Madrid está que hierve | Letras Libres
artículo no publicado

Madrid está que hierve

Los personajes: Willy, negrito, catorce años, quisqueyano. Ana, rubita, catorce años, madrileña. El lugar: el Centro Cultural Galileo de Argüelles, Madrid. El día: sábado, un sábado soleado y veraniego. La programación: bingo-verbena en el patio central para toda la familia. Fuera de programación: rumbita latina en la cafetería. 38 grados centígrados y el mercurio sigue subiendo. "¡Bingo!", grita la abuela de Ana, que acaba de ganarse el pata negra. "¡Muévelo, muévelo!", se escucha la canción a todo volumen, adentro, en la cafetería. El patio central está lleno de chiringuitos donde las madres venden las manualidades de sus benjamines. La cafetería está repleta de adolescentes dominicanos que navegan por Internet, escuchan Sandy y Papo o bailan "La plena" con caderas quebradizas.
     —Me gusta —dice Ana.
     —¿Quién, el negro? —le pregunta Pilar, su mejor amiga.
     —Sí... ¿y qué?
     Willy acaba de entrar a la cafetería junto a Franklin. Pantalones gigantescos, camisetas gigantescas, zapatillas de colores estridentes. Moda Michael Jordan mal adaptada a los rigores del verano peninsular. A Willy lo espera Yelitza, su media novia quisqueyana que baila como ninguna otra y agita la melena que se alisa una vez por semana en la peluquería "Piel canela". Los padres de Willy y Yelitza son dueños y socios del locutorio de la calle Gaztambide. Se trata de un espacio caluroso, dividido en cabinas diminutas que sirven para matar la nostalgia, preguntar por la familia que no se ha visto en cuatro años y tener noticias del último concierto de Gilberto Santa Rosa en Santo Domingo capital.
     —¿Quién era la rubita? —le pregunta Willy a Frankin.
     —Le dicen Rana.
     —¿Rana?
     —Por lo blanquita, como una ranita platanera, pero se llama Ana.
     —¡Qué buena está! —dice Willy.
     En el patio central, Ana huye de Manu, que está siempre detrás de ella. También huye de toda su familia, que la llama para que venga a la mesa a celebrar el pata negra. Allá está la abuela con las tías y la madre de Ana y su hermano, todavía pequeño. Papá está en el trabajo, pues le ha tocado el turno de fin de semana en Correos y Telégrafos, específicamente en el departamento Postal Express, en la oficina principal, en Cibeles. Papá acaba de cumplir veinte años al servicio de Correos y tiene pensado celebrarlo con un viaje al Caribe, para toda la familia. Halcón Viajes ha ofrecido una oferta dos por uno con la que pueden ir los cuatro a mitad de precio. Ana está encantada con la noticia.
     En la cafetería, Willy ha quedado hipnotizado por el póster de Playa Bávaro que está colgado en una de las paredes. Quizás sea la playa más linda de República Dominicana, pero él nunca ha ido. "Es para gringos con dólares", piensa. En medio del calor sofocante de Madrid, Willy se ha teletransportado a las arenas blancas y las aguas cristalinas. Yelitza se acerca a él y le pregunta qué te pasa, y él dice nada, no me pasa nada, y se deja llevar, casi por inercia, de la mano de Yelitza, que comienza a bailar la canción de moda: "Me gusta el mmm, me encanta el mmm".
     —Ayer soñé que bailaba con él —confiesa Ana—.
     —¿Y tú bailas eso? —le pregunta Pilar—.
     —Sí, merengue sí, que es más fácil. Además, Pili, ¿sabes adónde me voy de vacaciones?
     "¡Bingo!", grita la madre de Manu y se gana la cesta de vinos. Seis botellas de La Rioja gran reserva que guardará para el otoño. La señora comparte la mesa con la familia de Ana, la abuela ganadora y el pata negra. Hay mucha alegría en el patio central. A todas las familias les ha tocado algún premio. El padre de Pili está feliz con el suyo: se ganó la colección completa de vídeos de Humphrey Bogart doblada al español. Incluso los chiringuitos arrojan un buen nivel de ventas y en el quiosco de los bizcochos y refrescos prácticamente no queda nada.
     A seis calles de ahí, en el locutorio de la calle Gaztambide, el calor aumenta. Los padres de Willy no se despegan del ventilador multidireccional. En la televisión, que tiene problemas de recepción de imagen, están viendo el último capítulo de Amor perpetuo, la telenovela venezolana. De cuando en cuando llegan clientes, principalmente ecuatorianos, que hacen llamadas a Quito y Guayaquil. Las paredes del locutorio están adornadas con pósters de la República Dominicana: el monumento a Colón en Santo Domingo que inaugurara Felipe González en 1992, la hermosa zona colonial de la capital, Punta Cana, y, claro, Playa Bávaro. Cuando Willy termine las clases viajarán todos a la isla. Es una promesa de su padre. Pero antes deben ahorrar más plata, es decir, deben llamar a casa muchos más ecuatorianos.
     —¡Si estás bueno, papito! —le dice Yelitza con picardía caribe mientras bailan, y Willy le responde con una media sonrisa.
     De lejos, a través de la ventana de la cafetería, Ana observa las coqueterías de Yelitza y adivina sus zalamerías. De pronto Willy deja de bailar, se da media vuelta y su mirada coincide con la de Ana. O por lo menos eso piensa Ana. La distancia es de unos quince metros. El sol reverbera en el patio central y la sombra se adueña del interior de la cafetería. Sí, se están mirando mutuamente. Bajo el sol, Ana parece todavía más blanca. Adentro, en la cafetería, Willy parece todavía más negro. Mientras tanto, en Cibeles, el padre de Ana planea y presupuesta sus vacaciones familiares. En el locutorio de la calle Gaztambide los padres de Willy sueñan con volver a ver a su gente. "¡Bingo!", se escucha de nuevo bajo el patio soleado. "¡Muévelo, muévelo!", se vuelve a oír adentro. Los ojos azules de Ana y los ojos negros de Willy siguen imantados. Se miran largamente. Y esa mirada es un pequeño puente entre el bingo-verbena del patio y la rumbita latina de la cafetería. 41 grados centígrados y el termómetro se detiene. El poco aire que sopla trae bochorno y a todos sofoca. Son las ocho de la tarde y Madrid —ciudad de acogida, dicen— está que hierve.~