Los juegos de la selección | Letras Libres
artículo no publicado

Los juegos de la selección

El 09/09/09 tenía que ser un día sospechoso. Un predicador cumbiero con unas latas de Jumex que simulaban ser una bomba secuestró un avión y dejó sus discos en él. Bien dijo Vila-Matas que se necesitaba ser muy extraño para parecerle extraño a los mexicanos. Un día raro: en Europa, por primera vez en la historia del futbol, el equipo de las Islas Faroe –un archipiélago al norte de Inglaterra y al poniente de Noruega, centro generador de salmones y bacalaos para el mundo– ganó un partido eliminatorio para el Mundial. Ahora sólo queda San Marino como poseedor de ese orgullo derrotado. Nuestro país, tan propenso a creer en las maldiciones, tenía razones para pensar que, como lo anunciaron los hondureños, anoche se presentaría la desgracia de nuestro sino fatal. Pero no, una vez más se demostró que el equipo que juega a empatar, pierde.

Los agoreros a los que les pagan por cacarear se han cansado de argüir que las distancias se han acortado. Aun así, Brasil es el líder de la eliminatoria sudamericana; España, Inglaterra, Holanda y próximamente Italia y Alemania calificarán sin mayor problema, y Estados Unidos y México son los primeros lugares de la zona concakafkiana. Sólo Argentina, inmersa en la superstición de la idolatría, está en problemas, pero me parece que su capacidad les permitirá superarlos. Desde 1977, de 16 mundiales sub 20, Brasil y Argentina han ganado 10. Es verdad que las distancias se han acortado, pero los que ganan siguen siendo los mismos.

En consecuencia, nos daremos cuenta que las victorias son por la mínima diferencia. Desde la década de los setenta, el futbol abandonó su lado lúdico para ingresar en el atlético. El juego fue más veloz, los espacios se cerraron y el talento se ha intercambiado por la fuerza. Ahora queda cada vez más lejos la sentencia de Zagallo en 1970, cuando le preguntaron qué iba a hacer con tres creativos –Pelé, Gerson y Tostao–, y dos extremos –Rivellino y Jairzinho: “ponerlos a jugar, el talento no sobra”. Actualmente, muchos dirán que ése sería un equipo sin balance, que no tendría quién marque en el medio, pero bueno, ese es un problema para los defensas, y como no hay mejor defensa que un buen ataque, hacer 5 goles siempre es mejor que recibir 3 o 4. Hoy en día nadie jugaría así: lo importante es el equilibrio en la media cancha.

Exceptuando el partido contra nosotros, Estados Unidos, ese trabuco que ha modificado al futbol moderno, ha ganado sus partidos por un gol. México ha conseguido ese equilibrio y ahora defiende el 1-0 con los dientes. No importa que la defensa siga pareciendo insegura, que el portero parezca nervioso con cada balón que se acerca, que a la hora de salir, como Bartleby, prefiera no hacerlo. México ha empezado a ganar como equipo moderno, 1-0. Sin embargo, nuestro problema ancestral se mantiene: como no tenemos un depredador del área rival, meter un gol es un triunfo en sí mismo. Anoche Honduras –increíblemente, pues sus mejores jugadores son los que atacan– jugó con línea de seis en la defensa. Era evidente que tendríamos pocas oportunidades en el marco contrario (por eso hay que pegarle con la cabeza, Sabah, no con la nariz). El sábado con espacio en Costa Rica, Giovanni los hizo polvo; ayer, sin él, no era un juego para la velocidad del campeón sub 17.

Desmond Morris se preguntó qué pasaría si llegara una nave espacial y aterrizara en la cancha del Monumental de River en plena final del 78. Me parece que anoche, en pleno día del absurdo, tampoco sabríamos qué decirles.

– Carlos Azar