Matilde ya no tiene prisa | Letras Libres
artículo no publicado

Matilde ya no tiene prisa

No hay gobierno en el mundo que no quisiera hacer suya la frase de Bertolt Brecht en "La solución": "¿No sería/ más simple en ese caso que el gobierno/ disolviera al pueblo y/ eligiera otro?" Salvo el exterminio —que el siglo XX ejerció a través del totalitarismo ideológico y del colectivismo agrario y su hija, la hambruna—, sólo existe una forma de practicar la brechtiana humorada: la emigración. Gracias a ella, el subdesarrollo disuelve a millones de seres con los que no sabe qué hacer y ellos disuelven a su vez la composición de los pueblos anfitriones. Ni los países que exportan personas ni aquellos que las "acogen" (quise decir "acogotan") son los mismos que eran, ni serán mañana los mismos que hoy. Incesante mutación que nada detiene.
     Paradoja globalizada: celebramos a rabiar el libre tránsito de capitales, bienes y servicios, y vituperamos el de personas. Libertad para cosas reales y virtuales, cautiverio para humanos. En la Europa plural, en la España de fenicios, celtas, iberos, romanos, visigodos, moros y judíos, como en otras partes, al inmigrante se le "combate": ha adquirido el prestigio de un corsario sajón, una peste medieval o la herejía cátara.
     "Yo, Matilde, tenía quince años, que en la miseria es como tener treinta. Vivía en Ecuador, donde mi mamá se mataba trabajando como sirvienta para mantenernos a mí y mis seis hermanos (uno había muerto de pulmonía). En el colegio, me tenían que prestar las cosas. En mi casa, un cuarto de adobe, lo único que había era un televisor del año de la pera, donde aprendía todo lo que sabía. Un día mi mamá se fue a trabajar al extranjero. Yo no entendía por qué se había ido tan lejos. Éramos menores, mis hermanos muy pequeños. Sufría pensando por qué el futuro estaba empeñado en separarnos. Y sufría pensando que ella debía estar sufriendo por eso. Me puse a trabajar cuidando niños. Gracias a una amiga de una amiga, entré a trabajar con una familia importante que vivía en el extranjero y pasaba vacaciones en Guayaquil. Cuando iban, yo cuidaba a sus niños y limpiaba su casa. Le escribía a mi mamá, diciéndole: no me importa no estudiar, voy a trabajar para que cuando sea grande te pueda comprar lo que hace falta. Pero lo que ganaba no me alcanzaba para nada. Mis hermanos se enfermaban y no tenía para curarlos, mi ropa me quedaba chica y no tenía para reemplazarla, muchas veces no comíamos en la noche para poder comer en la mañana. Con tantos hermanos, lo que mandaba mi mamá era como una miga de pan en un estanque de patos. Cuando cumplí diecisiete años, me sentí mal de no haber entendido que mi mamá abandonara su hogar. Y entendí que si yo no salía también, el futuro era un pozo sin noria. Los chicos decían que yo era una morena muy guapa, me piropeaban en la calle, a veces me faltaban al respeto, en el bus me manoseaban. Pero yo sólo quería irme. No tenía un rinconcito para otra ilusión. Hasta que un día un familiar de mi patrona me propuso irme a Suiza. Me pagaría quinientos dólares, una fortuna en mi país; trabajaría seis días por semana, sin feriados, fregando, lavando, planchando, cocinando, cuidando a los niños. Me dieron unos días para pensarlo. Dije que sí con mucho miedo, porque mi familia no sabía nada. Me tramitaron una visa como empleada doméstica, que demoró. Pero yo tenía dieciocho años recién cumplidos y muchas ilusiones de irme, aunque tuviera que lamer el piso. Cuando llegó mi visa, me pasé la noche de rodillas agradeciéndole a Dios. Sólo le conté a una tía. A mi mamá se lo dije por teléfono el día del viaje. Se puso a llorar. Pensé en cuánto ella pensaba que yo sufriría. Yo también estaba triste. ¿Volvería a ver a mi familia, mis amigos? Miré desde la escalinata mi ciudad por última vez. Tú tienes la culpa, le dije, amarga."
