Los lingüistas y el traje nuevo del emperador | Letras Libres
artículo no publicado

Los lingüistas y el traje nuevo del emperador

Las conocidas “guías del lenguaje no sexista” –entre ellas las de la Junta de Andalucía, Comisiones Obreras y varias universidades– que dieron pie al ya célebre informe de la rae firmado por Ignacio Bosque no son, aunque a veces lo parezca, compendios de verdad revelada en una zarza. Son, por el contrario, mundanales procesos de intervención psicosocial, en los que se busca conseguir un beneficio para la sociedad y en los que se invierte en ocasiones dinero del contribuyente. Una evaluación por parte de profesionales cualificados no solo es pertinente, sino que debería ser protocolaria.

El primer paso es realizar un diagnóstico: ¿existe realmente un problema social que debe ser resuelto? La respuesta es indudablemente afirmativa. Las mujeres nos encontramos en una situación de inferioridad y de invisibilidad, sujetas a marcados estereotipos que limitan nuestra libertad. Y las lenguas, como los objetos socio-históricos de transmisión cultural que son, están obviamente relacionadas y son una parte del problema de desigualdad entre géneros.

En segundo lugar, debemos evaluar si la intervención es posible y tiene visos de tener éxito. Esto es, si intervenir en los hechos lingüísticos del modo en el que indican las guías conllevará un cambio en las producciones lingüísticas de los hablantes y si este cambio, de producirse, contribuirá a la solución del problema detectado. Y es en este asunto en el que cabe distanciarse de los autores y defensores de dichas guías. El éxito de la intervención se ve amenazado, antes que nada, por su naturaleza prescriptiva. Desde hace un tiempo, la libertad connatural al hablante se ve reducida en los miembros de la administración del Estado: a los funcionarios se les instruye para que obren de una determinada manera, so pena de amonestación. Esto implica una importante necesidad de medios que instruyan, revisen y en su caso penalicen. Dedicar fondos públicos está justificado cuando las medidas son útiles y necesarias. Desgraciadamente, en este caso no hay un estudio controlado que asegure que los cambios que propugnan las guías puedan llegar a tener éxito (ni aun con la amonestación pertinente) y aun peor, no está demostrado que, si lo tuvieran, consiguieran el cambio social buscado. Yo creo que no. Y lo creo porque la mayor parte de las guías presenta una falta de reflexión sobre lo que es el lenguaje en general y el acto referencial en particular.

El lenguaje, como cualquier conducta humana habitual, está compuesto por decisiones inconscientes y conscientes. Pensemos en el sistema motor. Para poder subir el escalón de la puerta de casa, mi cerebro sabe cuántos centímetros tiene que elevar el pie, aunque yo no soy consciente de esa información. Ahora bien, soy yo la que elijo el camino que tomo. Con el lenguaje es similar: las operaciones formales (gramaticales) son inconscientes. Yo no decido habitualmente cómo hacer las concordancias. Las hago, sin más. Sin embargo, elijo qué palabras utilizo. Obviamente, la parte inconsciente se puede concientizar, pero esto provoca un coste de procesamiento mayor y un peor resultado. Si trato de subir el escalón de casa pensando en lo que hago, probablemente me caiga. En este sentido, es más adecuado intervenir en la parte consciente del lenguaje (la elección del léxico, por ejemplo), que en la parte inconsciente. La intervención en lo inconsciente es posible y a veces necesaria, pero se requiere una mayor justificación, ante el peligro de que el hablante sufra un cansancio y abandone.

La parte inconsciente del lenguaje tiene aspectos de carácter formal (gramatical, como las concordancias o el género de las palabras) y aspectos de carácter significativo (significados implícitos). Las guías se centran en los primeros, pero no ha habido un estudio controlado que pruebe que los procesos gramaticales inciden en los fenómenos de desigualdad entre hombres y mujeres. Por el contrario, se ha demostrado en muchas ocasiones que los fenómenos puramente gramaticales no correlacionan con fenómenos culturales. Por otro lado, las guías no suelen tratar aspectos relacionados con las implicaturas o presuposiciones sexistas. Posiblemente falta una reflexión profunda sobre estos asuntos y de ahí que le den un premio a la igualdad a un anuncio de detergente que dice “ellos también pueden”, donde la presuposición sexista es que nadie duda de que una mujer pueda realizar labores domésticas.

En general (a excepción de la guía de la Universidad de Málaga, que va por el buen camino), las guías tratan de evitar todo uso del masculino genérico, a pesar de que no está demostrado que todos los masculinos genéricos sean iguales. Es cierto que el uso genérico del masculino singular (he ido al médico, cuando es una mujer) debería ser evitado. El asunto no es tan claro en muchos de los usos masculinos plurales (los alumnos deberán pasar un examen). No obstante, las medidas suelen estar centradas en estos últimos. Algunas, como la duplicación (los alumnos y las alumnas deberán pasar un examen) o el uso del colectivo (la población estudiantil deberá pasar un examen) pueden aconsejarse como medida puntual ante ambigüedad, pero no se puede pretender que se usen de forma sistemática. Otras son absolutamente ineficaces y contraproducentes. Cabe destacar la de buscar palabras que tengan la misma forma fonológica para el femenino y el masculino (cada estudiante deberá pasar un examen). Esta iniciativa obvia el hecho de que no hay palabras neutras para referirse a seres sexuados. Todas las expresiones referenciales que se relacionan con seres sexuados se interpretan de forma sexuada. Y en la mayoría de las ocasiones, el referente prototípico es el masculino, por nuestro sesgo sexista cultural. Los que me obligan a utilizar estudiante en vez de alumno parecen ignorar que ambos consiguen hacernos invisibles de igual modo.

Los responsables de las “guías del lenguaje no sexista” no son los únicos guardianes de la preocupación por la igualdad real. Son personas que, con el propósito de ayudar a dicha igualdad, han propuesto una vía de intervención. Desde una preocupación vital tan intensa y cierta como la suya, yo diría que esa vía tiene importantes sesgos y es necesario revisarla. Decir que el emperador anda desnudo no nos convierte en enemigas de la causa feminista. ~