Matar a la pintura | Letras Libres
artículo no publicado

Matar a la pintura

Nada es más conservador que el género apocalíptico
 
— Jacques DerridaSemanas atrás leíamos en un importante diario nacional las acusaciones del pintor Arturo Rivera al titular del Instituto Nacional de Bellas Artes de estar confabulado con Osvaldo Sánchez, director del Museo Rufino Tamayo, para "matar a la pintura" (debido a su inmenso convencimiento de que "las artes alternativas son el futuro del arte"). La prueba de tal atrocidad: el desinterés mostrado por Toscano en llevar a cabo la presentación del catálogo de la exposición del pintor, El rostro de los vivos (presentada el año pasado en el Museo del Palacio de Bellas Artes).
     Un crítico escribía hace poco que el problema de la pertinencia de la pintura se ha abordado a últimas fechas hasta el ridículo. En efecto, mucho se ha hablado sobre ese asunto (y no sólo a últimas fechas: me temo que venimos discutiendo la relevancia de la pintura desde el siglo XIX). La cuestión ahora no es si se debería seguir pintando o no (por lo pronto, nos podemos imaginar lo que piensan los pintores y, a fin de cuentas, qué más debería importar). Detrás del pobre argumento y más pobres evidencias presentados por Rivera parece encontrarse una legítima preocupación: a saber, que los museos cerrarían sus puertas a lo pictórico. Eso claramente no está ocurriendo (y tampoco parece que sea lo que va a ocurrir a continuación), pero no podemos negar la posibilidad de tal escenario (aun ante la inimaginabilidad del futuro del arte), sobre todo si no queremos llegar a ese escenario. Lo único que puede verse por el momento es que la pintura ha dejado de tener una posición privilegiada en el mundo del arte (lo cual resultó sumamente favorable al proceso liberador del ejercicio artístico desatado hace más de cuarenta años). Nadie sabe a dónde va el arte contemporáneo ni si va a detenerse en algún lugar. La pregunta entonces debería ser más simple: ¿queremos seguir pintando? Arturo Rivera propone un debate abierto entre pintores y artistas "alternativos" para esclarecer el asunto. Más allá de que para los artistas "alternativos" matar (o no) a la pintura es, en palabras de Cuauhtémoc Medina, "tan poco excitante como planear el magnicidio de los muy austriacos herederos de Moctezuma", lo cierto es que lo que se decida en una mesa redonda poco puede afectar a la que Arthur Danto definió como una Babel de conversaciones artísticas que rara vez convergen. Si tiene que haber un debate que sea el de los pintores con la pintura: sólo ahí se puede saber si la pintura se está debilitando (al menos, en lo que toca intrínsecamente a tal debilitamiento) y, de ser así, si podrá transformarse y redefinirse una vez más.
     Para algunos lo que se discute hoy es si un funcionario contesta o no el teléfono, lo cual es parte de la arena política y podría tener sus consecuencias (algunas graves, tal vez, como empezar a percibir signos reales de una "intencionada" marginación de la invención pictórica). Pero, otra vez, vayamos más a fondo. Sin duda, el vislumbramiento de la pintura como algo insuficiente es una clave para entender el momento actual. Los museos no han cerrado las puertas a lo pictórico, pero sí han revisado el lugar (exclusivo) que antes le otorgaban. En algunos casos, la revisión puede parecer dramática, aunque se trate, en realidad, del hecho de que ha dejado de ser un imperativo exponer pintura (y pintar). Esto poco tiene que ver con la nueva política cultural (cuando, de hecho, no parece que exista una clara política sobre artes visuales en este gobierno). Se remonta mucho más allá de las preferencias del ex director del Museo Carrillo Gil (quizá demasiado evidentes) o de las recientes declaraciones de Medina acerca de que la pintura configura un género residual, si no es que abiertamente conservador. En eso no hay discusión posible: la pintura tiene pasado. ¿Y qué? El arte (cualquier arte) tiene pasado. Pero que Rivera siga pintando, que Lezama y Rojo y González Veites y tantos otros buenos pintores sigan pintando, nos dice algo. La pluralidad de vertientes artísticas no ha hecho sino enriquecer el panorama. No son los materiales y las técnicas los que van a determinar la relevancia de tal o cual práctica artística (nunca lo han hecho). Pintura, escultura, instalación, video, multimedia, nuevas tecnologías... Como dijo alguna vez Clement Greenberg: "lo que cuenta, en primer y último lugar, es si el arte es bueno o malo. Todo lo demás es secundario". -