Mario Cuenca Sandoval, escritor | Letras Libres
artículo no publicado

Mario Cuenca Sandoval, escritor

“En España hay mercado para lectores que rehúyen de la perspectiva realista o naturalista dominante”

En El ladrón de morfina (su segunda novela tras Boxeo sobre hielo), Mario Cuenca Sandoval utiliza la técnica narrativa del manuscrito encontrado para contar experiencias de la Guerra de Corea de una manera muy particular, alejada del realismo formalmente conservador dominante en la literatura española. La novela se presenta como una traducción del manuscrito original en inglés de Samuel Kurt Caplan (personaje-narrador de la novela), y el autor habla aquí sobre los desafíos a los que se ha enfrentado en la construcción de su obra y sobre las técnicas mediante las que ha sabido salir airoso de tan exigente tarea.

¿Cómo resolviste en esta novela el desafío de la prosa, teniendo que escribir en un español, digamos, no natural, sino que sonara a traducción?

Ha sido la parte más difícil de la escritura, porque la construcción de la novela como tal no me llevó más de nueve meses, pero al final han sido tres años de revisión de la voz hasta colocarla en un punto que pudiera parecer verosímil, como si fuera un libro procedente de una tradición distinta. Tenía que intentar anglosajonizar mi voz, pero al final, y para eso eché mano de referentes literarios de lengua inglesa como Don DeLillo o Denis Johnson, tratando de emular un poco la manera de construir sintácticamente en una lengua extranjera. También hay varios personajes hispanohablantes: ésa es la principal razón por la que elegí la Guerra de Corea, porque participaron en ella colombianos, puertorriqueños, lo cual me permitía introducir voces hispanohablantes y contrastar con la voz anglosajona.

¿Tu método de escritura en esta novela ha diferido, por sus características particulares, a tu forma de escribir normalmente?

Sí, absolutamente. Me he visto en la necesidad de importar una voz que no era mía y he tardado bastante tiempo en darme cuenta de que era yo el que se tenía que plegar a las exigencias del relato y no al revés. El relato me imponía una serie de condiciones que me ha llevado mucho tiempo ir descubriendo. He tenido que jugar a la contra, incluso desde el punto de vista de la respiración, del ritmo, de la prosa, como haría un actor cuando intenta reconstruir el acento o la dicción de un personaje.

¿Contabas con la colaboración de colegas de profesión que te daban recomendaciones en este sentido?

Debo reconocer que tengo la fortuna de tener entre mis amigos algunos buenos escritores y críticos, y me apuntaban hacia libros o escritores que podían darme la solución: “Léete esto o mira aquello, y verás como fulano construye el ritmo de su prosa”, etc. Así que debo agradecer la ayuda de la gente que tenía cerca.

¿Cómo se te ha ocurrido el tema del manuscrito encontrado?

Precisamente porque me parecía que era un recurso que le podía dar mucha verosimilitud al relato. Aunque parezca un juego o un artificio que a algunos lectores les podría hacer enarcar la ceja, yo creo que es un recurso de una tremenda honestidad, porque le está diciendo al lector que lo que se va a encontrar en las siguientes páginas es literatura: no se va a encontrar con Guerra de Corea histórica, sino con un artefacto literario. Y se me ocurrió recordando a los escritores de esas novelas que creo que en algunos lugares de América Latina llaman bolsilibro, aquí llaman novelas de kiosco y los estadounidenses llaman pulp, esas novelas que gente como Francisco González Ledesma firmaba con seudónimos como Silver Kane.

¿Hay una relación de alter ego entre Samuel Kurt Caplan y Mario Cuenca Sandoval?

No, porque es un personaje. Si lo juzgáramos desde un punto de vista moral, sería un personaje bastante despreciable. Sin embargo, la óptica que adopto en el libro es una óptica no moral, me sitúo más allá del bien y del mal, no hay juicio sobre los personajes, que lo único que intentan es salvarse, como náufragos que intentar salvarse psicológicamente del contexto en el que se desenvuelven. Si acaso hay un elemento en el que me siento identificado con varios personajes, es el carácter obsesivo de éstos. Por ejemplo, uno de ellos, Bentley, se dedica a fotografiar copos de nieve y tiene una colección inmensa de esas fotografías. Me parece que esa obsesión de Bentley no es muy distinta de la obsesión de un escritor con su obra.

Complementas el libro con cosas como el perfil de Facebook de Samuel Kurt Caplan, con el blog en el que pones fragmentos recitados de la obra en vídeos… ¿Crees que son éstos elementos importantes para la literatura hoy?

Son herramientas que están en manos del autor. Como autor, me gusta controlar todos los aspectos del libro, desde su creación hasta la edición y, de alguna manera, un blog o un perfil de Facebook es una manera de mantener vivo un libro y seguir ampliando o enriqueciendo el mundo que se ha generado. Por ejemplo, la idea del blog no era sencillamente crear un blog promocional, sino que fuera un complemento literario al libro y que, a quien le interese el mundo que se propone en él, pueda de alguna forma continuarlo, seguir sus pistas en Internet o incluso encontrar los referentes fundamentales del libro.

¿Te consideras una rara avis dentro del panorama literario español?

Creo que en el panorama literario español hay un buen grupo de narradores que se pueden considerar rara avis, que hasta la fecha no han tenido un espacio en el mercado editorial, pero eso está cambiando. Siento que, desgraciadamente, la perspectiva mayoritaria de la narrativa española es un realismo trasnochado, y ha sido lo que ha dominado el mercado editorial en los últimos años. Pero yo creo que hay libros que en ese sentido son una buena noticia, empezando por el propio proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo, o Vicente Luis Mora que acaba de publicar en Seix Barral, o Jordi Carrión… Estos libros sirven para demostrar que hay otro nicho de mercado, que hay otro tipo de lectores que rehuyen de la perspectiva realista o naturalista dominante, y tengo la impresión de que en los próximos años vamos a ver cambios importantes.

