Melancolías urbanas | Letras Libres
artículo no publicado

Melancolías urbanas

Las ciudades modernas son una concentración de muchedumbres apiñadas en edificios y fluyendo por las calles. Pero también han sido vistas como una congregación de soledades. Daniel Defoe, por ejemplo, en un texto de 1720, pone a reflexionar a Robinson Crusoe sobre la soledad: “puedo afirmar que disfruto de mucha más soledad en medio de la mayor aglomeración humana en el mundo, quiero decir en Londres mientras escribo estas líneas, que la que jamás pueda decir que disfruté durante veintiocho años de confinamiento en una isla desolada”. Defoe describe la soledad en términos positivos: “la vida, en términos generales, no es o no debiera ser más que un acto universal de soledad”, ya que “puede decirse propiamente que el hombre está solo en medio de las masas de hombres y de las prisas de los negocios”. Defoe detesta la soledad melancólica, pero exalta el aislamiento hiperactivo de un Robinson en su isla. Es la soledad del obrero en su colmena industrial y urbana.

Pero en el siglo XX la soledad urbana fue experimentada en su más dramática expresión melancólica. Un buen ejemplo son las pinturas metafísicas de Giorgio de Chirico. Justamente en Londres, en la Estorick Collection, se encuentra un cuadro suyo de 1912 donde una ciudad aparece casi vacía, dominada por una estatua que representa la melancolía. Es la imagen estereotipada de una mujer con la mano apoyada en la mejilla, como el famoso ángel de la melancolía de Durero. El cuadro de Chirico es una versión de una escultura de Ariadna que, durante su sueño en Naxos, ha sido abandonada por Teseo, y que evoca la inmensa tristeza de la mujer solitaria. Esta escultura romana, copia de un original griego perdido, se encuentra en un museo del Vaticano.

El pintor italiano, hay que recordarlo, sufría de melancolía. En sus memorias cuenta que en Florencia, hacia 1910, leía mucho, “sobre todo leía libros de filosofía y fui presa de severas crisis de oscura melancolía... mi periodo Böcklin había pasado y había comenzado a pintar temas en los que trataba de expresar ese sentimiento misterioso y potente que había descubierto en los libros de Nietzsche: la melancolía de los bellos días de otoño, las tardes en las ciudades italianas. Era el preludio de las plazas de Italia que pinté poco después en París, y más adelante en Milán, Florencia y Roma”. Su serie de paisajes urbanos está dominada por la melancolía. La vida en ellos está detenida en la pétrea inmovilidad de unas estatuas que representan el tedio de las esperas inútiles. En torno de ellas, las sombras crepusculares y los arcos denotan una soledad inquietante. Son una expresión del círculo mítico al que se refiere Nietzsche: el de una existencia “sin significado ni objetivo, pero volviendo inevitablemente sin fin a la nada: el eterno retorno”. Chirico dijo que había aprendido de Nietzsche y de Schopenhauer el sinsentido de la vida y la manera de representarlo en su pintura.

Chirico pasea su soledad por las calles y las plazas. En ellas ha desaparecido la masa pululante y solo vemos una absurda estatua clásica bañada por la luz otoñal de las tardes. En ocasiones aparece alguna figura humana fugaz acompañada de su larga sombra. En los edificios a veces hay un reloj que nos recuerda que el tiempo pasa sin que nada cambie. En las plazas aparecen cosas absurdas, como unas palmeras, una chimenea, un racimo de plátanos o una torre. Lo que predomina, sin embargo, es la sensación de la ciudad como un espacio desierto y estéril. Se contempla aquí la melancolía de las urbes modernas. Siempre hay en las ciudades que pinta Chirico unos arcos que parecen las cuencas vacías de unos ojos muertos o los bostezos dolientes de una ciudad que ha perdido todo sentido. A Walter Benjamin estas imágenes le recordaban las galerías arcadas de Milán y de Nápoles, que fueron el modelo de los pasajes comerciales parisinos que tanto le fascinaron. Sin embargo, en las pinturas metafísicas de Chirico las arcadas están siempre abandonadas. En ellas no hay nada. ~