Los viajeros amorosos | Letras Libres
artículo no publicado

Los viajeros amorosos

Watteau: El embarque a Citerea

A los dieciocho años el flamenco Antoine Watteau, un muchacho enfermizo y tan loco por la pintura como lo estará el japonés Hokusai, había llegado en 1702 a París, donde, hallándose sin amistades ni recursos, vivió casi en la mendicidad mientras buscaba un pintor que lo aceptara en su taller. Al fin lo acogió Claude Audran que además de pintor era conservador de la galería de arte del Palacio de Luxemburgo y que, apreciando el temprano gran sentido decorativo del muchacho, lo recomendó a la casa del financiero Crozat, donde el joven artista se alojó y gozó de un grato ambiente para trabajar. Pronto la precoz facilidad de Antoine para el dibujo le otorgó una incipiente fama en un círculo de coleccionistas y de gente de buen gusto. Una gran dama, seducida por los grandes, melancólicos ojos del muchacho, y por su habilidad manual para el dibujo tanto como, quizá, para las caricias en la adúltera alcoba, lo adoptó de acompañante a la comedia, a la ópera y al ballet para que le esbozara instantáneos retratos en actitudes de éxtasis estético. El resultado de ello es que Watteau se interesó en fijar en su obra el artificial mundo del espectáculo a la vez que los naturales jardines de estilo versallesco, y se dedicó a pintar los escenarios teatrales como jardines cortesanos y los jardines cortesanos como escenarios teatrales. Pintó plafones para la Ópera, “retrató” el mundo de la commedia dell’arte italiana con sus farsescos mimos y sus personajes tipificados, y a la vez “retrató” las “fiestas galantes” regidas por los principios de la Razón y el Placer en los suntuosos salones en que ya se anunciaba la Filosofía de las Luces. Y en esos tiempos habrá oído al aún más joven médico y filósofo Julien Offray de la Mettrie [de quien escribí antes en esta columna con el título de "Un filósofo del gozar"] hablarle de su filosofía resumida en el muy razonante y florido opúsculo El arte de gozar.

En 1717, Watteau pintó una de sus obras maestras (o capolavori, o chefs d’oeuvre, como gustéis) con la que se ganó un sillón en la Academia Francesa: El embarque a Citérea, un cuadro que se diría realizado para ilustrar la alegre filosofía del placer de La Mettrie pero matizada por la melancólica mirada del pintor a cuatro años de su muerte en 1721, en sus apenas 37 años.

La isla Citérea

En la civilización europea del siglo XVIII, acaso el siglo más francés de la Historia, dos islas imaginarias parecen coruscar prestigiosamente en las inteligencias sensibles: la Isla de la Razón y la Isla de Citérea, la del Amor. Para la literatura y la pintura dieciochescas, la Razón, lejos de oponerse al Placer, como ocurría en otros tiempos, se alía con él y le aporta sus atractivos intelectuales, mientras el Placer le corresponde con sus jugueteos eróticos, con sus astutos amoríos de salón y alcoba. El pintor evoca a Citérea como el lugar del amor, del jugueteo erótico, de la entrega a la voluntad del deseo. Es el escenario de una ensoñadora siesta o de una tierna cacería, y Watteau lo traduce a un vasto parque de estilo versallesco y de horizonte a pérdida de vista. En el poético cuadro un arte quizá amanerado aunque no tanto como manierista, se complace en presentar un alegre, voluptuoso y a vez melancólico teatro cortesano en el cual hasta los abiertos paisajes tienen el civilizado tono de los salones de la corte de Luis XIV, el rey Sol, y parece que todos los personajes (pues un cortesano se quiere personaje ante todo), todas las parejas presentes hablarían siempre en versos eróticos y elegíacos de Du Bellay. Se diría que aquí Watteau apuesta más por el amour-goût, antes que por el amour-passion, y que esas figuras humanas como de porcelana de Sévres, esas encantadoras parejas, están a punto de iniciar pasos de ballet en obediencia a una música melancólica (la de, digamos, una serenata de vientos de Mozart), mientras el busto de Afrodita, diosa del amor, preside la fiesta galante que ya está bañada de una vagarosa luz solar en la que ya se difumina la lejanía campestre. Y es tal vez inevitable que durante la contemplación empecemos a parpadear y a preguntarnos: ¿es una escena alegre o de una incipiente tristeza?, ¿esa luz dorada no es tempranera, sino tal vez la de un atardecer avanzado y ya anunciante del ocaso?, ¿se trata de un embarque o de un desembarque?, y ¿las parejas allí presentes van hacia Citérea o, contradiciendo el título del cuadro, vendrían de Citérea, de consumar el deseo y ya sintiéndose en el post-coitum anima triste?

Aunque aún faltarán no pocas décadas para la fecha revolucionaria de 1792, en El embarque a Citérea, más que en cualesquiera otros cuadros de Watteau, hay como el perfume de una flor madura que ya se anuncia marchita, y si acercamos la mirada mental a esos personajes que parecen eternamente despedirse de nosotros, quizá podamos oír, entre el esplendor y la vivacidad de paisaje y figuras, no un allegro, sino el lento, dulciamargo, casi oscuro y perpetuo adaggio de la Blaserserenade o Gran Partita de Mozart.

Publicado anteriormente en Milenio.