Los caballos bailarines | Letras Libres
artículo no publicado

Los caballos bailarines

El emperador Hsuan Tsung tenía cien caballos que aprendieron a bailar. Fueron divididos en dos conjuntos: los Bailarines del Lado Izquierdo y los Bailarines del Lado Derecho. De cuando en cuando del extranjero llegaban, como tributos, unos caballos igualmente finos que el emperador destinaba a un entrenamiento especial para que lucieran al máximo sus destrezas. Tenían nombres de distinción y afecto: el Mimado Imperial, el Favorito de Palacio, etc., portaban mantos de fino bordado y riendas trenzadas con oro y plata, y bailaban al compás de la Tonada de la Copa Inclinada, que tiene más de veinte ritmos. Y cada uno de sus movimientos se ajustaba perfectamente a la música.

Construyó asimismo el Emperador una plataforma de madera con tres estadios. Por una rampa los caballerangos conducían a los caballos al estadio superior, donde danzaban con deslumbrante vivacidad, o bien un hombre de fuerza titánica sostenía con los brazos levantados un tablado en el que bailaba uno de los caballos. Los músicos, sólo jóvenes de gran belleza, todos con camisas de color amarillo pálido y con cinturones de jade tallado, se dividían durante estas representaciones en cuatro bandas, colocadas a derecha e izquierda, al frente y detrás. Y al celebrarse el cumpleaños del emperador los caballos le daban una función especial al pie de la Torre del Difícil Gobierno.

Entonces [año 755 d. C.] llegó la revolución de An Lu-shan. El emperador se refugió en Szechwan y los caballos bailarines, a los que An Lu-shan habia admirado a menudo en la corte, fueron llevados al cuartel de Fan Yang. Al ser derrocado An Lu-shan, pasaron a manos del general T’tien Ch’eng-su, quien, desconociendo el origen y el arte de los bellos animales, los envió a los establos comunes, con los caballos del ejército. Un día hubo un banquete en las barracas y la banda de música tocó algunas piezas que los caballos conocían, y se pusieron a bailarlas. Bailaron y bailaron y bailaron, y los mozos del establo creyeron que estaban embrujados y empezaron a golpearlos con estacas. Los caballos pensaron que los castigaban por no llevar bien el ritmo y se esforzaron aún más en afinar su baile. Por fin el caballerango mayor informó al general T’ien que los caballos se comportaban de modo inconveniente. “¡Denles una paliza con todas sus fuerzas!”, ordenó el general. De manera que cuanto más y mejor bailaban los caballos más despiadadamente fueron castigados a estacazos, hasta que iban cayendo al suelo y morían.

Algunos soldados sabían ya que se trataba de los caballos bailarines de Hsuan Tsung, pero, como el general T’ien era hombre de carácter violento, nadie osó interrumpir aquella matanza.

[Cheng Ch’u-Hui, cronista chino del siglo IX]

En una tarde de quizá finales de los años setenta, en una librería de viejo donde coincidimos buscando rarezas, Tito Monterroso y Bárbara Jacobs me contaron que estaban antologando cuentos tristes para un libro y que tenían algunos con animales: loro (el de Flaubert), vaca (la de “Clarín”), mono (el escalofriante “Izur” de Lugones), perros (uno de Thomas Mann, otro de Bellow), etc., pero ninguno con caballo. Les dije que recordaba haber leído un cuento tristísimo con caballos chinos que una noche me había desvelado y que lo buscaría para ellos.

No pude cumplir la promesa porque no encontré el texto, y cuando 1983 los dos autores publicaron en la editorial Hermes la Antología del cuento triste, había en ella, sí, un cuento triste con caballo (“La gran rubia”, de Dorothy Parker), pero no estaba la historia de los caballos chinos, los cuales, aunque siguieron perdedizos, no dejaban de bailar fantasmalmente en mi memoria.

Encontré el relato veinticinco años más tarde en mi colección de la Revista Mexicana de Literatura (nº5, julio-agosto de 1956), pero no se trataba precisamente de un cuento, sino de un relato escrito hacia 850 por un tal Cheng Chu-Hui, cronista o historiador, y recogido de quién sabe cuál de los maravillosos libros de Arthur Walley sobre literatura china.

Y aquí va algo abreviado y muy poco sintácticamente modificado por mí el que a mi juicio es uno de los relatos más bellos y a la vez más atroces y tristes que la realidad y una prosa escalofriantemente impasible hayan puesto en el papel. Es una historia real, muy lateral y pequeña respecto a la gran Historia con mayúscula, pero acaso puede ser leída como una fábula ejemplar acerca de artistas y hombres poderosos.