Martín Chambi: La codiciosa mirada | Letras Libres
artículo no publicado

Martín Chambi: La codiciosa mirada

Hay algo particular en la luz de las fotografías del peruano Martín Chambi (Coaza 1891-Cuzco 1973). Sobre todo en aquellas realizadas en interiores. Hay en ellas una luz blanca que linda con lo sobrenatural y un negro, negrísimo, que refleja a la perfección esa estudiada elegancia de algunos de sus orgullosos modelos. Estoy pensando, sin lugar a duda, en la novia y las jóvenes damas de honor de Boda de don Julio Gadea, prefecto de Cuzco (1930) o en ese perturbador Niño con sombrero (1928) que, apoyado en un taburete del famoso estudio de la calle Márquez 69, nos mira como años después, muchos años después, nos mirarían algunos de los modelos de la también perturbadora Diane Arbus. Y entre ese blanco y ese negro hay todo un abanico de sombras y grises que el propio Chambi se encargaba de retocar cuando lo consideraba necesario, cuando creía que así, con la espátula, la cuchilla o el aerógrafo podía acrecentar el impacto o la belleza de la imagen.

Para comprobarlo, basta asomarse a la estupenda retrospectiva que la Fundación Telefónica (Gran Vía 28, Madrid) le dedica al fotógrafo peruano. Por supuesto, en esta amplia exposición no nos encontramos sólo con esas fascinantes piezas de estudio. Chambi no era únicamente un retratista dotado, sino que además había en él un prurito por lo documental, por el testimonio a pie de campo que lo llevó a cargar con su cámara estática a lomos de mula por el complicado y árido paisaje andino.

“Me siento como un representante de la raza, ella habla en mis fotografías”, dejó dicho en una de sus citas más recordadas, y procuró ser fiel a su aseveración. Más allá de los retratos y sus inquietantes juegos de luces, de su trabajo por encargo en estudio o al aire libre, Chambi utilizó su cámara para dejar constancia de un mundo –el Perú andino, indígena y rural– al que pertenecía con orgullo y que se esforzaba por incluir incluso cuando la norma dictaba lo contrario. En ocasiones, cuando los ricos hacendados cuzqueños le contrataban para fotografiarlos con el lujo de sus propiedades de fondo, Chambi se las arreglaba para incluir, aunque fuera muy en segundo plano, a algún indio, normalmente un sirviente, que pasaba por ahí.

Por suerte, no era ese valioso espíritu reivindicativo lo único que impulsaba su trabajo. La mirada de Chambi, y he ahí uno de sus grandes méritos, no hace distingos en su curiosidad. Su “codiciosa mirada”, en expresión de Vargas Llosa, parece abarcarlo todo: la ostentación de la burguesía cuzqueña, el feudalismo serrano, las bodas y festejos de esa clase acomodada, pero también la de sus siervos, el mundo del campesino, junto a la majestuosidad del paisaje andino, lo imponente de las ruinas incaicas y la cercanía de los retratos familiares. Lo fotografió todo, por lo que “cabe decir que en esos más de treinta años de labor no dejó un rincón del universo cuzqueño sin apropiárselo e inmortalizarlo”, como concluyó con muchísima razón Vargas Llosa.

El mundo andino que el fotógrafo retrató, que contempla las primeras décadas del siglo pasado, es además un mundo que se va abriendo, no sin ciertos conflictos, a la modernidad, a las incipientes revoluciones tecnológicas del siglo XX. Chambi mismo, que tuvo su primer contacto con la fotografía gracias a un grupo de estadounidenses llegados a la mina en que trabajaba su padre, es hijo de esa intersección. Una evidencia de la que nos dejó testimonio en fotografías en las que un coche o una motocicleta atraviesan el limpio horizonte serrano, ilustrando con esa inmovilidad irónica que recorre su obra el cruce entre el pasado ancestral del ande peruano y los nuevos tiempos. Por último, hay que decir que si bien hay un incuestionable valor testimonial en las fotografías de Martín Chambi, éste convive con una marcadísima impronta personal. Hay una mirada única, a caballo entre la ceremoniosa elegancia de la sociedad cuzqueña y un irónico sentido del humor. Un afán por dejar constancia, sí, por contar las cosas como son, pero no sin cierta conciencia de su propio oficio, de su labor detrás de la cámara –y, a veces, luego en el estudio–, a la hora de retratar y “construir” esa realidad. ~