     Aunque la reacción actual de Europa sugiere lo contrario, la inmigración no es repentina. Entre la posguerra y los años setenta, fue masiva y constante. No se trató, como entre 1880 y 1924, de un éxodo hacia las Américas, aunque también lo fue en ese sentido, sino de un deslizamiento multitudinario de una esquina a otra de la propia Europa. España exportó cantidades industriales de emigrantes hacia Alemania y Francia, además de allende el océano. En los setenta, por la crisis del petróleo, la inmigración se detuvo. Se habló de un síntoma de crisis definitiva en el mundo. Los inmigrantes no se hicieron rogar y en los ochenta volvieron con fuerza de Mäelstrom. En los noventa, alcanzaron su apogeo: la hecatombe del muro de Berlín añadió a los inmigrantes africanos y latinoamericanos de los ochenta una nueva, colosal migración: la de los liberados. El mundo eslavo se descolgó sobre las Europas latina, germánica y sajona. Llegaron a Europa, desde las distintas orillas, un millón setecientos mil inmigrantes por año, cifra superior en medio millón de personas a la registrada en los Estados Unidos.
     Las consecuencias: fractura social, desconfianzas y rencores culturales, violencia. La diástole de la Europa que abría sus fronteras interiores ha sido la sístole de la Europa amurallada contra el África, América y los eslavos. Se han fortalecido, en Francia, Holanda, Austria, Bélgica y países escandinavos, movimientos políticos de signo xenófobo. En Alemania hay al menos nueve mil homínidos fichados como "neonazis". En España, donde el fenómeno era menor, hay ya brotes de racismo organizado y alarma entre la gente del común. Pero allí siguen los inmigrantes, tan visibles que han transformado viejos símbolos de la capital española, como el Retiro, en "municipios" transplantados de sus lugares de origen. Allí mismo, cada domingo, el rincón de los dominicanos, el de los peruanos y el de los ecuatorianos exhalan vapores que al transeúnte desprevenido hacen perder toda noción del entorno real. No existe el rincón de los africanos porque están por todos lados, generalmente en las vías de acceso al exterior del parque. Y los colombianos prefieren reunirse frente al Hospital Doce de Octubre. Todos bailan, juegan, conversan, negocian, suspiran, riñen, rivalizan y refunfuñan como si se pusieran de acuerdo, por unas horas a la semana, en suspender el tiempo y difuminar las geografías, experiencia con una pizca de mística. La delimitación semanal de un espacio físico, y la urgencia de colmarlo con una fiesta de la sensualidad, desde el olor de la comida hasta el ritmo de la música, representa, en estos tiempos hostiles, una afirmación frente a la adversidad. Es la tarjeta de residencia al revés: un trasplante de ciudad.
     La recesión, a comienzos del nuevo milenio, acabó por descargar las culpas de la ansiedad social y política en la inmigración. Ella encabeza hoy la lista de angustias europeas, por primera vez en la vida comunitaria. Desde el Tratado de Roma, que creó en 1951 la Comunidad del Acero y el Carbón, hasta el Tratado de Maastricht, que desovó en 1992 la Unión Europea, la inmigración no figuró. A partir del Tratado de Niza del año pasado, donde se prefigura el nuevo reparto de poder para la futura ampliación a los países del Este europeo, la inmigración es la madre de todos los temas. Porque la ampliación a doce o trece miembros más es una forma de legalizar a millones de "sin papeles", que por un corrimiento de fronteras caerán de este lado.
