-Jean-Baptiste Sanson, tuvo que haber sudado mucho más que su bisnieto para cumplir a cabalidad con las penurias que imponía la ley a los criminales de entonces –penurias que gráficamente recreó Foucault al comienzo de Vigilar y castigar; por cierto que el protagonista de esa escena, Damiens, figura también en el registro de víctimas de los Sanson. Henri recorre esa saga familiar con dosis parejas de arrepentimiento y orgullo. Finalmente, no es poca cosa llevar el único apellido que, pese a los cambios de régimen más brutales de la historia moderna, continúa ejerciendo en nombre del Estado.

Personaje francés donde los haya, Sanson escribe desde una paradoja moral harto fructífera: desea unir su voz a las tantas “voces elocuentes, desde Montesquieu, Becaria y Filangieri, hasta Victor Hugo”, que se han alzado antes que la suya “para reclamar la abolición del castigo implacable de que he tenido la desgracia de ser viva personificación”. Está, pues, en contra de la pena de muerte. La admiración por Montaigne, a quien cita profusamente, recorre esta “ojeada histórica acerca de los suplicios” y se refleja no solamente en la postura ilustrada, sino también en el estilo literario, toda proporción guardada.

Su libro, publicado en 1861 y traducido casi de inmediato al castellano, consta de dos partes: un prefacio histórico que detalla algunos pormenores del oficio y unas memorias. En 1970 Tusquets reeditó, bajo el título Historia de un verdugo, la primera parte en uno de esos “Cuadernos ínfimos” que durante un tiempo perseguí por las librerías de usado. Sanson conoce de suplicios no solo por haberlos infligido, sino por auténtica sed de erudición. Sus historias de condenados se remontan a veces a la antigua Grecia, se detienen con frecuencia en la Edad Media y comparan al detalle las costumbres de distintas geografías. El tono de su prosa, apoyada ocasionalmente en documentos, no tiene desperdicio: “La época en que se usó más la decapitación en Francia fue en la que Richelieu, para justificar su política, se las apostó a la nobleza francesa, e hizo caer más cabezas al filo de la espada que cuantas habían caído desde el origen de la monarquía; consistiendo todo el mérito de aquella ejecución capital en la habilidad del verdugo, que, desgraciadamente, no podía ejercitarse sino con el uso.”

Algunas de sus observaciones, particularmente las referidas al aspecto burocrático de la tortura, saltan como notas de oscurísimo humor involuntario entre sus páginas. Sorprende, por ejemplo, la efusividad con que reprueba la lectura en voz alta de la sentencia ante el condenado, sobre todo teniendo en cuenta que acaba de describir amputaciones y flagelos de una crueldad aberrante: “Indudablemente hay progresos en esta determinación; ¿pero no hay todavía algo de barbarie en la larga formalidad de la lectura de la sentencia? ¿No es esto una agravación del suplicio y un ultraje a la humanidad?”

El listado de tormentos que Henri Sanson describe –con ánimo, quizás, de redimirse– termina por provocar en el lector contemporáneo un abatimiento mayúsculo, pero también una reflexión preocupante sobre las formas de la violencia institucionalizada. Lo cual no es poco mérito en un momento y un lugar en que suplicios semejantes y aun peores adornan cada día los puestos de periódico.

- Daniel Saldaña París