Lizalde, rosas y tigres / y 6 | Letras Libres
artículo no publicado

Lizalde, rosas y tigres / y 6

En El tigre en la casa, de 1970, hay sobre el tema del amor una mirada desencantada: “El amor es otra cosa, señores” y se canta algo muy diferente de la alta idea del amor que “mueve el sol y las estrellas” y espiritualiza y dizque poetiza en el acto sexual de costumbre la relación entre mujer y hombre:

Pero el amor es todo lo contrario del amor,

tiene senos de rana,

alas de puerco.

Mídese amor por odio.

Es legible entre líneas.

Mídese por obviedades,

mídese amor por metros de locura corriente.

La zorra enferma, de 1974, es tambien un libro desencantado y desencantador que ejerce su lirismo irónico acerca de otras formas de pasión: la pasión religiosa y la pasión política, unidas las dos por la petrificación en doctrina y dogmas. Si hay poemas que hablan del amor humano en un tono entre baudelairiano y de bolero mexican style:

Óigame usted, bellísima,

no soporto su amor.

Míreme, observe de qué modo

su amor daña y destruye,

y si hay una “Carta urgente al Creador del Universo”, según la cual “porque tú [Dios] has cometido la vileza espantosa/ de no existir,/ todo está permitido”, también hay un poema en que el poeta revela, desde el subtítulo: “Perdón, querido Karl”, su decepción y su salida de la izclesia del marxismo-leninismo:

La soga estará siempre

al cuello de alguien.

El Estado es eterno.

El hombre será siempre

lobo artero del hombre,

y hay una llamada de atención a los activistas de la redentora ideología de la Revolución:

El principal deber

de un revolucionario

es impedir que las revoluciones

lleguen a ser como son

es decir: lleguen a ser el esclavizador Socialismo Realmente Existente (Unión Soviética estalinista, China maoísta, Cuba castrista, la extremada caricatura atroz: la Camboya de Pol Pot).

Se diría que desde El tigre en la casa emplea Lizalde su exigente maestría de poeta, su lírica e irónica retórica, su buena impostación de barítono-bajo de la escritura, en una cada vez más intensa anticelebración de los asuntos serios, sublimes, prestigiosos, tradicionalmente poetizables: los temas que habría que escribir siempre con inicial mayúscula, sean la Vida, o la Naturaleza, o el Amor, o la Belleza o la Humanidad o el Ideal Revolucionario, o... en fin, ¡en fin!, la Poesía misma. Aun en la escritura más profana el Espíritu, como aquel, ¡ejem!, de las Sagradas escrituras, sopla hacia donde quiere. De modo que aun en cualquiera de los poemas menos celebratorios, o, definitivamente, más anticelebratorios, pueden alentar entrelíneas de celebración, puede la diatriba guardar una forma de homenaje, pues aun en la prosa y en el mero hablar puede haber un lirismo latente, gracias a que toda imagen, toda metáfora, tienen significados polivalentes.Ya en “Monelle”, uno de los poemas capitales de El tigre en la casa, se admite:

También la pobre puta sueña.

La más infame y sucia

y rota y necia y torpe,

hinchada, renga y sorda puta,

sueña,

y el soñar de la puta es su poesía, su fiesta lírica, su celebración. Y qué decir de la ambivalencia visual del animal emblemático de Lizalde, el tigre, “el fulgurante, el recamado de tersura celeste, el de los jaspes neto coronado/ en malvas, róseos resplandores” aunque esté infectado de piojos o pulgas o garrapatas, aunque a la vez “apesta (y) él mismo es otra selva de chupadoras bestias diminutas/ y homicidas.”

La poesía moderna nace cuando Baudelaire se vuelve el primer gran poeta celebrador y crítico de la ciudad. Y Lizalde, baudelairiano en gran medida, escribe de 1982 a 2000 su extenso poema sobre Tenochtitlan, la exciudad capital de los aztecas, la exmetrópoli del virreinato, la ayer ciudad de México DF, la hoy Esmógico City, también motivo de una verbal celebración ambivalente. La urbe número uno del país es “la gran mancha de petróleo o tinta,/ un Roscharch, la falena nictálope/ de la ciudad velada por su niebla letal/ vasto infierno que sueña hacia nosotros/ extendiendo el ala inmensa de gallina roñosa/ ebria de fuego”, pero es también una refulgente alhaja, digamos un extendido tigre que arde, no en la selva, sino en la planicie de la noche: “La gran lumbrada al fondo/ de la ciudad nocturna en ascuas sobre el valle inmenso”, “tendida a nuestros pies como algún sin confines mar fosfórico/ en el que juegan todas las razas de la luz”. La ciudad, monstruo de belleza y mierda, fiera celebrable y deturpable, enemiga y cómplice y siempre cadavérica pero viva siempre:

En esta

grande nuestra monstrua,

[que] de verdad aterra verla desencadenarse a la distancia,

conservando su hermosura y su fealdad de bestia antigua,

despellejada, ajada y florecida a un tiempo

con su buena planta y casta

de encarnado alebrije proboscídeo,

el poeta, autoexiliado de la torre de marfil, se reconoce como una especie de ciudadano anfibio y desgarradamente nostálgico de una antigua tigridad, de una aún flotante pero casi evaporada antigua belleza citadina:

Lagarto viejo soy, y perro, y ajolote,

que hoy temeroso corre, nada, camina,

repta, vuela, o se escurre por los albañales,

las calles donde ayer fue tigre.

Y concluye la quinteta de versos con una mexicanísima frase coloquial: “No lloro, nada más me acuerdo.”

[Termino esta serie sabiendo que quedan pendientes las rosas de su título general... y a saber cuántos asuntos más. Pero siquiera vaya de envío esta rosa lizaldiana que es flor y fiera a la vez:

La rosa es como un león recién nacido:

melena blanda, garras, fauces infantiles,

pero es menos inocua de lo que parece: detesta a los poetas que han cantado

su irracional belleza

y su candor clorofílico.]

Publicado previamente en Milenio Diario