Los márgenes del canon | Letras Libres
artículo no publicado

Los márgenes del canon

Algunas similitudes entre los pretextos para no leer y los agumentos para defender el canon.

Imaginemos, ingenuamente, que un editor está a punto de publicar dos novelas igual de buenas que, además, tratan del mismo tema. Los autores tiene la misma edad, provienen de la misma clase socioeconómica y se ven muy bien en la foto de la solapa (aunque siempre importa, por ahora no nos fijaremos si son hombre o mujeres). En el proceso de edición participó el mismo equipo de colaboradores –correctores, diseñadores, publicistas–, los libros tienen el mismo color de portada y la misma fuente tipográfica, el tiraje será el mismo, y cuando comience la distribución habrá el mismo número de ejemplares de cada uno en las mesas de novedades.

Hasta ahora no se ha encontrado una explicación satisfactoria sobre por qué hay libros que venden más que otros, de la misma manera en que hay un sinnúmero de opiniones sobre por qué hay libros que en su momento se consideraron importantes y se leyeron mucho pero varios años después cayeron en el olvido. 

Benditas frases hechas.

La trampa está en otro lado. ¿Es posible decir que dos libros son igualmente buenos? O mejor: ¿bajo qué criterios podría argumentarse que dos libros poseen la misma calidad?, ¿para qué serviría eso? O al revés: ¿que un libro se considere importante significa que se lee mucho?

Responder, o intentar responder estas preguntas sería tan ocioso y absurdo como plantearlas, por eso hay que ir hacia los márgenes. Y en los márgenes está la similitud que existe entre las maneras como justificamos que hay libros olvidados, que aunque en algún tiempo fueron célebres no han merecido la permanencia en el canon, y los argumentos que comúnmente se escuchan cuando justificamos no leer nada, en general, y no leer los grandes clásicos, en particular.

Aquí hay cinco ejemplos:

Ya no responde al contexto actual

Es decir, que por alguna razón se piensa que el libro que no estamos leyendo o que ya no se lee ha perdido relevancia en el presente. Esto puede ser por rasgos de estilo (suena avejentado), de estructura (o experimental o clásica), de punto de vista (la aproximación al tema resulta ingenua en el presente). Los motivos por los que no menciono títulos están en el apartado número tres.

Pertenece a otro “gusto”

Muy parecido al apartado anterior, pero tienen menos que ver con la relación del texto y  sus referentes y más con los cambios en las manera de escribir y leer. La diferencia se explica más o menos de la siguiente manera: no es lo mismo escribir un soneto pensando en el siglo XVII que pensando en el siglo XXI: la estructura puede ser la misma, pero la conciencia desde la cual se componen los versos altera el resultado. No hay juicio de valor implícito, porque el libro que no estamos leyendo puede responder a cualquiera de las dos tendencias que nos desagrade.

El imperativo personal

Por personal me refiero a los demás: no se trata de lo que yo no leo, sino de lo que no leen los demás. Usualmente, este discurso es jerárquico y conservador y parte de la idea de que la gente no lee lo que me gusta por ignorancia o pereza. Usualmente, también, está detrás el miedo frente a lo que se considera nuevo, novedoso o exitoso, opuesto al canon personal, que con frecuencia tiende hacia lo oficializado. Así, la pelea es entre lo bueno –para mí– y la moda –lo que leen los otros. Esta es la razón por la que evito los ejemplos: todo libro olvidado tiene un lector que se considera agraviado por ese olvido, como si el papel del lector fuera la defensa y el mantenimiento del valor literario.

La falta de preparación

Esta es una idea que ha trascendido el ámbito académico y que se ha instalado en el imaginario de todo no-lector. No estoy leyendo tal o cual libro porque no estoy preparado, porque mi bagaje de lecturas no es suficiente para entenderlo y, por lo tanto, disfrutarlo, tanto como debería.

El libro de culto

Esta razón es un poco menos explícita. La categoría de “libro de culto” es un valor canónico de por sí, aunque el culto se de en los márgenes del gusto popular. Así, cualquier libro considerado de culto queda excluido del Canon, con mayúscula, pero también se mantiene distante del lector no especializado, que ignorará la existencia de este libro hasta que entre en un más amplio circuito comercial.

Al final, se trata de pensar que quizá haya una línea muy delgada entre lo que el canon busca preservar y la no lectura como práctica institucionalizada.