     "Me bajé en todas las escalas, asustada de perderme. Llegué a Ginebra de noche, me recogió la patrona. Los niños se alegraron. Tenían dos años uno, y el otro un año y seis meses. Al principio, bien. Pero me habían ofrecido estudiar suizo-francés, y veía que pasaba el tiempo y nada. Las cosas se empezaron a complicar porque me tocaba hacer más y más trabajo, hasta las dos de la madrugada casi todos los días, y a las siete tenía que estar vestida para llevar a los chicos al colegio, y los domingos, mi día de salida, debía entrar temprano. La señora gritaba histérica por todas partes, los niños se daban cuenta de que yo estaba descontenta y me hacían preguntas. Yo pensaba qué duro sería para mi mamá. ¿Le pasaría a ella lo mismo? ¿La tratarían así sólo porque sabían que una necesitaba desesperadamente el trabajo? Las empleadas ecuatorianas de una amiga de la señora eran mi única relación. Yo rezaba todas las noches. Tenía dieciocho años y me estaba amargando como una vieja. Como soy miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, un día me puse a buscar la iglesia: la encontré camino al aeropuerto. Ahí pude ver gente de mi edad y muchas personas que caminaban con miedo por la calle. Miraban en cada esquina, por si había policías."
     En los próximos cinco años, la Unión Europea abarcará un tercio más de población y territorio, pero la economía (el pib) aumentará en principio no más de 5%. Este desfase hace temblar a los gobiernos europeos, y lo pagan, con la persecución y el cierrapuertas, africanos y latinoamericanos. La alarma social, a su turno, señala al inmigrante como un competidor desleal y un virus que infecta la convivencia en los países ricos.
     El endurecimiento coincide con un aumento torrencial de la inmigración. Para medirlo en España, sólo hay que otear el Estrecho de Gibraltar. En el 2000, los guardacostas detuvieron a quince mil africanos, magrebíes y subsaharianos, el triple que el año anterior. La tercera parte de estos racimos humanos desbordando las pateras son mujeres, buena parte embarazadas. Glaciales, sin pálpito humano, las cifras esconden un dato clave: el número de personas que no llegaron a ser interceptadas, porque lograron burlar la vigilancia o no vivieron para contarlo. Los que no llegan en pateras, lo hacen en los bajos o en los remolques de los camiones que cruzan a España en los transbordadores. En ese caso, su destino no es Andalucía sino el centro y norte de la península. Entre los interceptados, no todos son expulsados de inmediato: los menores de edad tienen derecho, por ley, a permanecer en centros de acogida, cuyo costo, mil millones de pesetas en Andalucía, motiva iras políticas.
     Para medir si se trata de menores, se les toma radiografías en la muñeca, que determinan si el crecimiento del hueso prosigue o se ha detenido. Casi la mitad de los menores que logran evitar la expulsión por su edad se fugan en algún momento, disolviéndose en la multitud. No pocos de ellos han sido traídos por las mafias que operan en Tánger, de modo que su destino son los circuitos de la delincuencia, lo que contribuye —como los carteristas peruanos de la carretera a Barcelona o las prostitutas dominicanas— a identificar inmigrante con malhechor. En sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas, la mitad de los encuestados opina que los españoles actúan con desconfianza frente al inmigrante y uno de cada cuatro no quisiera que un hijo o una hija se case con alguno. La tercera parte de los jóvenes españoles afirma que serán a la larga perjudiciales para la raza.
