Los sesenta años de Dissent | Letras Libres
artículo no publicado

Los sesenta años de Dissent

La emblemática revista de izquierda cumple un año más, tan necesaria y tan actual como al inicio. 

La escena de Annie Hall es icónica: durante un cocktail party de pretenciosos intelectuales neoyorquinos, el comediante Alvy Singer sólo quiere ver un partido de lo Knicks por televisión. Poco después de que su arribista amante, Robin, le recitara una serie de nombres de célebres profesores de Universidades Ivy League, ocurre el siguiente diálogo:

Alvy: Estoy cansado de pasar veladas inventando falsas ocurrencias para gente que trabaja en Disentery.

Robin: Commentary!

Alvy: ¿De verás? Pues yo escuché que Commentary y Dissent se han fusionado para formar Disentery.

Las dos revistas mencionadas en la broma de Woody Allen han definido el sentido de las batallas culturales en Estados Unidos: del comienzo de la guerra fría a la elección de Obama. Pero donde Commentary se convirtió en una de las plataformas ideológicas del pensamiento neo-conservador, Dissent nunca ha dejado de abrazar los ideales liberales de izquierda de uno de sus emblemáticos fundadores, Irving Howe, traductor de Isaac Bashevis Singer y antiguo colaborador de Partisan Review. Howe fue una figura tutelar de la crítica literaria, el ensayo político y la defensa del mundo judío. Su temple liberal sigue definiendo el estilo de la revista.   

Como todas las formas del descontento, Dissent nació de un malestar en la cultura. Al inicio de la década de los cincuenta, la guerra fría era una pesadilla en forma de hongo nuclear. A su vez, el conformismo de las muchedumbres solitarias amenazaba en convertir la vida norteamericana en una tierra baldía. Como lo dicen sus editores en el primer número de diciembre de 1954: “El nombre de la nueva revista sugiere su propósito: disentir de la enrarecida atmósfera de conformismo que caracteriza la vida política e intelectual de los Estados Unidos.” 

Para los escritores asociados a Dissent, la esencial insatisfacción con las políticas del genocidio estalinista –el Gulag al fondo– se unía al rechazo sin cortapisas del irracionalismo político de la era McCarthy. Como la táctica de Von Schlieffen, la guerra espiritual tendría que darse contra dos flancos. Desde entonces, Dissent ha disentido de opiniones convencionales provenientes de diversos campos ideológicos. Las batallas políticas y culturales de Dissent siempre han tenido un común denominador: la  convicción de que las ideas deben prevalecer sobre los prejuicios.

Este año la revista cumplió los primeros sesenta años de practicar la pasión crítica. Que la revista sigue siendo relevante se comprobó el pasado 24 de octubre, durante el homenaje al  filósofo político, Michael Walzer, recientemente retirado como co-editor de la revista. El evento fue un encuentro de generaciones. Si el entusiasmo es una forma de medir la vitalidad, Dissent goza de cabal salud.

Mi relación con Dissent se había reducido a la de agradecido lector. Esto cambió cuando un día en el 2005, invitado por el intelectual neoyorquino Paul Berman, asistí a la fiesta que cada diciembre organizan los editores, con la expectativa de conocer en persona a varios de los autores de la revista. Ahí pude charlar con Walzer, quien como un Bodishatva –se trata de un hombre afable– escuchaba con paciencia las palabras de jóvenes eléctricos. Cuentan que, con una cerveza en la mano, me atreví a ofrecerle a Walzer un texto sobre las elecciones presidenciales en México. Unos meses después, como quien arroja una botella al mar, envié un texto a la dirección electrónica de Walzer.  Más que una crítica a López Obrador, mi escrito era un alegato a favor de que la izquierda mexicana aceptara el proyecto social-demócrata. Aunque le pareció un poco largo, a Walzer le gustó el texto y propuso editarlo el mismo. Ante la perplejidad de su autor, el artículo In the Mexican Labyrinth: The Elections, The Left and the Fight for the Mexican Soul se publicó en el invierno del 2007.

En diciembre pasado, como cada año que puedo, asistí a la fiesta decembrina en Downtown Manhattan. Entre los presentes se encontraba Marshall Berman –un personaje entrañable y melancólico– a quien meses antes había yo visitado en su cubículo del Graduate Center en la Quinta Avenida para hablar de filosofía política, la ciudad de Nueva York y la vida misma. Me gustó ver su sonrisa de satisfacción cuando le conté cómo, tras consultar uno de sus libros sobre la ciudad de Nueva York en una biblioteca pública de la ciudad de México, tuve mi primer impulso de algún día residir en la gran manzana. La obra de Marshall Berman es inseparable del proyecto Dissent. Es por ello que, en homenaje luctuoso a un espíritu incandescente, pongo punto final a este escrito.