Los que no me conocen... | Letras Libres
artículo no publicado

Los que no me conocen...

Dicen que hago escritura de los árboles

y prefiero el silencio del ave al estrépito humano...

que si en algunos rezos deposito mi fe

con incredulidad devuelvo las palabras

que no llegaron junto con las olas

de la sangre más íntima.

A las astillas secas no hago lumbre.

Piensan que escribo siempre

de lo mismo

estas cosas comunes

sin escándalo

como si hiciera falta mayor provocación

que la sola existencia.

Ante los libros de otros no soy ciego.

Aseguran con énfasis que en el siglo veinti-

uno ya no se debe citar frecuentemente

y menos hacer sitio a la familia

excepto que hayan sido abatidos

por nuestras propias armas

y nos llamemos Kevin

John Claggard o Hannibal Lecter.

Bajo tales premisas prefiero leer a oscuras.

Se genera en las redes sociales

el acoso textual

sin más carta en la mano

que encontrar deleznable a Peter Pan

si Garfio está de moda.

(Cabe la reflexión

con estos argumentos

contra quiénes se escribe...

de qué vanguardia hablamos...

desde cuál perspectiva...)

En el Nunca Jamás de la poesía

(entre lo que inquirimos y

hacia donde volamos)

hasta cuándo se animará algún crítico

a ponerle la campanita al tigre

para empezar el diálogo...

Por el contrario

(según lo que he leído)

so pena de parecer antiguo

nunca hay jamás en la palabra tiempo.

Aseguran que en el cristal humano

las arenas del libro no dejan de caer

como las hojas.

Sin conocer bastante a quien no me conoce, cruzo su nombre al mío.

¿Piensan así los libros en el hombre que leen?

¿Es su pulpa tan segura y flexible

como los comentarios que podemos hacernos

de todo lo ignorado?

¿Vale la pena desancorar las dudas

si el silencio es el viaje?

Sobre lo ya expresado, resta elevar las velas.

Dicen que se navega a solas en la sangre

y es común a los hombres

agolpar las palabras en esa breve carta

de larga despedida.

Tras otro árbol oculto tantas preposiciones.~