Los escritores contra la libertad | Letras Libres
artículo no publicado

Los escritores contra la libertad

El PEN ha concedido un premio por su defensa de la libertad de expresión a Charlie Hebdo. Las protestas de algunos escritores están equivocadas: es un galardón merecido.

El PEN American Center ha dado el premio PEN/Toni and James C. Goodale Free Expression Courage Award a Charlie Hebdo, el semanario francés que sufrió un ataque terrorista en enero. A primera vista esta distinción parece poco discutible: uno diría que Charlie Hebdo, que ya fue objeto de amenazas y atentados por publicar chistes y ha seguido saliendo después de la masacre, ha mostrado algo de “coraje” en su ejercicio de la libertad de expresión.  Sin embargo, seis escritores anunciaron su desacuerdo y dijeron que no irían a la cena. Son Francine Prose, Teju Cole, Peter Carey, Michael Ondaatje, Rachel Kushner y Taiye Selasi. Numerosos autores –como Paul Auster, Salman Rushdie, Simon Schama o el presidente del PEN Andrew Solomon– han reivindicado la oportunidad del galardón y la revista recibió una ovación en la gala de entrega, celebrada esta semana, pero otros se han adherido a la protesta. 

Más de 200 escritores firmaron una carta donde, entre otras cosas, se dice:

Después de los ataques, se dijo que las caricaturas de Charlie Hebdo ofrecían “ofensa con igualdad de oportunidades”, y la revista parece ser totalmente sincera en sus expresiones anárquicas de desdén coherente hacia la religión organizada. Pero en una sociedad desigual, la ofensa con igualdad de oportunidades no tiene un efecto igual.

El poder y el prestigio son elementos que se deben reconocer a la hora de considerar casi cualquier forma de discurso, incluyendo la sátira. Las desigualdades entre la persona que tiene la pluma en la mano y el sujeto que esa pluma pone en el papel no pueden, y no deben, ignorarse.

Para la sección de la población francesa que ya está marginada, acosada y victimizada, una población formada por el legado de las empresas coloniales de Francia, y que contiene un gran porcentaje de devotos musulmanes, las caricaturas de Charlie Hebdo deben parecer destinadas a provocar humillación y sufrimiento.

Adam Gopnik ha relacionado este tipo de argumentos con el sketch de Louis C. K. sobre la estructura “por supuesto/pero tal vez”, donde la segunda parte de la oración es más fuerte: por supuesto, el asesinato de periodistas es repugnante, pero tal vez… Estos escritores piensan que, por supuesto, la libertad de expresión está muy bien, pero tal vez en algunos casos hay que limitarla. Uno no puede reírse de las creencias de gente que se encuentra en una posición más desfavorecida. Esta “suspensión” podría cambiar algunas cosas en la historia del arte, y nos obligaría a censurar la novela picaresca, buena parte del Quijote, toda la obra de Luis Buñuel y unos cuantos sketches de Monty Python. También, si somos coherentes, quizá habría que ir hasta el final. A menudo, los movimientos extremistas reciben el apoyo de personas que tienen problemas económicos y poco capital educativo. ¿Cómo podríamos burlarnos de la ideología del Frente Nacional o de UKIP, o de cualquier partido apoyado por clases “bajas”? Si unos militantes de extrema derecha atacaran un medio de comunicación crítico con sus ideas, ¿los escritores que firman la carta reprocharían a los periodistas su falta de sensibilidad?

Pocos días después de los asesinatos, Teju Cole publicó en The New Yorker  un artículo donde aparecen algunas de las ideas que han esgrimido los opositores al premio: “Los acontecimientos de esta semana [la masacre] han ocurrido ante el telón de fondo de la fea historia colonial francesa, su considerable población musulmana, y la supresión, en nombre del laicismo, de algunas expresiones culturales islámicas, como el hiyab. Los negros apenas lo han tenido más fácil en Charlie Hebdo: una de las imágenes de la revista muestra a la ministra de cultura Christiane Taubira, originaria de Guayana Francesa, como una mona (naturalmente, la defensa es que se usa el racismo para satirizar el racismo)”.

