Los amenazantes gladiolos | Letras Libres
artículo no publicado

Los amenazantes gladiolos

La cobardía de los ubúes Castro ya alcanza niveles épico-líricos. Ya su miedo es ampliamente democrático: ya empiezan a temer a cualesquiera cubanos por igual y tiemblan hasta de que pueda herirlos, como diría José Martí, el roce de un gladiolo. Último significativo ejemplo: la represión a unas mujeres, las damas de Blanco cubanas, que realizan de cuando en cuando un acto tan agresivo, tan contra la Patriomuerte, como caminar por la Habana, vestidas de blanco y con temibles gladiolos, en protesta por el encarcelamiento de hijos, hermanos o esposos encarcelados. A estas peligrosas mujeres los valientes Castros les envían policías a secuestrarlas express, y complementan el operativo con una iracunda, aulladora turba de patriaomuertistas (entre los cuales más de alguno estará ganándose así la patética libreta de racionamiento) a gritarles “¡La calle es de Fidel!” (¿nada más la calle?, ¿empezará a ser modesto?). De este asunto trata y medita Yoani Sánchez en su blog que, también, ¿faltaría más?, hace trepidar de susto a la parejita de dueños de la “isla caimancito” (frase que Cortázar dixit.)

El legado

Vienen tiempos difíciles. Soy optimista a largo plazo, pero la desazón me embarga ante los años que se avecinan. Hay demasiada crispación acumulada. Han sembrado sistemáticamente entre nosotros el rechazo a la opinión diferente y eso no se borra en poco tiempo. Ayer cuando vi a un ama de casa que en tono vulgar gritaba “la gusanera está revuelta” –refiriéndose a la peregrinación de las Damas de Blanco– constaté cuan largo es el camino de la tolerancia que nos queda por delante. Aprender a debatir sin ofender, a convivir con la pluralidad y a respetar las diferencias, tendrá que constituirse en asignatura obligatoria en nuestras escuelas. Será un proceso largo el hacer entender a todos que la diversidad no es una enfermedad sino un alivio.

Temo que el grito se nos haga crónico y que la bofetada siga siendo la vía más rápida para acallar al otro. Me estremece presagiar una Cuba donde se continúa atacando física y legalmente a alguien por su filiación política o su tendencia ideológica. Qué triste país el que tendremos si a las autoridades les sigue pareciendo natural un escarmiento a quienes contradicen la opinión oficial. Ya me resulta bastante enferma una sociedad que asiste pasiva al acoso que sufrieron ayer unas pacíficas mujeres con gladiolos en sus manos. Pero el sectarismo no quedo allí, sino que intentaron justificarlo y por ello prepararon a la carrera un guión para el programa más tedioso de la televisión cubana: la Mesa Redonda. Sin embargo, los televidentes –después de dos horas de estoica escucha– confirmaron que la ausencia de argumentos les ha dejado sólo el insulto, la difamación y las maromas verbales.

¿Por qué no tienen el valor de invitar, a ese aburrido set donde hacen un monologo cada tarde, al menos un par de personas que piensen diferente? El más tímido y parco de los inconformes que conozco los desnudaría con un par de preguntas y con unas breves frases haría tambalear su teoría de la conspiración. Pero no se atreven. Amparados por el poder –no hay peor aliado para un periodista– sustentados su verbo y su pluma con las prebendas y los privilegios, saben que no soportarían la artillería de la crítica. De ahí que ensalzan el golpe, azuzan las consignas y ponen unos videos picoteados para probar que al diferente hay que aplastarlo. Alimentan así el fanatismo, ese germen que amenaza con prolongarse más allá de sus propias vidas: el legado de odios y desconfianza que pretende dejarnos este sistema.