El ladrón de Morfina, por ejemplo, no creo que fuera una rareza en otros mercados editoriales, como el norteamericano o anglosajón en general; no aportaría ninguna novedad especial en relación a lo que están haciendo otros autores o lo que han hecho los posmodernos desde hace cincuenta años. Pero en España el mercado editorial no había asimilado, hasta hace poco, esas otras posibilidades narrativas.

Si crees que el realismo está trasnochado, pero las principales ventas en España son las novelas históricas y los policiales de corte más clásico, ¿qué es lo que esta fallando?

Creo que de alguna forma se está trasladando a la lectura la experiencia cinematográfica: muchas de esas novelas están escritas con el ritmo y con la manera de construir de un guión cinematográfico, y en ese sentido enganchan muy fácilmente a la audiencia. ¿Por qué esa perspectiva es la dominante? Quizás porque está hecha para lectores “no literarios”. Igual que se bromea mucho con la fórmula de que hay “escritores literarios”, pues también hay “lectores literarios”, y estas novelas están pensadas para gente que no lee, o para gente que lee un libro al año. Y claro, para leer otro tipo de literatura, como El Ladrón de Morfina, no digo que haya que tener un doctorado en Teoría de la Literatura, pero sí que hay que haber hecho un itinerario de lectura distinto, que se salga del best-sellerismo que se ha impuesto. Creo que el problema de un best-seller es que el relato realista no puede competir en condiciones de igualdad con el cine o con la televisión: desde mi punto de vista, o la novela ofrece una experiencia específica y distinta al lector o está condenada a la desaparición.

¿El nombre de Kurt en Samuel Kurt Caplan tiene inspiración en el Kurtz de Conrad?

Sí, la percepción que hay de la guerra –el colonialismo en El corazón de las tinieblas y luego en Apocalypse Now, en Vietnam, en la película de Ford Coppola– me interesaba mucho porque genera una atmósfera alucinada, hipnótica, que era precisamente la que yo quería generar en El Ladrón de Morfina. Y por otra parte, si el libro de Conrad era una especie de viaje al corazón de la barbarie o del horror, de alguna forma El Ladrón de Morfina también es un viaje hacia el horror, pero es un viaje hacia adentro, un viaje hacia el interior de una conciencia, que es la de este personaje, Caplan.

Me da la sensación de que le das mayor importancia, como creador, a las influencias de productos culturales que has consumido que a lo que podríamos llamar la experiencia de vida, ¿estás de acuerdo?

Estoy totalmente de acuerdo, si se considera que no existe la disyuntiva entre la vida real y la ficción, porque la ficción forma parte de la vida real. Yo creo que pertenezco a una generación de narradores que han crecido en un medio cinematográfico, televisivo, incluso de los videojuegos y que nos interesa eso: no hablamos de las ciudades reales, sino de las ciudades narradas, y no hablamos de la Guerra de Corea real, sino de la guerra narrada. Las cosas que uno ha leído, las películas que uno ha visto, forman parte de su intimidad tanto como cualquier experiencia de la vida cotidiana.

¿De alguna manera te puedes llegar a ver como heredero de alguna tradición literaria española? Quiero decir ¿hay algún autor anterior a tu generación a quien admires y que consideres que haya influido en tu obra?

Sí, lo que pasa es que no sé hasta qué punto esa presencia es tan evidente. Yo me considero heredero del realismo mágico, porque era la literatura que yo leía cuando era un adolescente o incluso un preadolescente, prácticamente un niño. Pero luego seguimos creciendo con lo que se llamó el post-boom, y después seguimos creciendo prácticamente hasta los autores que destacaron en los ochenta y noventa, como César Aira, Rodrigo Fresán… Yo, curiosamente, me siento más afiliado a la tradición latinoamericana que a la literatura española, donde he encontrado menos referentes, salvando personajes como Vila-Matas o Bolaño (si me lo apropio, considerando que vivía en España cuando falleció).

Utilizas mucho el tema de las drogas en tu narración para hacer que los personajes soporten lo que están viviendo, o para permitirles cometer crímenes horrorosos…

Es un elemento que les sirve efectivamente a los soldados para colocarse a varias cuartas del suelo (es decir, de la experiencia del horror). A mí es un tema que me interesaba personalmente mucho, ¿cómo uno puede sobrevivir a la guerra? Y no me refiero a sólo la supervivencia física, sino cómo puede uno salvarse, espiritual o psicológicamente, en unas condiciones como ésas. Las drogas son uno de los recursos principales del libro, pero también hay una especie de alegoría de fondo, se podría decir incluso de inspiración budista, de personajes que intentan elevarse por encima del deseo, por encima de la obsesión, que es un tema muy querido por las religiones de Oriente.

¿Te ves animándote con el realismo algún día?

Sí, ¿por qué no? Lo que pasa es que yo me imagino que si me planteo escribir alguna vez un relato realista, mi propio temperamento hará que a las cincuenta páginas se produzca algún tipo de torsión o giro que desmonte esa primera pretensión. A mí me gusta mucho jugar, con cierto cinismo, a hacerle creer al lector que hay una trama, que hay un argumento, que hay una intriga que verdaderamente vertebra el libro, y dejar para más tarde la revelación de que en realidad esa trama era como lo que Alfred Hitchcock llamaba un MacGuffin, como una línea argumental de despiste. Creo que en mi libro el verdadero argumento no está en la trama, sino en la estructura. Eso es algo que el lector va descubriendo a medida que va avanzando.

– Feliciano Tisera

Fotografía: Ruiz de Almodóvar