     "En la iglesia me reunía con un grupo de jovencitas del Brasil, Bolivia, Perú y hasta Portugal. Todos hablaban de los problemas de ser ilegales. Muchas veces vi cómo los detenían, algunos eran amigos míos, delante de todo el mundo los esposaban como si fueran asesinos. La gente vivía escondiéndose. No podían ir a divertirse porque si entrabas a una discoteca o un bar, igual entraban a esposarte. Yo, por mi parte, estaba desesperada, harta de gritos, insultos, maltratos, de trabajar como esclava hasta las dos de la mañana. Con los niños yo me disfrazaba de Mini, los llevaba a comprar chocolates y al lago, eran los ratos de alivio. Estaba frustrada porque no había podido estudiar, como me habían prometido. Por unos días me convertí en payaso. Las amigas de la señora me habían visto disfrazarme de Mini y querían que fuera disfrazada de gata a los cumpleaños de sus hijas. Me daban cincuenta francos, y como yo necesitaba la plata, iba de gata de casa en casa. Lloraba solita en mi cama en las noches, recordando las humillaciones del día. Hasta que una noche me enteré de que en Guayaquil uno de mis hermanitos había estado a punto de morir por una deshidratación y había quedado medio incapacitado. Me lo habían ocultado. La ira me dio fuerza y me reuní con dos amigas ecuatorianas que no tenían papeles. 'Ya no doy más', les dije, 'no sé qué hacer'. Me dijeron: 'Vete de ahí, escápate'. Yo les dije que la señora me quitaría los papeles (además, eran sólo por un año) y sería peor porque me meterían presa para expulsarme. Una de ellas me dijo: 'No tiene que ser así. Hay una solución. Nosotras no hemos podido todavía reunir la plata pero si tú lo consigues puedes tener papeles de España y largarte para allá.' Yo no les creí. Conocía a varias chicas que habían tratado de entrar a España, a todas las habían agarrado y a una la habían golpeado en la comisaría y le habían manoseado sus partes. 'No, eso es porque no tenían papeles, pero te estoy hablando de entrar con papeles', me respondió mi amiga. Me hizo jurar dentro de la iglesia que jamás se lo contaría a nadie. No quise hacer más preguntas, pero me di cuenta de que había algo raro porque me dijo: 'Somos como Dios, te podemos cambiar el destino'. Yo había sido una reverenda idiota todo este tiempo, pensé, no dándome cuenta de lo que hacían ellas."
     Sobre el papel, no hay un "problema" migratorio. Sólo el 2% de la población mundial vive fuera de su país de origen. En la Unión Europea, no más del 5.3% son nacidos fuera de ella, un punto menos que en los Estados Unidos. En España, no llegan al 3%. Pero las sociedades y los gobiernos están tocados de los nervios. Los ha desbordado no su número, sino su fantasma. El miedo pone en boca de ellos argumentos sin pies ni cabeza, pues los inmigrantes no quitan empleo porque ocupan muchos puestos que desdeñan los nativos y porque ensanchan el mercado, como productores y consumidores. Tampoco son la causa esencial de violencia o inseguridad. Pero el fantasma se ha apoderado de la psicología social, ahora política, de Europa. Casi un tercio de los europeos, según Eurobarómetro, se consideran "muy" o "más bien" racistas.

     Los gobiernos combaten el fantasma "regularizando" (neologismo temible) a los que pueden, expulsando a los que encuentran y cerrando el paso a los aspirantes. Los inmigrantes responden gambeteando por toda la cancha, hasta llegar a la portería. Un millón de clandestinos en Alemania, medio millón en Francia, trescientos mil en España, 235 mil en Italia y los mismos en el Reino Unido, así lo atestiguan. Algo menos de un millón siguen entrando cada año. No se ha inventado todavía un catenaccio italiano para detener a estos Pelés.
     En España, la psicosis engendró la Ley de Extranjería, aprobada en enero del 2001. Junto con la zanahoria —la "regularización" de más de trescientos mil "sin papeles"— vino el palo: todos los que quedaban fuera de la legalidad serían detenidos y expulsados en el acto. Antes de la ley, los indocumentados podían recibir una notificación invitándolos a partir, inversión carpetovetónica y oficial del colonial "obedezco pero no cumplo". A partir de la ley, la notificación mudó en redada y patada en el trasero. La reacción fue violenta: la izquierda (alguna) tomó las calles, grupos de dirigentes magrebíes y latinoamericanos organizaron actos de protesta, hubo inmigrantes, especialmente en Cataluña, Murcia y Valencia, que ocuparon locales públicos y protagonizaron encierros. Meses después, bajo tanta presión, el gobierno "regularizó" a otra camada de inmigrantes; algunos más fueron expulsados. Pero la ley era ponerle puertas al campo: ese mismo 2001 el número de inmigrantes registró un aumento de 23% en comparación con el año anterior, que no se explica por las "regularizaciones". Marroquíes y ecuatorianos encabezan la lista de nacionalidades, seguidos de chinos y colombianos. La cuota oficial de inmigrantes anuales con que el gobierno pretende cubrir la necesidad de mano de obra en la agricultura del sur del país (y la escasa propensión a perpetuar la especie que por lo visto tienen las españolas) parece una ironía frente al incesante chorro: once mil inmigrantes permanentes y 21 mil temporales.
