“Mami, no me hables en español” | Letras Libres
artículo no publicado

“Mami, no me hables en español”

Los hijos de muchos emigrantes tienen la posibilidad de ser “bilingües nativos”, lo cual les ofrece grandes ventajas. Sin embargo, a menudo no es fácil, porque los niños se resisten a hablar el idioma de sus padres.

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La escritora y periodista Lala Isla nació en 1947 en Astorga, un pueblo de la provincia de León, en España. Vivió en Barcelona y pasó los veranos en su pueblo natal hasta mediados de los años 70, cuando conoció a un galés radicado en Londres, por quien dejó su país y se instaló en la capital británica. Desde entonces vive allí. En 2002 publicó Londres, pastel sin receta, “la curiosa visión, a caballo entre la crónica y el viaje personal, de una española que vive en Londres y trata de entender el mundo que la rodea”, según el texto de la contratapa.

El libro describe las dificultades que, como cualquier inmigrante, Isla tuvo que sobrellevar para adaptarse a su nueva vida. Con las particularidades de su caso: después de tres décadas bajo el yugo del franquismo, se instaló en la Londres famosa por su calidad de vida y su estado de bienestar… justo cuando estaba a punto de ser desmantelado por la administración de Margaret Tatcher.

En 1979 nació su hijo Pablo, que es, como no podría ser de otro modo, uno de los protagonistas de su historia. “Una tarde —cuenta la autora—, a los seis años, Pablo, haciendo equilibrios en una tapia baja, me pidió como si tal cosa: ‘Mommy, don’t speak to me in Spanish’[‘Mami, no me hables en español’]. ‘¿No quieres ser diferente a los otros niños?’, le pregunté. ‘No’, me contestó. Entonces le dije que lo entendía bien y podíamos, si quería, empezar un juego entre los dos, en la calle hablaríamos solo en inglés y en casa en castellano”. Al niño le pareció bien.

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Para los emigrantes, el habla de sus hijos representa una cuestión difícil. Hoy en día prácticamente nadie duda de las ventajas del bilingüismo adquirido desde la primera infancia, en casa, como algo natural. Sin embargo, muchas veces surgen problemas inesperados. Hace unos meses, un informe de Telemundo, el segundo mayor canal de TV en español de Estados Unidos, describía herramientas para evitar que los niños “olviden” su lengua materna. Algo que Lala Isla, en su momento, sufrió en carne propia.

“Pablo había empezado a hablar justo antes de entrar en la guardería —cuenta en su libro, que fue presentado por Paul Preston en el Instituto Cervantes de Londres—y, como estaba más conmigo que con su padre, casi todas las palabras que conocía eran castellanas y de saber alguna en los dos idiomas hacía una selección de la más corta. Al poco tiempo de entrar en la guardería se olvidó del castellano y acabó hablando únicamente en inglés. Yo tenía entonces que haber insistido en hablarle solo en castellano, pero me sentía muy insegura con él y no quería añadir una complicación más a nuestra relación”.

Isla narra que conoció a mujeres emigrantes que, ante situaciones parecidas, pasaban a hablar con sus hijos solamente en inglés, pese a no dominar bien esta lengua. “El hablar a los propios hijos en una lengua extranjera, de no tener con esta una relación extraordinariamente íntima, añade un distanciamiento inevitable con ellos”, explica Isla. Y describe casos más terribles: mujeres que, oprimidas por sus maridos, apenas salían de sus casas, y cuando lo hacían usaban a sus hijos como intérpretes. Luego, estos hijos las rechazaron por considerarlas “primitivas”, debido a que no hablaban “la lengua del poder”.

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Por supuesto, detrás de estos casos hay un complejo entramado sociocultural que desalienta unos comportamientos y propicia otros. Muchas personas que se han marchado de su país en busca de un lugar mejor donde vivir aceptan que sus hijos no hablen su propio idioma: de algún modo, lo sienten como una forma de dejar atrás ese pasado al que no quieren volver y de mirar el futuro promisorio que tienen por delante.

Lala Isla vivió las primeras tres décadas de su vida en una España en la que Franco había prohibido el uso de sus propias lenguas a vastas poblaciones (catalanes, vascos, gallegos y otros). Al llegar a Gran Bretaña descubrió que allí había ocurrido algo similar, ya que se había impuesto el inglés a galeses, irlandeses y escoceses.

“El contacto con Gales —detalla—me hizo pensar en el hecho de que, cuando dos lenguas se encuentran, normalmente se presupone que una es más prestigiosa que la otra. La lengua dominante, como dice [François] Grosjean, es considerada más bonita, más expresiva, más lógica, mejor equipada para definir conceptos, y a las otras se les pone la etiqueta de bastas, gramaticalmente pobres, etc.”.

Esto se observa en numerosísimas ocasiones: unas personas que corrigen a otras porque supuestamente hablan mal, cuando en realidad solo hablan distinto; el desdén por el multilingüismo de alguien que habla tres o más idiomas pero ninguno de ellos europeo; la diferente conceptualización de un intelectual que mezcla idiomas al hablar (a quien se ve “sofisticado”) y de un emigrante que hace lo mismo (en quien se ve a alguien “poco instruido”), etc.

Lo que ocurre con el habla de los hijos de los emigrantes a menudo suele depender de estos factores. Escribe Isla que “la diferencia entre la actitud de los hijos de los emigrantes que se niegan a hablar la lengua de sus padres y los de la clase media y alta, orgullosos de hablar las dos, radica en la seguridad de los progenitores hacia la propia cultura, que comunican sin darse cuenta a sus hijos”.

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La historia de Lala Isla y su hijo Pablo tiene final feliz. A los 9 años, él ya estaba orgulloso de manejarse en los dos idiomas. En la actualidad, habla un castellano perfecto. Vive en Londres y está casado con una profesora de español. “El primer día que Pablo, con una gran naturalidad, me contestó en castellano, sentí una gran emoción —dice el texto—. El hablarme en mi propia lengua fue como llegar al alma por vía directa, con un cordón umbilical conectado a lo más profundo, por el cual se deslizaban las palabras sin esfuerzo, con un placer infinito”.

Ahora, en general, ella le habla en castellano y él le responde en inglés, ya que esa es su herramienta cotidiana. Pero “en los momentos en que quiere decirme algo muy cariñoso, lo hace casi siempre en castellano”, apunta ella. “No sé todavía si es para sentirse más cerca de mí, porque en inglés no hay diminutivos y él los usa en esos momentos, o por todo lo contrario, para añadir un distanciamiento protector a su demostración de ternura”.

Yo, que conozco a Pablo (no lo había dicho hasta ahora: somos amigos y gracias a eso conocí el estupendo libro de su mamá), estoy convencido de que la correcta es la primera opción.

 

 

 


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