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artículo no publicado

Lo que debo a Fernando Trueba

Fernando Trueba, nuevo Premio Nacional de Cinematografía, ha contribuido de forma decisiva a modernizar la cultura española, y ha ayudado a enriquecer nuestro paisaje mental. 

Fernando Trueba (Madrid, 1955) es uno de los mejores directores europeos de su generación. Lo más sorprendente del Premio Nacional de Cinematografía que ha obtenido esta semana es que no lo hubiera recibido antes. Es una figura central en la cultura española de la democracia. También es una persona importante en mi vida.

Lo conocí una tarde de invierno de 1996: él había ido a Zaragoza con su hermano David y con el director de cine José Luis García Sánchez. Los había invitado Luis Alegre para la sesión inaugural del ciclo Yo confieso, donde cineastas respondían las preguntas del público.

Yo sabía algunas cosas de Trueba. Sabía, por el libro de Alegre, Besos robados, que no gritaba en los rodajes y que decía que las canciones de Brassens tenían la respuesta a todas las preguntas de la vida. También sabía que creía que los actores guapos eran mejores, porque la gente iba al cine a enamorarse. Había visto sus películas -aunque solo dos en el cine, Belle Époque, que había adaptado al cómic en un trabajo de plástica, y Two Much- y sabía cuáles eran sus diez películas y sus diez directores favoritos. En una entrevista de Fotogramas le preguntaban cuál era su deporte preferido y decía: “Ir al cine”; en otra respondía: “Si hay que hacer alguno, nadar.” Le apasionaba el jazz latino y había querido ser pintor pero había descubierto “que no tenía la inteligencia en las manos”. Le gustaban las novelas de Truman Capote y de Francis Scott Fitzgerald, y yo había empezado a leerlas por eso. Decía que solo le interesaba la vanguardia si era divertida.

También sabía que había dirigido una revista de cine, Casablanca, y que había sido crítico en publicaciones como Guía del Ocio y El País. Estaba detrás de la editorial Plot, algunos de cuyos libros yo había leído: por ejemplo, las conversaciones con Wilder y Mankiewicz, Backstory: Conversaciones con guionistas de la edad de oro o el guion de Los peores años de nuestra vida, que me enseñó que existía otra manera de escribir. Si ese libro me hizo descubrir a Woody Allen (antes por escrito que en la pantalla: un compañero de trabajo de mi madre, un enfermero que tenía Canal + y me invitaba a su casa los domingos para ver el fútbol, me dejó Sueños de un seductor), aprendí quién era Billy Wilder gracias a Fernando Trueba (que entrevistó a Woody Allen acerca de Balas sobre Broadway). La noche en que lo conocí hablamos de Berlín Occidente, que yo acababa de ver en el cineclub de La 2. Sabía que había hecho una película sobre un amigo:Salida de la prisión de Torrero del escritor Félix Romeo, encarcelado por insumisión. (Félix estaba en la sala aquella tarde.) Fernando y David Trueba y García Sánchez quedaban a comer con otro de mis ídolos: Rafael Azcona. Sabía también, por el libro de Alegre, que Trueba tenía un hijo de mi edad, que con el tiempo se convertiría en mi mejor amigo.

Fernando Trueba ha dirigido algunas de las mejores películas del cine español. Entre mis preferidas están El año de las luces y Belle Époque, que escribió Azcona y tratan del deseo y el aprendizaje. La primera, una historia dura y conmovedora sobre el despertar sexual ambientada en la posguerra, se basa en un episodio de la vida del suegro de Fernando, Manolo Huete. La segunda mezcla un espíritu renoiriano con una negrura valleinclanesca (aunque el suicidio del cura se achacaba a la lectura de Unamuno). Divertida, coral, sensual, pero también desoladora, es una fantasía sobre la libertad y la renuncia, una parábola sobre la Segunda República. La niña de tus ojos, cuya continuación se rodará en 2016, también es una historia de época (como El embrujo de Shanghai, basada en la novela de Marsé, y el bello filme de cámara El artista y la modelo), sobre unos españoles que van a rodar en los estudios de la UFA en la Alemania nazi. Una de mis preferidas es una obra muy distinta: su primera película, Ópera prima, que me hace pensar en la vida de mis padres antes de que yo naciera.

Trueba reivindica la importancia del guion y sus películas combinan tonos diversos, un talento especial para la dirección de actores y un elemento romántico. Logran que un equilibrio complejo parezca elegante y sencillo. Muchas veces hablan de las decisiones, de la cuestión de la elección.