     "En las noches me aferraba a un peluche al que llamaba cariñosamente 'locumbeta'. Me moría de miedo de pasar a la clandestinidad. Si regresaba a mi país, volvería a la miseria, sin luz, con agua fría y ropa vieja, habiendo fracasado. Si me quedaba, podía acabar presa. Cuando le conté que me iba, la señora me amenazó con llevarme a la policía porque no quería que la responsabilizaran a ella. Me terminó diciendo que me mandaba de regreso a mi país. Les pedí a mis amigas que me metieran a España como fuera. Llamaron por teléfono a su 'contacto', una abogada colombiana con nacionalidad española que había convalidado sus estudios de Derecho en España. Me quería cobrar dos mil dólares por sacarme papeles españoles. Me haría un contrato falso de trabajo como empleada doméstica con un empleador español que aceptaba firmar a cambio de mil dólares. Yo nunca vería a esa persona. Sería mi 'garante fantasma', me dijo la abogada. Ella vendría a Ginebra para entregarme mi contrato y de paso entregarles sus contratos a varias chicas más para la firma. Cuando vino, se hospedó en casa de una de la chicas que era su 'contacto' en Ginebra y me citó en un parque, todo muy misterioso, de noche. Por fin se acercó una mujer bajita y me dijo: 'Yo soy Andrea'. Me entregó una solicitud de trabajo y residencia. La firmé y se la devolví. El permiso tardaría de tres a seis meses en salir y tendría que viajar a Ecuador para recogerlo en el consulado español. Sólo debía viajar a Ecuador cuando ya mi nombre había salido. 'No temas', me dijo, 'hacemos decenas de estos cada mes'. Pero tenía un problema: si me iba de la casa de la señora, tendría que regresarme a mi país. Hice un plan. La señora me compró el pasaje a Ecuador, con escala en España. Como la señora me había sacado antes una visa de turista, con una entrada, para Francia y no la había usado, podía ingresar a España, gracias a lo de Schengen. Me embarqué supuestamente a Ecuador. Pero en la escala de Madrid me quedé. Yo no conocía España, me habían contado mis amigas historias horribles de lo que les pasaba a las que trabajaban 'a lo negro'. Por eso, había organizado con mis amigas de Ginebra que una vez que me bajara del avión en Madrid me tomaría un bus de regreso a Ginebra. Así entraría sin que la señora lo supiera y estaría protegida por la 'red' hasta que saliera mi permiso en Ecuador. Pero ¿cómo entrar a Ginebra? Fui en bus hasta Francia, pasando Chamonix. Hasta ahí no había problema, porque todo estaba dentro de Schengen. Cruzar de Francia a Ginebra era mi primer problema. El segundo: aguantar 'a lo negro' en Ginebra varios meses hasta que saliera el permiso."
     Son los inmigrantes los que impiden que haya en España más muertes que nacimientos cada año. Desde hace cuatro la natalidad de los inmigrantes —cerca de veinte mil bebés anuales de vientres magrebíes y latinoamericanos— sostiene un equilibrio. Pero la baja tasa de fertilidad de las españolas (baten el récord mundial con 1.2 hijos por mujer) y el aumento de la expectativa de vida presionan sobre las sacrosantas —y políticamente combustibles— pensiones. Según las Naciones Unidas, son necesarios 44 millones de inmigrantes de aquí al 2050 para mantenerlas, y para sostener un crecimiento moderado de la economía.
