McSweeney's: una postura moral | Letras Libres
artículo no publicado

McSweeney's: una postura moral

En casa, en mi habitación, un grupo de libros descansa sobre mi librero en un lugar privilegiado. Cada vez que lo veo siento que las cosas van a mejorar en la literatura, que con su ejemplo –y quizá aquí comienzo a sonar como párroco– las personas dejarán de tener rencillas internas, dejarán de existir los grupos de poder y todos serán como hermanos. Hermanos que se quieren. Esto es lo que siento ante mis libros de la editorial McSweeney's. Ya lo decía A.O. Scott en su ensayo Among the Believers: gran parte del atractivo de esta editorial, conformada por un grupo de muchachos bienintencionados, también es su mayor defecto. Sí, tienen entusiasmo, un humor sano y parecen invertir furia y dedicación a lo que les interesa. Pero a la vez, esto los hace ver ingenuos y románticos.

Y podríamos desconfiar, fácilmente. ¿Cómo no hacerlo cuando estamos ante un proyecto editorial que tiene éxito y que posee recursos y, peor aún, que viene de Estados Unidos? McSweeney's: esa editorial que publica el McSweeney's Quarterly Concern, una revista de creación literaria cuyo formato cambia con cada número (podrán encontrarla como un simple libro, como un manojo de papeles en una caja de puros, como panfletos amarrados por ligas, podrá venir acompañada de un peine, incluso); que publica también The Believer, una revista de crítica, y hace libros, bellos libros –el tipo de libros que a uno le gusta contemplar y sobar y que reciben premios de diseño y que son exhibidos en museos (en el Smithsonian y el museo de Pasadena). Entre sus colaboradores más cercanos están Robert Coover, Denis Johnson, Gabe Hudson, William T. Vollman, Joyce Carol Oates y Jonathan Lethem.

Dos anécdotas que muestran el espíritu de la empresa. Ambas protagonizadas por Dave Eggers, quien fundó la editorial en 1998. La primera está recogida en el apéndice de su memoria Una historia conmovedora, asombrosa y genial (Planeta, 2001). Cuando trabajaba en Might, la revista que sería parte del movimiento cultural de San Francisco a finales de los noventa, Eggers decidió que sería buena idea deshacerse de todos los originales de las caricaturas que había hecho para el SF Weekly, en el que inició con su tira cómica Swell, luego Smarter Feller. Así, anunció en su revista que si alguien veía su auto estacionado en la calle, entonces un BMW de 1972, de varios colores, sintiera, por favor, la libertad de acercarse, abrir la cajuela, y tomara el original de la caricatura de su preferencia. A cambio sólo pedía una firma en una lista y el nombre de la caricatura escogida. ¿Imaginan la confianza que debe tener alguien en las personas para permitir esto? ¿Las ganas de estar cerca de los demás, de ser parte de una comunidad, la gratitud?

La otra anécdota tiene lugar en el tour del libro The Neal Pollack Anthology of American Literature, uno de los primeros del catálogo McSweeney's. Un buen día Pollack tuvo a bien hablar pestes de una revista rival. Quizá no pestes, está bien, sino algunos comentarios chistosillos, con sarcasmo y filo. Y quizá no rival, sino, sencillamente, otra revista. Esto le arrancó algunas carcajadas al público. Pero más tarde Eggers se acercó a Pollack y le dijo algo así como: “Hombre, no podemos hacer ese tipo de cosas”. Pollack y Eggers se separaron amigablemente. ¿Qué tipo de cosas? Primero, por supuesto, hablar mal de los demás. Después, sin duda, apoyarse en el sarcasmo. Porque el sarcasmo, han de saber, es cosa mala. Y digo esto sin ironía, realmente creo en ello. No hace falta humillar al otro para hacerle entrar en razón. No es necesario desnudarlo con comentarios hirientes para que se vea a sí mismo.

Es una fuerte tentación, hablar mal de los demás. El odio, ya lo decía Robert Walser, no puede ser el motor de la literatura. ¿Cuál es el riesgo de confiar en los demás? ¿Ser tan cursis como un poeta decimonónico? Debemos, sospecho, ser buenos y sentir entusiasmo por las cosas que hacemos. Esto es lo que siento cuando veo mis libros de McSweeney's en el librero: puros como palomas, astutos como culebras.

- Guillermo Núñez Jáuregui