En su trayectoria siempre ha habido un elemento de riesgo. Ha abordado la comedia a la manera casi clásica: Sé infiel y no mires con quién y en Two Much eran al mismo tiempo homenajes y precisos ejercicios de estilo. Su segunda película, Mientras el cuerpo aguante, era una gran pieza heterodoxa sobre un gran heterodoxo, Chicho Sánchez Ferlosio. Ha participado en ambiciosas producciones internacionales, como El baile de la victoria, y ha trabajado con guionistas tan distintos como Azcona, Ignacio Martínez de Pisón, Jean-Claude Carrière y David Newman. En sus películas aparecen actores como Jeff Goldblum, Penélope Cruz, Jorge Sanz, Fernando Fernán Gómez, Gabino Diego, Maribel Verdú, Aida Folch, Jean Rochefort, Eli Wallach, Antonio Resines; ha trabajado con Javier Aguirresarobe, Pierre Gamet, José Luis Alcaine, Javier Mariscal, Carmen Frías, Marta Velasco...

Aunque su terreno natural parece la comedia, ha hecho incursiones en otros géneros, como El sueño del mono loco. Ha realizado un documental musical como Calle 54 y una película de dibujos animados (Chico & Rita). Ha rodado en la República Checa, Chile, Estados Unidos, Brasil. Ha hecho películas que han sido enormes éxitos de público (Belle Époque, Two Much) y otras más minoritarias.

Junto a la productora Cristina Huete, su mujer, ha creado una pequeña e inquieta factoría cultural. Ha producido películas de directores como Emilio Martínez Lázaro y Félix Viscarret. En televisión, ha producido series innovadoras, como La mujer de tu vida, y un programa de culto, El peor programa de la semana (retirado de antena porque los productores y el presentador, el Gran Wyoming, se negaron a aceptar la censura de Televisión Española). Experto en jazz y divulgador del género, como productor musical ha inventado combinaciones como la de Tomatito y Michel Camilo, o como la de Bebo Valdés y el Cigala.

Trueba es un activista de las cosas que le gustan, y uno de los grandes proselitistas de la cultura española. Es un autodidacta que ha buscado maestros, como Bresson, Azcona, Gonzalo Suárez, Wilder: dice que uno debe intentar conocer a la gente que admira porque los canallas siempre acaban estropeando su biografía. Es cultísimo, e imprevisible en sus pasiones: durante semanas se dedica a leer todo lo que encuentra de un autor, desde Isaiah Berlin a John O’Hara, pasando por Patricia Highsmith (a quien entrevistó), Tony Judt, Noam Chomsky o Isaac Bashevis Singer (a quien ha traducido). Cuando te habla de esos libros, tienes la sensación de que lo único sensato que puedes hacer con tu vida es dejarlo todo y ponerte a leerlos.

Su Diccionario del cine es una guía deliciosa, llena de citas y de información, de homenajes y asociaciones inesperadas. Es, junto con El cine según Hitchcock (y, por cierto, incluye una preciosa semblanza de François Truffaut), mi libro preferido sobre cine. Trueba contribuyó a poner de moda de nuevo a Billy Wilder, impulsó la edición de libros sobre la escritura cinematográfica y ha ayudado a que se conozca la obra de muchos creadores. En sus películas es fácil detectar un entusiasmo por las artes: en la ekphrasis de un dibujo, en la música, en el cine dentro del cine. Cree que la cultura nos hace mejores, y quizá eso no siempre sea cierto, pero su propia vida es una demostración de ese poder emancipador.

Trueba tiene un elemento de rebeldía, de rechazo vehemente a los excesos de la autoridad y a las imposiciones del grupo que hace que este hombre de izquierdas haya defendido a Fernando Savater de los ataques de la izquierda, que siempre haya criticado las dictaduras, que siempre se haya opuesto a las constricciones a la libertad individual.

En una de esas entrevistas que yo leía a los catorce años le preguntaban a Fernando Trueba sobre su gusto por la cultura francesa. Ahí descubrí que hay algo mejor que la cultura francesa: la cultura de los afrancesados. En la respuesta, Trueba enumeraba a muchos autores que le gustaban. Para mí, decía, eso es patria. Hay poca gente con un temperamento menos nacionalista que este cosmopolita de Estrecho, pero creo que somos muchos los que podemos agradecerle que haya hecho mejor nuestro país: a través de sus películas y de su labor incansable de transmisor cultural, ha contribuido de forma decisiva a modernizar la cultura española, y ha ayudado a enriquecer nuestro paisaje mental.

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