En Francia hay una población numerosa de origen musulmán, y parte de esa población tiene dificultades, pero es un país democrático que defiende la igualdad ante la ley y que ha realizado esfuerzos destinados a la integración. En Francia se prohíben los símbolos religiosos ostentosos en la escuela (la norma también incluye la kippa y crucifijos grandes), pero nada impide llevar un hiyab fuera de ella. Más tarde se aprobó una ley que prohíbe la ocultación del rostro en el espacio público y se aplicaría, entre otras cosas, al velo integral, pero no únicamente. Y “algunas expresiones culturales” en sí no significa mucho, porque hay “expresiones culturales” que no tienen lugar en una sociedad democrática. Cole pasa de la sociedad francesa a la revista para decir que los negros no lo han tenido más fácil (¿?) y cita una estratagema que puede ser más o menos acertada, pero que se ha empleado a menudo y que utilizó precisamente la publicación donde apareció el artículo para burlarse de quienes presentaban a Barack Obama como un musulmán. Cole decía que la revista había sido “específicamente antiislámica”, aunque si hubiera prestado un poco más de atención habría visto que entre 2005 y 2015 solo siete portadas, de 523, estuvieron dedicadas al islam. Teju Cole decía que la revista “sentía una alegría particular al violar el tabú islámico de la representación del profeta Mahoma”. Lo de la alegría no lo sé, pero si Cole cree que puede adivinarlo, qué voy a decir yo. Sorprende un poco más que el autor de Ciudad abierta insinúe que las revistas deben permitir que los tabúes religiosos dicten su contenido.

Eliot Weinberger, tras decir que los periodistas de Charlie Hebdo eran valientes y corajinosos y explicar que comparten esta cualidad con “células terroristas” y grupos dedicados al odio, escribía en London Review of Books que lo de la ofensa con igualdad de oportunidades “soslaya el hecho de que, para un grupo de tipos blancos en un país católico, burlarse del papa no es lo mismo que categorizar una minoría en dificultades en ese país como idiotas con la cabeza envuelta en toallas”. No todos los trabajadores de Charlie Hebdo (ni de las víctimas del atentado) han cometido el pecado de ser blancos. Entre los fallecidos estaba el editor Mustapha Ourrad, entre los supervivientes Zineb El Rhazoi. Francia es un Estado laico desde 1905. Y, por otro lado, en los Estados católicos, históricamente, burlarse del papa no era siempre lo más cómodo.

Francine  Prose se justificó diciendo:

El relato [the narrative] de los asesinatos de Charlie Hebdo –europeos blancos asesinados en su oficina por extremistas musulmanes– encaja limpiamente en los prejuicios culturales que han permitido que nuestro gobierno cometa tantos errores desastrosos en Oriente Medio. Y la idea de que uno está “con nosotros o contra nosotros” en estos asuntos no solo impide un pensamiento cuidadoso y racional, sino que también tiene un efecto escalofriante sobre nuestro derecho a la libertad de expresión y de palabra que todos nosotros –y toda la gente del PEN– trabajamos infatigablemente por garantizar.

Como señaló Nick Cohen, la elección léxica de “relato” muestra una deshumanización. Si uno escribe que una violación o un asesinato es un relato, la víctima queda un poco más lejos. Se convierte en un símbolo, no en una persona. La expresión tiene un leve aire posmoderno y al leerla pensé en el titular de The Onion que cita Steven Pinker en The Sense of Style: “Jacques Derrida ‘Dies’”. Es llamativa la estrechez de miras de Prose: el problema para ella es que este relato o narrativa tiene un efecto “escalofriante” sobre “nuestro” derecho a la libertad de expresión. Bueno, a otros los mataron.