     España encanece. De aquí al 2005, la población en edad de trabajar se reducirá en cinco millones de personas y los que tienen más de 65 años pasarán de representar el 17% a representar el 22%. ¿Cómo sostener, mientras subsiste un sistema de reparto en lugar de un sistema de capitalización, semejante desfase? Y cuando los jóvenes de hoy lleven bastón y no haya suficientes trabajadores cotizando a la Seguridad Social, ¿quién solventará la fantasía contable del sistema de reparto? La ampliación al Este supondrá unos tres millones de inmigrantes, que permitirán, en lo inmediato, el aumento de las cotizaciones. Pero, en la medida en que envejezcan y la tasa de fertilidad siga siendo baja, ¿quién reemplazará a los inmigrantes del Este si las puertas están cerradas para africanos y latinoamericanos? Paradojas del Estado del Bienestar y la Europa-fortaleza, aleación imposible, que ningún gobierno comprende.
     Un efecto inmediato nutrirá la desconfianza hacia el extranjero: al aumentar la proporción de trabajo en relación con el capital debido a la llegada de los inmigrantes del Este, los salarios tenderán a reducirse y aumentará el tipo de interés real.
     "La frontera entre Francia y Ginebra es bastante abierta. Pero te revisan, te miran fijo a la cara y si te pones nerviosa, te caen encima. Aguanté la respiración y pasé por un caminito que me habían indicado mis amigas cantando 'La cucaracha'. Oí que detrás mío llamaban a alguien. Seguí caminando sin voltear y al otro lado estaba una de mis amigas esperando. Nunca he sentido tanto alivio en mi vida. Ahí empezó mi aventura de 'negra' en Ginebra. Cada semana llamaba a Ecuador y preguntaba por mis papeles. Mientras tanto trabajaba lavando pisos y baños, y cuidando niños por horas, y dormía con mis amigas, a veces en el suelo de la iglesia. Ver un policía me daba escalofríos. Me despertaba sudando a las cuatro y cinco de la mañana y creía que el armario era un policía. Si se me acercaba un chico para enamorarme, me corría. Tenía pánico de encontrarme con la señora de mi antiguo trabajo en la calle. El permiso demoró un año. Cuando ya creía que la abogada me había engañado, me avisó un familiar que mi nombre había salido en el consulado. No lo podía creer. Lloré una semana entera. Imaginé cómo sería ese 'garante fantasma' que me había salvado a cambio de mil dólares y de arriesgarse a la cárcel. Tenía que volver a Madrid a tomar el avión porque no podía comprar otro pasaje, sólo tenía mi antiguo tramo Madrid-Guayaquil. Para cruzar de Ginebra a Francia hice lo mismo que al entrar (la clave era ir caminando mientras los policías veían los autos), sólo que mi amiga pasó mis maletas en un auto que le prestaron para que si me detectaban no me vieran con nada. En Francia tomé el bus hasta Madrid y ahí el avión a Ecuador. En mi país, después de firmar, tuve que esperar tres meses a que saliera el papel. Me puse triste cuando mi mejor amiga desapareció sin que se supiera más de ella. Por fin tomé el avión a Madrid con plata prestada. Al pasar inmigración, temblaba de miedo. Pensé que la 'abogada' de la 'red' podía ser policía, o que tal vez había caído. Cuando el policía dijo: 'Pase usted', las piernas me fallaron, tuve que arrodillarme para no caerme."
     Los únicos que han entendido las virtudes de la pluralidad cultural parecen ser los niños. Deberíamos prestar más atención. En los últimos años, los padres de familia españoles han reaccionado con espanto ante la presencia de hijos de inmigrantes en las escuelas públicas. Tampoco es que haya demasiados: unos 150 mil, apenas el 1.4% del total, aunque la mitad se concentran en Madrid y Cataluña. Pero los notan mucho. El símbolo más elocuente del choque cultural ha sido el yahib o pañuelo en la cabeza de las chicas musulmanas, que ha desatado iras lo mismo entre padres que entre ministros de Estado. Pues bien: en Vic, en Barcelona, una localidad que en los ochenta atrajo una cuantiosa inmigración magrebí, las autoridades locales, en diálogo con la comunidad, usaron la inteligencia para integrar a los muchachos. En un momento dado, había dos colegios en el centro plagados de inmigrantes y dos en la periferia, hacia los cuales habían escapado los hijos de españoles. De acuerdo con padres y notables, las autoridades locales fusionaron los cuatro colegios, repartiendo con equidad a los inmigrantes entre los dos colegios resultantes. Ahora uno de cada cinco niños en las dos escuelas son inmigrantes. El experimento —que incluye clases diferenciadas según el nivel académico en cursos de idioma— ha funcionado. Los padres han empezado a aceptar la convivencia con el otro, y sus hijos, a esa edad muy desprejuiciados, se confunden sin remilgos con sus pares magrebíes o latinoamericanos. Ese enclave catalán es el único melting pot que ofrece España al siglo XXI.
