Los diez años de YouTube y la memoria | Letras Libres
artículo no publicado

Los diez años de YouTube y la memoria

Una década después de su creación, YouTube es una vastísima base de datos audiovisuales y cambió para siempre nuestras estructuras mentales y nuestra forma de recordar.

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El escritor Andrés Neuman nació en Buenos Aires en 1977. Radicado en España desde los doce años de edad, a los 26 narró su infancia en la novela Una vez Argentina. Once años después, en 2014, Alfaguara editó una reescritura (el autor prefiere llamarla así y no “edición corregida”) del mismo libro. Consultado por la influencia del paso del tiempo en esta nueva versión de la novela, después de hablar de su madurez personal y los cambios en su prosa, Neuman se refirió a “las circunstancias históricas en que uno mismo escribe y las herramientas técnicas de las que dispone en cada momento”. Dijo:

“No solo tuve ocasión de consultar en línea textos remotos y diarios viejos, sino programas de televisión que de niño había visto en directo. Fue muy extraño, casi alucinógeno, volver a ver mi propia infancia en YouTube y poder repensarla críticamente. Creo que este fenómeno modifica drásticamente nuestro modo de aproximarnos a la escritura memorialística.”

Ese tipo de escritura es sólo uno de los tantos campos vinculados con la memoria transformados de manera drástica por internet en general y YouTube en particular. Hasta hace un par de décadas, recordar era un ejercicio —valga la aparente redundancia— puramente memorístico. Ya no. Internet lo cambió todo. El hecho de que, en muy pocos años, pasáramos a tener acceso a una base de datos mucho más grande que cualquiera imaginada hasta entonces, modificó nuestras estructuras mentales. Dejó de hacer falta ir a consultar una enciclopedia o preguntar a un especialista, al que se acordaba de todo, al que conservaba los periódicos antiguos. En internet está todo.

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Nos acostumbramos a todo, y a lo bueno nos acostumbramos más rápido. Quizá por eso nos resulta lejana, casi inverosímil, la época en la cual si queríamos rememorar un fragmento televisivo, escuchar una canción o volver a ver un gol, no teníamos manera de hacerlo. Pero YouTube existe desde hace apenas diez años, una década, un lapso de esos que, para otras cosas, sentimos que se nos van en un abrir y cerrar de ojos.

La plataforma de videos se lanzó oficialmente el 14 de febrero de 2005. El dominio se activó al día siguiente, y el primer video fue subido más de dos meses después, el 23 de abril. Ese documento se puede ver hoy casi como una reliquia histórica: Me at the zoo (“Yo en el zoológico”), una grabación de lo más sosa, de 18 segundos de duración, en la que un joven dubitativo, que parece obligado a estar allí, parado junto al recinto de los elefantes, afirma que lo mejor que tienen esos muchachos es una trompa verdaderamente larga. “Y eso es casi todo lo que hay para decir”, agrega.

Ese joven dubitativo era Jawed Karim, uno de los tres exempleados de PayPal que fundaron la empresa. En un garaje de Silicon Valley, si es que hemos de creer en el mito de origen. La historia desmintió enseguida su frase final: sí que había algunas cosas más para decir. Este video tiene más de 17 millones de reproducciones y 120 mil comentarios. Apenas un año y medio después de su creación, cuando casi todo el mundo dudaba aún de la posibilidad de generar ingresos a través de una plataforma gratuita como YouTube, Google pagó 1.650 millones de dólares para quedarse con ella.

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“Aquello fue un gran punto de partida, pero a la vez qué fácil se te olvida”, decían Los Rodríguez en la canción Diez años después, editada en 1995. Ahora, veinte años después, añadimos: pero a la vez, con YouTube, qué fácil se puede volver a recordar. O —en palabras de Neuman— volver a ver la infancia.

En internet está casi todo. Pero no todo, es verdad. Los argentinos sabemos que había un presentador de TV llamado José Gómez Fuentes que, durante las largas semanas de la guerra de Mavinas, en 1982, comenzaba el noticiero con la frase: “Estamos ganando”, incluso cuando la capitulación era inminente. Pero esas famosas palabras no están en YouTube.

Tampoco está la huida de la famosa gimnasta, también argentina, que hacía su programa en vivo y lo abandonó para siempre justo después de que se le escapara una flatulencia. Como tampoco está la famosa cámara oculta española de Ricky Martin y la niña de la mermelada… Pero estos dos casos sería imposible que estuviesen, por una sencilla razón: nunca ocurrieron. Fueron leyendas urbanas televisivas que quedaron grabadas en la memoria de varias generaciones. Seguramente cada país tiene las suyas propias.

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Muchos científicos han afirmado que las áreas del cerebro que trabajan cuando recordamos y cuando imaginamos son prácticamente las mismas. De ahí que muchas personas crean recordar, con absoluta buena fe, lo que en realidad nunca han percibido con los sentidos. Lo que hacen es inventar recuerdos.

Infinidad de relatos de ciencia-ficción han imaginado la posibilidad de que, en algún futuro, todos seamos observados y filmados todo el tiempo, y que el registro audiovisual de nuestros actos sea total. Más allá de cuestiones de privacidad, eso se podría ver como el triunfo de la memoria absoluta, ya que habría un archivo de todo y nada quedaría condenado al olvido. O lo contrario: si Platón reprochaba a la escritura el riesgo de perjudicar la memoria, si el uso de las calculadoras nos pone cada vez más difícil recordar la tabla del siete, ¿no nos haría aún más perezosos el hecho de que cualquier recuerdo pudiera recuperarse de una forma tan simple como dándole al play?

En cualquier caso, todavía falta para eso. Lo que tenemos es YouTube. Para ver de nuevo los mismos goles o videoclips, para repensar críticamente el pasado. Para afirmar que lo que vemos allí existió. Para darnos cuenta de cómo la memoria a menudo nos engaña, de que los hechos siguen siendo los mismos y los que cambian son nuestros recuerdos, es decir, nosotros mismos.