Los argumentos ni siquiera se sostienen en sus propios términos. Si los confrontamos con la realidad se aguantan todavía menos. Rachel Kushner habló de “intolerancia cultural” y Peter Carey ha acusado a Francia de “arrogancia cultural”. Sin embargo, en este caso son los escritores que han rechazado el premio a Charlie Hebdo los que han mostrado una prepotencia cultural, que entre otras cosas se manifiesta en las numerosas inexactitudes de los textos que han dedicado al asunto: ni siquiera han sentido la necesidad de comprobar los datos, quizá porque no hay que dejar que la realidad estropee un buen prejuicio sobre los prejuicios de los demás. Así, comparan a Charlie Hebdo, una revista de izquierda, irreverente, heredera del 68, desafiante con la autoridad y crítica furibunda del Frente Nacional, con neonazis. ¿Quién es SOS Racisme, por ejemplo, para llamar “antirracista” a Charlie Hebdo, frente a la seguridad de un escritor que no sabe francés? El presidente de SOS Racisme viajó a la gala de entrega para apoyar al semanario, pero ¿qué sabrá él? Hemos visto una vez más que un sector de la izquierda, revestido de una superioridad, defiende posiciones reaccionarias. Aunque su crítica se basa en una acusación tácita o explícita de racismo contra Charlie Hebdo (y no mencionan que los atentados contra el semanario vinieron acompañados de un asalto a la comunidad judía francesa, lo que podría parecer un ejemplo bastante claro de racismo), su postura se parece mucho a la de los racistas. Como los racistas, no son capaces de discriminar, de hacer distinciones.

En primer lugar, confunden criticar una ideología o una religión con atacar a las personas. Establecer esa diferencia es básico para el debate. Además, los escritores que se oponen al premio a Charlie Hebdo (como Weinberger cuando dice que ninguna persona no blanca entendería que el chiste que presentaba a la ministra de justicia como una mona no es racista sino una sátira del racismo) encierran a todos los musulmanes en la misma categoría. Dejan de lado a los musulmanes liberales y a los exmusulmanes. Olvidan a muchas personas que arriesgan la vida al cuestionar las interpretaciones oficiales de la religión. Les dejan pocas salidas: en sus países de origen los persiguen por su heterodoxia y en los países occidentales no deberían publicar porque causan “sufrimiento y humillación” a una minoría desfavorecida. Aunque teóricamente defienden del prejuicio a esa minoría, los escritores que se oponen al premio a Charlie Hebdo suponen que todos los musulmanes se sienten igualmente ofendidos, como si no hubiera otra opción ni supieran ver las cosas de otro modo, e ignoran el hecho de que la inmensa mayoría de los musulmanes europeos acepta las reglas de la democracia y se opone al uso de la violencia. Al entender el mundo solo en comunidades, los críticos del premio dejan desprotegido lo que el periodista Flemming Rose define como “la minoría más importante que debe proteger una democracia”: el individuo. Ponen patas arriba la noción de responsabilidad: el responsable según ellos es quien publica y no quien reacciona violentamente ante esa publicación. Se dedican a producir y analizar textos, pero minimizan la diferencia que hay entre un chiste ofensivo y una bala en la cabeza. Esa distancia es la civilización.

Todos los países tienen contradicciones cuando hablan de la libertad de expresión. Francia ha detenido a personas que manifestaron su apoyo a los atentados. La sanción del negacionismo también alienta la sensación de doble rasero. Negar el exterminio de millones de personas es diferente al humor sobre asuntos doctrinales y criaturas imaginarias. La blasfemia es un crimen sin víctima. Aun así, es preferible que la libertad de expresión sea lo más amplia posible, y que solo se proscriban las palabras que sean una incitación clara y directa a la violencia. El Estado y la sociedad civil tienen que favorecer la integración de las minorías y luchar contra las desigualdades. Hay que combatir los prejuicios y favorecer la integración de formas de vida distintas; hay que hacerlo por el bien de los individuos y para que nuestros países sean mejores. Pero los asesinos no son representantes de los musulmanes ni portavoces que denuncian la injusticia o el racismo. Lo que les molesta de Occidente no es la desigualdad o la falta de oportunidades, sino lo mejor: el pluralismo, la diversidad de opiniones, la libertad para vivir sin estar sujeto a la ley religiosa, la idea de que nada es sagrado salvo la posibilidad del intercambio de ideas. 

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