     O casi. Porque algo similar ocurre en el Instituto de Enseñanza Secundaria Murgi de El Ejido, en Almería, una zona donde los cultivos bajo plástico han atraído inmigrantes por miles. De los 850 alumnos, unos setenta son inmigrantes, la mayor parte marroquíes, seguidos por chinos, colombianos y argentinos. Cuando la presencia de inmigrantes impactó a las escuelas de Almería, entre ellas Murgi, las autoridades locales y los padres adoptaron una iniciativa que ha dado a luz genuina integración. Por lo pronto, se establecieron en Almería las Aulas Temporales de Adaptación Lingüística, rechinante etiqueta bajo la que treinta profesores visitan los colegios con inmigrantes para brindar ayuda con el idioma. Al mismo tiempo, unos "mediadores culturales" —otra etiqueta que destempla los dientes— hacen de enlaces entre los centros y las familias de los inmigrantes. Gracias a este sistema de vasos comunicantes, la escuela se ha vuelto una doble vía de integración: acerca y entremezcla a chicos españoles y extranjeros, pero también a los mayores de ambas partes. La escuela es el eje de la integración adulta. Y la clave de ésta es psicológica: vencer el miedo.
     Estos ejemplos son botones de muestra, desde luego. Cuando hace un año los padres de los chicos que acudían al colegio Juan Morejón de Ceuta se negaron a enviar a sus hijos a clase en protesta por la presencia de treinta marroquíes, expresaban ese miedo cerval al otro que va creciendo en España y Europa, y ha fabricado el fantasma. Si ante él sucumben gobiernos y adultos, los niños resultan menos crédulos.
     "En España, nadie de los 'contactos' me dio señales. La relación terminaba con mis papeles en regla. Nunca más volvería a saber de ellos. Pasé muchas semanas sin encontrar nada, hasta que me tomaron en un restaurante como camarera. Un restaurante gracioso por la Puerta de Alcalá, decorado como la casa de una muñeca. Nunca había trabajado de camarera: tienes que ser rápida y aguantar chistes de clientes borrachos. Hasta que te entregan tu tarjeta de permiso laboral, después de presentarte en la comisaría de Los Madrazos, pasan tres meses, se supone. En verdad, pasa casi un año y ese año trabajas medio legal, medio ilegal. Pero los restaurantes se atreven a contratarte si tienes el resguardo porque ya es seguro que te van a dar más adelante la tarjeta. El día que te llega la carta para recoger la tarjeta, se te aparece la virgen.
     Ha pasado un tiempo. Las cosas han sido difíciles, sólo gano cien mil pesetas y trabajo todo el día, no me pagan vacaciones ni me dan paga extra por Navidad. He tenido que dormir un tiempo en un hostal muy barato donde viven dos prostitutas y unos tipos venden droga, pero me he mudado a un cuarto mejor, con candado. Me acabo de enamorar de un catalán, que me ha pedido ir a vivir con él a Cataluña. Voy por mi segunda tarjeta de trabajo porque la primera, por un año, ya se venció. El chico quiere casarse conmigo, me ruega: 'Matilde, me corto las venas si no te casas conmigo'. Me sentí en un momento tentada por los papeles. Pero sé que mi segunda tarjeta, que deben darme de un momento a otro, es por más tiempo que la primera y después puedo pedir la nacionalidad. Le he dicho que me lo voy a pensar. Ya no tengo prisa." ~