Lula sin comillas | Letras Libres
artículo no publicado

Lula sin comillas

Muchos periódicos en español siguen entrecomillando el “Lula” que va entre Luiz Inácio y da Silva: señal de que el presidente de Brasil se ha convertido para los hispanohablantes a la vez en un icono y un malentendido. Es verdad que esos dos términos son casi sinónimos, pero también que los equívocos así son más frecuentes de lo normal cuando tratamos con Brasil, tan engañosamente cercano pero tan ajeno como su idioma, lleno de palabras que no significan lo que parecen significar.

Porque en 1982 Lula fue a los juzgados para transformar su apelido (que es como allá llaman a los sobrenombres) en un sobrenome (que es como allá llaman a los apellidos) oficial con el que presentarse a las presidenciales. En Brasil todo el mundo lo sabe, y Lula se escribe y se entiende sin nuestras comillas profilácticas: ni Luiz Inácio da Silva es sinónimo de Lula, ni Lula significa lo mismo dentro que fuera de Brasil. Sus cien avatares (el estadista mundial, el campeón de los desheredados, el sindicalista guerrero, el centrista convencido, el visionario apasionado, el político astuto y superviviente profesional) han ido fraguando a lo largo de cuarenta años en la vida política del país. Y en la imaginación colectiva del Brasil se presenta saturado de leyendas y facetas que se emborronan en la distancia.

Este verano el Centro Cultural del Castelinho do Flamengo, en Río, proponía una más de esas caras en el palacete decimonónico de su sede (un sitio muy apropiado, entre el castillo de cuento de hadas y la iglesia con fantasmas o santos). Millones de Lulas reunía ochenta fotografías tomadas por el retratista oficial Ricardo Stuckert durante la campaña para la reelección de 2006. No hace falta decir que las intenciones de la exposición eran tan oficiales como los cargos del retratado y del autor. Entroncaban en una larga tradición hagio-fotográfica que recuerda hasta qué punto el poder, desde Gandhi y Nehru pasando por Kennedy, por Mao y Stalin y hasta por Margaret Thatcher, ha posado para las cámaras como peaje indispensable de legitimación. Y sigue haciéndolo: basta con darse una vuelta por el Flickr oficial de Obama (flickr.com/photos/whitehouse), que documenta los baños de multitudes, los gestos amables y las imágenes para la Historia del presidente negro. La oficial, al menos: está el discurso en Ghana y la cumbre de la cerveza, sí, pero que nadie espere encontrar, claro, esa instantánea reveladora (¿o hábil trampantojo?) que lo cazaba mirando el trasero de una invitada a la última cumbre del G8 (era brasileña, por cierto).

Pero es difícil ofrecer una imagen monolítica de un personaje como Lula, que es ya legión y, como dice la propia expo, millones (doscientos, por lo menos: tantos como brasileños que conocen su historia al dedillo). Los significados de esas fotos se disparan en direcciones imprevistas y acaban siendo una lección en lulismo sin comillas.

Algunas documentan los gestos informales que identifican a su personaje. Por ejemplo, pasando revista a las tropas en Brasilia con un gesto callejero y brasileñísimo (y también propio del Obama más americano): ese thumbs up que allá significa gracias y todo bien y hasta la vista y mil cosas más y que unifica el vasto Brasil tanto como el portugués o –por lo menos hasta la explosión de los evangélicos– el catolicismo (y volveré sobre el catolicismo). Un pulgar presidencial que en Brasil alude inevitablemente al meñique ausente: el dedo tronzado por una máquina en sus tiempos como tornero en las siderúrgicas paulistas se vuelve herida de guerra, presencia latente y sello de autenticidad de las palabras de un obrero que literalmente se dejó la piel en lo que hacía.

¿Hasta qué punto son ya estudiadas y “oficiales” estas famosas rupturas del protocolo? Probablemente a estas alturas ni Lula, el más perfecto animal político (y de escena) ahora mismo en el mundo, con su 83% de aprobación tras siete años largos de mandato, sabría decirlo. Y tampoco importa demasiado. Lo que cuenta es la aptitud para el consumo interno de sus aparentes meteduras de pata y de sus frases a la pata la llana, espléndidas, de concisión casi poética (aquello de que la crisis era culpa de los rubios de ojos azules). Lula administra con tino instintivo las dosis justas de campechanería que tanto chirrían y tan contraproducentes resultan cuando las inculca un asesor de imagen. No hubo, no hay ni habrá en mucho tiempo un político en Brasil que conecte tan instantáneamente, sin comillas ni cursivas, con sus compatriotas. No desde luego su delfina Dilma Roussef, ni nadie en ese pt que fundó pero que no acaba de cuajar entre los brasileños cuando falta su líder. Lo amarán u odiarán por eso; pero el caso es que todos, del rico cuatrocentón paulista al nordestino paupérrimo, reconocen al instante la lengua que habla Lula.

