Lugartenientes del carajo | Letras Libres
artículo no publicado

Lugartenientes del carajo

Me reencontré con la palabra godemiché en la descabellada y cruel, pero divertida novela de Apollinaire Les onze mille verges (1907). La conocí leyendo a Octavio Paz, quien narró haberse encontrado en la casa de Robert Desnos con unos extraños objetos guardados en una vitrina; preguntó qué eran, se mereció la risa de los presentes y, cuando le explicaron que eran unos godemichés japoneses se sintió un provinciano.

No menos provinciano, pensé que la palabra era un japonismo, y nada: deriva de godmicy –que así figura en un famoso soneto de Ronsard (“C’est un gros instrument par le bout étréci”)–, sustantivo que macarronea gaude mihi, frase latina velozmente traducible como dame gusto. No sé si vera o solo ben trovata, en todo caso es etimología sincera para ese artilugio que en español se llama “consolador”, ese “aparato, generalmente en forma de pene, utilizado para la estimulación sexual” que inventaría el Diccionario de la Real Academia Española (drae).

El lexicólogo Germà Colón i Domènech, en su tratado “Una palabra libre”, rehúsa gaude mihi como origen del concepto, pues alega la existencia de un manuscrito catalán del siglo xv titulado Speculum al foderi (el espejo de coger) que explica que las damas molt calt utilizan un gedoma de “cuero suave y algodón” en forma de vit para satisfacer sus ardientes cony. Gedoma vendría a su vez de godemací, voz catalana para nombrar cierta piel de oveja que se curtía en la africana Gadamés y que tenía gran demanda por unir la suavidad a la resistencia, virtudes correctas para fabricar guantes delicados o forrar consoladores impetuosos.

An erotic philology of the Golden Age, muy informado libro de Adrienne Laskier Martin, avisa que godemací cedió su protagonismo consolatorio a baldrés (o baldés, o valdrés), que el viejo Diccionario de la rae describía ruborizado como una “piel de oveja curtida, suave y endeble, que sirve para guantes y otras cosas”. La versión siglo XXI del drae sigue callando qué “otras cosas” son las que sí decían su nombre en el XV, como en esta copla que inquiere

Decid, la dama sin nombre

por no ofender al marqués,

¿a cómo vale el valdrés

por falta de cuerpo de hombre?

Cuerpos que faltaban por andar, claro, en guerras o negocios forzaban a las damas molt calt al adulterio o a conseguirse unos “gallos con un valdrés hecho en forma de natura de hombre” y a emplearlos con cautela, pues hallarse en posesión de uno se castigaba hasta con doscientos azotes puntuales. De ahí que fuese mejor buscar consuelo en la huerta, como fiziera una lírica viuda vegetariana y tenuemente gongorina:

Tú, rábano piadoso, en este día

visopija serás en mi trabajo;

serás lugarteniente de un carajo,

mi marido serás, legumbre mía.

Tema este, el del “sexo rústico”, que no es raro en el romancero, como explica Laskier Martin, y que antecede las picardías de Belardo, el popular hortelano que, en las baladas albureras de Lope de Vega, confecciona pucheros con vegetales adecuados para toda clase de apetitos.

No ya de nabos ni pieles o maderas, sino de silicón, de vidrio y aun de oro, son los lugartenientes actuales. Tampoco es ya consolador –palabra funcional, si no francamente burocrática, de esas que traen al tribunal incluido–. El pegajoso inglés le ha alzado un muro fronterizo a gaudemihis, godemiches y valdrés, y desplazado los ha con dildo, ruidito algo pueril, como de hobbit, que ya utiliza Shakespeare y que, desprovisto de historial creíble, se traduce crudamente “back and forth”, como un meneo, pues, similar al ding-dong que la gente amurallada como nosotros llama el tilín-tilón. ~