Lo sagrado frente a la violencia | Letras Libres
artículo no publicado

Lo sagrado frente a la violencia

Nuestros muertos deberían convertirse en ese coro de la tragedia griega, el coro extraño de quienes no hablan pero están presentes.

Es significativo que varios estudiosos de distintas épocas, nacionalidades y lenguas, determinen, sin prueba posible pues se encuentra en el principio de nuestra esencia como seres humanos, que la civilización se originó como un acto de violencia. Un asesinato que hizo cómplices a quienes participaron en él y más adelante se convirtió en un acto ritual: el crimen debía ser llevado a cabo —o al menos representado— una y otra vez para generar una cohesión social —cuyo correlato psicológico no podía ser sino la culpa. Sigmund Freud en Totem y Tabú; George Frazer en La rama dorada; René Girard en La violencia y lo sagrado; y Walter Burkert en La creación de lo sagrado; por mencionar a los más estudiosos más importantes, vieron en el asesinato el nacimiento de lo sagrado y a la vez de la civilización, pues el crimen se vuelve tabú y cuerpo social se compromete a no cometerlo excepto bajo determinadas circunstancias: durante la guerra o como sacrificio a los dioses.  

Nuestros periódicos, nuestro acontecer cotidiano, nos sirve diariamente, como señaló Octavio Paz, “el mismo plato de sangre”1: desollados, descuartizados, restos que se encuentran en la basura, mujeres abandonadas en el campo con signos de tortura y de abuso sexual… ¿Cómo relacionar estos actos, sin perder de vista la dignidad humana de las victimas y sin dejar de exigir asistencia por parte de las instancias de derechos humanos, legales y policíacas, con lo sagrado?

Hace un par de meses estuvo en México el dramaturgo de origen libanés, afincado en Quebec, Wajdi Mouawad y tuve la oportunidad de entrevistarlo. Le pregunté sobre la violencia en su obras y la violencia que se ejercía en la tragedia griega. Me contestó que el teatro estaba para resguardar los mitos que servían a la sociedad para reconocer esa violencia como algo más significativo.

¿En qué sentido? ¿Qué deben significar? Los crímenes que vemos a diario no son sacrificios, es decir, no son rituales de fertilidad para devolver a la tierra lo que hemos tomado. Y es precisamente por la desaparición de los mitos y los ritos, que hemos perdido una visión particular al abordar la realidad: la vemos como parte de una estadística, y lo mismo tirios que troyanos la usan como prueba irrefutable tanto del fracaso del Estado como concentrador de la violencia legítima; y por parte del Estado, como signo de la desintegración social en la que debe intervenir (regularmente con más violencia).   

Acaso necesitamos —además, desde luego, de exigir justicia, aclaración de hechos, etcétera— devolverle al crimen una suerte de metafísica, es decir, una resistencia contra la desaparición de antiguas verdades que agregaban a la realidad un rasgo cultural; Walter Burket define cultura como “un sistema de significados realizado, un sistema social caracterizado por formas estandarizadas de comunicación” y agrega “no podemos perderla sin catástrofe, no podemos arriesgarla con experimentos”2. Nuestros muertos deberían convertirse en ese coro de la tragedia griega, el coro extraño de quienes no hablan pero están presentes, el coro sagrado de las víctimas que nos indican el camino a seguir. Esos crímenes —como la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa— parecen estar dotando de una nueva cohesión a la sociedad: fue solo hasta que se convirtieron en hombres y mujeres reales, y no solo en cifras de supuestos “datos duros”, cuando la sociedad pudo reconocerlos como propios.

Ahí está lo sagrado: el respeto a la dignidad humana, el reconocimiento de que todos pertenecemos a la misma cadena y convivimos con un elemento impersonal y preindividual, que los romanos llamaban genio, y que nosotros no alcanzamos a reconocer salvo acaso y mucho más prosaicamente, en lo que llamamos ADN: una carga de realidad que no nos pertenece del todo (pues no la hemos creado nosotros, pero la heredamos) y que debemos honrar y respetar. Lo que se pierde en cada crimen no es sólo un individuo —que las familias, los amigos o la sociedad reconocen como primo, hijo, vecino o votante— sino un aspecto de nosotros mismos. Lo sagrado es admitir que la realidad no es inteligible por completo, o mejor aun, no se completa del todo, sin una gota de ficción —si ustedes gustan—, una imagen que evoca para nosotros algo más que el mero hecho: un modelo ético, un modelo de conducta, un signo que eleve la pura experiencia y conceda tanto para la víctima como para nosotros un sentido. De ese modo, lo perdido no se pierde: las víctimas no son despojadas por completo de su humanidad, —pues las víctimas no eligieron serlo, pero nosotros podemos elegir no condenarlas a ser sólo eso— y nos acompañan y fortalecen.

Lo sagrado no se relaciona con la violencia solo en tanto horror por el crimen cometido, sino en responsabilidad mutua por la pérdida de un individuo. Lo señaló Dostoievski: “has de saber, que en verdad, cada persona es responsable ante todos, por todos y por todo”3.Su desaparición, violenta o no, merece el respeto de la denuncia y de su resolución legal, pero también uno más profundo, el que se le debe a los muertos más cercanos: el lugar al que vamos para encontrarnos con nosotros mismos.

 

1 “Ejercicio preparatorio. (Díptico con tablilla votiva)”, en Árbol adentro, pag. 138, Obra Poética II, Obras Completas 12, Fondo de Cultura Económica, México 2004.

2 Walter Burkert, La creación de lo sagrado. La huella de la biología en las religiones antiguas, p. 39, Trad. De Stella Mastrangelo, Acantilado, Barcelona 2009.

3 Fiodor Dostoievski, Los hermanos Karamázov, pag. 457, Trad. Natalia Ujánova, Cátedra, Madrid 1987.