Lo sucesivo y lo simultáneo | Letras Libres
artículo no publicado

Lo sucesivo y lo simultáneo

La guerra es una acción disciplinaria de Dios para educar a la humanidad.

Kaiser Guillermo

En esta mi edad en la que la locomoción ha perdido ya, para decirlo con suavidad, toda inspiración y elegancia, hallé un caso de caminata homicida, de deambulación como tortura. La marcha, como verán, habla mal, pero muy mal, del animal humano. La marcha –que anticipaba las caminatas de la muerte de los presos judíos, organizadas por la Gestapo al final de la Segunda Guerra Mundial, o la marcha de la muerte que perpetraron los turcos contra los armenios– tuvo lugar en Mesopotamia, en plena Primera Guerra.

Unos doce mil prisioneros de guerra ingleses e indostanos capturados en Kut por los turcos (que entraron a la guerra del lado alemán), vigilados por soldados turcos y árabes, echaron a caminar el 6 de mayo de 1916. El segundo día los presos fueron obligados a cubrir quince millas, sin agua y sin sombra. Muchos presos iban descalzos, pues los guardas los habían despojado de sus botas. Si algún prisionero no podía más y se desplomaba, los guardias árabes lo mataban a garrotazos.

La marcha llegó a Basra. El cónsul americano, Mr. Brisell, conmovido por estos sufrimientos, negoció con las autoridades turcas y pagó para que quinientos soldados fueran llevados al hospital, aunque después, claro, fueran regresados a manos de sus captores. Después de una pausa de tres días, sin sombra ni sanitarios, los cautivos restantes fueron obligados a seguir adelante. Al entrar agotados a Tikrit los prisioneros fueron apedreados por los pobladores.

Un soldado inglés abandonado por los turcos en una cueva, después de varios días sin comer, apaleado y delirante, pero vivo, logró arrastrarse hasta un arroyo a beber agua y ahí, entre varios cadáveres desnudos, fue hallado por los británicos. El pobre soldado estaba confundido y se creía un perro.

Esto sucedió en Mesopotamia, donde, como se sabe, dio comienzo la civilización humana.

La noticia de la marcha la encontré en un libro extraordinario. Se trata de la historia de la Primera Guerra Mundial de Martin Gilbert. Martin Gilbert, nacido en 1936, no ha perdido el tiempo: es miembro honorario del Merton College de Oxford, y ha escrito además de esta, entre otros muchos libros, una historia de la Segunda Guerra, otra del Holocausto y otros muchos volúmenes de historia moderna judía, que es una de sus especialidades, o la biografía omnicomprensiva de Churchill en ocho largos tomos.

Su manera de hacer historia narrativa, o de hechos, tiene una amenidad y transparencia que pocos eruditos alcanzan. Esta manera podría llamarse de acercamientos graduales. Arranca, digamos, de la visión amplia que articula hechos generales o abstractos, por ejemplo, causas de la ofensiva inglesa –trágica si las hay– del Somme, número de bajas, razones de su fracaso y demás. Viene entonces un acercamiento a media distancia con algún pormenor, por ejemplo, cómo una sola ametralladora alemana eliminó a más de 350 soldados británicos en una de las cargas, que da una idea de la estupidez de la operación. Y llegamos, por último, al detalle individual con la transcripción de alguna carta o la entrada del diario de algún participante (ningún horror de estos ha contado con tantos testimonios), esto es, cómo se vivió desde la realidad interna de los soldados esta desastrosa ofensiva. Las narraciones son cortas y como van saltando de frente en frente y siempre es escueto, sin palabrería, logra gran agilidad.

Las notas al pie, parte de la suculencia de los libros de historia (las de Gibbon son tan admirables como regocijantes) son en Gilbert de gran eficacia. He aquí un ejemplo, el texto dice algo como: el 4 de agosto dieron comienzo seis ofensivas italianas en el frente de Isonzo que hicieron retroceder a las tropas austriacas. Entre los mandos destacados en esas acciones figuró el coronel Badoglio, que encabezó seis batallones. Nota al pie: “Badoglio a la edad de 44 años va a estar al frente de las fuerzas italianas que ocuparán Abisinia. En 1943 formará un gobierno antifascista en Italia y negociará con los Aliados. En abril de 1944 su gobierno declarará la guerra a Alemania.”

El tiempo se anula, ya no hay sucesión, no se narra. Aparecen personajes antes de ser ellos mismos: un teniente alemán guía a su pelotón, objetivo: capturar cuatro casas enemigas. Para llegar a ellas se arrastra bajo la alambrada de púas y advierte que ninguno de sus soldados se ha atrevido a seguirlo. Regresa arrastrándose, desenfunda su pistola, se dirige a un soldado: “Obedece mis órdenes o en este instante te disparo.” El teniente vuelve a cruzar reptando, esta vez lo sigue todo el pelotón. El teniente, quien será mariscal de campo, es Erwin Rommel. Así aparecen entre otros el cabo Hitler, ya rencoroso; De Gaulle, herido; el general Zhúkov, que ascenderá a mariscal y en esa condición va derrotar a los nazis en Stalingrado y en otras batallas, o el teniente Montgomery, luego mariscal, que va a derrotar a Rommel en El Alamein, de 27 años entonces, que yace por cuatro horas tirado en el campo de batalla, el pecho y la rodilla atravesados por balas. Todos ellos, tal vez predecibles, aunque hay otros que no lo son tanto, por ejemplo, el joven Ho Chi Minh, quien se dio de alta como voluntario para pelear en el ejército francés en esa horrenda guerra. ~