En la carrera política, como quizá en la artística y desde luego en la amorosa, no sólo las virtudes sino los defectos –sobre todo los defectos– deben conspirar para el éxito. Lula ha hecho virtud (y receta y piedra filosofal, con el tiempo) de lo que en otro serían vicios: su obstinación, su improvisación, su aparente falta de diplomacia y de diplomas (tampoco Machado de Assís los tuvo y fundó la Academia, como él mismo se encarga de recordar a veces), su supuesta incapacidad para el refinamiento pérfido y las comillas que traslucen sus fotos informales en salones presidenciales y recepciones de alto copete.

Sin embargo, seguramente el forastero se quede más impresionado con las imágenes del cuerpo a cuerpo de la campaña. Lula se sumerge en la masa que podría aplastarlo sin miedo, sin escoltas ni papamóviles. El mar de manos y de caras sudadas lo engulle, amenaza con triturarlo y sin embargo lo devuelve intacto al lugar del poder. Intacto no: sobado y manoseado y restaurado en su imagen casi santificada. El baño de multitudes –de sudor y de mocos y lágrimas– es tan literal que da una vuelta de tuerca más al género de la foto política. Lula aparece en estas directamente como taumaturgo y santo. Impone manos, bendice bebés, repite la señal de sus partidarios: esa persignación sui generis que consiste en armar, con los dedos de ambas manos, la L y la U de Lula (que es también, claro, la V de victoria).

Siempre las manos y los dedos (los que faltan, los que se suman) de un poder que se presenta nacido del trabajo manual y no del índice que elige a dedo. Recuerda una foto de Obama en Ghana, saludando más de lejos pero con el halo de santidad de un flash muy bien colocado sobre la coronilla. La iconografía religiosa quizá no es casual: Obama ha dicho de Lula que es “su ídolo”. Y Lula confiesa rezar “más por Obama que por mí mismo”: frase reveladora, por cierto, de la que Álvaro Pombo saca conclusiones interesantes en su blog sobre el presidente negro.

Por eso a veces Brasil recuerda a unos Estados Unidos del sur (yo añadiría un pellizco de la India y una francofilia en las elites que se desvanece rápidamente). Su nacionalismo con riesgo de ombliguismo, su gusto periódico por líderes mesiánicos (¿herencia inconsciente del sebastianismo portugués?), la mezcla de política y religión. Deus te abençoe, rezan las pancartas. Y Lula mismo reconoce que en su llegada al poder ha mediado la graça de Deus. En cualquier caso, sí que lo han hecho las bases de una Iglesia católica popular que en Brasil reinventa una Teología de la liberación que en la ensimismada Europa ya suena a cosa de los tiempos de la yenka.

Al final, cualquier intento de resumir los millones de Lulas (y de brasileños, y de Brasiles) posibles suena torpe y huele a gringo. Viendo las fotos recordé dos documentales filmados durante la campaña de 2002 que llevó a Lula al poder. Peones, de Eduardo Coutinho, entrevistaba a los antiguos camaradas de Lula. No tenía mensaje oficial, pero nada resultaba más elocuente que la mirada hacia atrás y el retrato de los obreros que lo conocieron desde el principio y no lo han acompañado en su ascenso.

Y por su parte, en Entreactos, Joao Moreira Salles grababa por los pasillos, los estudios de grabación, las suites y las salas de maquillaje de la campaña. La presencia de una cámara creaba ese espacio a caballo entre lo público y lo privado, lo oficial y lo íntimo, en el que Lula se maneja mejor que nadie. La película precedía en varios años el libro de una Yasmina Reza empotrada en la campaña presidencial de Sarkozy: eran los bastidores y salas vip de las fotos de masas de esta exposición. Otra campaña y otro Lula: el que ha cambiado el mono azul por el traje marengo, la camiseta roja por la corbata granate, sin perder por eso un ápice de carisma (al contrario). El que se mueve ante las cámaras y en los despachos y los aeropuertos tan a su aire como entre las muchedumbres. De aquella peli a esta expo han pasado siete años, y millones de Lulas: como en la fábula de los ciegos y el elefante, son todos de verdad y todos un poco engañosos. Pensándolo bien a lo mejor no están de más, por ahora, las comillas. ~