Mella y criba de Ida Vitale | Letras Libres
artículo no publicado

Mella y criba de Ida Vitale

 

En una entrevista, Ida Vitale comentaba sobre el día en que entendió por primera vez un poema: “Desde ese momento la poesía fue, cada vez más, ese jardín cerrado, para pocos, donde todo se transmutaba.” Creo que no es gratuito el símil del jardín, y creo que es importante que la entrada a ese ámbito reservado haya sido en la infancia (cuando por fin pudo penetrar un poema de Gabriela Mistral).

Lugar donde la selva selvaggia se civiliza y ordena, el jardín es el oasis mundano de Ida Vitale. Una y otra vez, a lo largo de sus más de veinte libros, aparece este espacio verde donde todo se transmuta. ¿La poesía es el jardín? Así lo ha dicho ella: es el reducto que nos salva, acaso el único lugar no carcomido por el tiempo. Y los jardines de hoy remiten al jardín de la infancia, al paraíso primero que no se ha perdido del todo gracias, precisamente, a la poesía. Se antoja seguir concatenando imágenes: la infancia es un jardín. Al ver hacia atrás, al hacer la criba de lo que hay, de lo que ha sobrevivido a la mella del tiempo, surgen los jardines, llaman. Saber responder a ese llamado, llegar a ese lugar y atesorarlo es una de las aspiraciones de esta poesía.

Así he leído yo Mella y criba, un título más en la sostenida, sólida trayectoria poética de Ida Vitale, cuya mayor virtud ha sido la fidelidad consigo misma, mantener alto el listón sin abandonar la ruta por ella misma trazada. En versos casi siempre breves, a veces medidos, se concentra el mesurado torrente (¿cabe decirlo así?) de sensaciones que asaltan a la poeta después de una vida vivida. Todo es, de alguna manera, remembranza, homenaje, gratitud. Todo es hacer cuentas con satisfacción y, cómo evitarlo, con cierta nostalgia. Dice Vitale con timbre clásico: “Montevideo era sencilla y verde”, y entendemos que el poema, y quizás el libro, gravita sobre ese pasado imperfecto.

Los tres primeros poemas del libro concluyen de la siguiente manera: “Joven, perdió su vida; / viejo, murió sin saber cómo armar / las cenizas del resto”; “Saber que nada es tuyo / para siempre”; y “...es inútil amar / lo que te ignora”. La poeta borda alrededor del vacío, sus certezas, si lo son, parecen tener una sosegada carga negativa o, en palabras de Keats, una “capacidad negativa” que no se irrita ante la sentencia (en su doble acepción) de que “para morir nacimos”. Esta intuición se va confirmando conforme se avanza en el libro: la resistencia poética de Vitale es silenciosa, oblicua, trabaja desde el reverso de las cosas sin evidenciarse del todo y rindiendo pequeños pero importantes frutos. Es una estrategia opaca, paciente y perseverante a la manera de una guerrilla contra la fugacidad. “Mirar lo encubierto”, “entender lo incomprensible”, “ocupar el revés del intento”, “siempre apartarse”, “asumir lo negado”, adoptar “astucias negativas”, “ánclate en lo que tantos desdeñan, / discreta ignora lo que tantos buscan”. No tenemos el poder de detener el instante, pero sí podemos hacer de su desaparición una semilla:

 

Tras lo vertiginoso,

recordar el olvido

abre la calma.

Y basta.

 

(Recordar el olvido pudo haber sido un título para este libro.) En otras palabras: ante el encandilamiento general y su posterior desilusión, Ida Vitale se coloca detrás de la luz. Ese rodeo es una poética, y ella misma se lo recuerda constantemente, a manera de conseja:

sé cardo, cuando llegaste como lana,

piedra, cuando, hilo de seda, flotarías.

Si la tentación es flotar, ánclate; y sé áspera ante la tersura. Recordemos que es la poeta hablando consigo misma, pero ese diálogo interior se traduce como lección para el lector que se asome a este compilado de pequeñas, discretas sabidurías.

Y, claro, los pájaros están presentes en los ubicuos jardines. Materializaciones del instante que se va, las aves abundan en la poesía de Ida Vitale, pero ella no les suplica que se detengan: sabe observarlas y reconocer su belleza sin atormentarse al reconocer que son esencialmente inaccesibles y fugaces. Grajos, estorninos, sinsontes, ruiseñores, petirrojos: es la belleza, que es verdad (para volver a Keats) y que se va. “Lo bello, lo que se ha de mirar / y no tocar, entra en un tiempo / que no desgasta su sentido.” La belleza está a salvo de la muerte y sus “prólogos odiosos”, que la poeta reconoce aquí y allá como “fallas”. Acaso las aves, en su alada y ligera perfección, le recuerden, por oposición, la gravedad de la muerte “ciertísima”. Acaso las aves que pían son el exacto opuesto de las fallas, mudos avisos de nuestra finitud. El poema “Menisco” es la explicación literal de ese menguar del organismo, pero es en “La sutura” donde la voz que habla en Mella y criba es más contundente con respecto a lo que se va y lo que se queda. Costura que “reúne los labios de una herida”, según el diccionario, se supone que la sutura no debe notarse:

 

Temo ya no saber hacer

lo que no debe verse

aunque

irse del mundo

pida dejar algo

–como sea–

en pago de la ausencia.

 

Pero no se trata de cerrar una herida sino de aceptarla, como hace Ida Vitale en este libro con apostura y serenidad, acercándose al “sitio verde de la infancia” y recordando el olvido con las armas de resistencia de la poesía. ~