Lizalde, rosas y tigres / 5 | Letras Libres
artículo no publicado

Lizalde, rosas y tigres / 5

Como por voluntad de paradoja, El tigre en la casa –el libro-poema publicado en 1970, el libro con el que Lizalde, según dirá Luis Ignacio Helguera, dió “un salto de tigre” para, por fin, encontrar “su voz más propia y original”– comienza con un pequeño poema de sólo cuatro versos que tiene un tono terminal y un acento fúnebre declarados hasta por la sola palabra que le da título: “Epitafio”:

Sólo dos cosas quiero, amigos,

una: morir,

y dos: que nadie me recuerde

sino por todo aquello que olvidé.

Diríamos que el poeta, de 41 años y aún no reconocido en las antologías, ha querido reiniciarse despidiéndose del cadáver del poeticismo (ese “fracaso” que a mi parecer no lo es tanto, pues ha sido un exigente taller de aprendizaje) y emprendiendo otra aventura poética. Ésta se inicia en el modo de un segundo y definitivo nacimiento; y, como en todo nacimiento, que es una intrusión, su tono es de violencia y de crueldad, el de una nueva música lizaldiana, aunque la aventura ya había sido anunciada a través de otras figuras animales previstas en sus anteriores poemas: la pantera, el lince, el jaguar y un apenas esbozado tigre (en Cada cosa es Babel: “Fuiste como pantera junto a tu propia noche / y yo cuelgo en ti las luces de tigre que te faltan”, etc.). Pero ahora es el tigre definitivo, tanto más terrible en su feroz belleza por cuanto hace que llegue el esplendor y la crueldad de la selva hasta el espacio cotidiano, hogareño:

Hay un tigre en la casa

que desgarra por dentro al que lo mira.

Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,

y sólo puede herir por dentro,

y es enorme: más largo y más pesado

que otros gatos gordos

y carniceros pestíferos

de su especie

y pierde la cabeza con facilidad,

huele aun a través del vidrio,

percibe el miedo desde la cocina

y a pesar de las puertas más robustas.

(...)

No miro nunca la colmena solar,

los renegridos panales del crimen de sus ojos,

los crisoles de saliva emponzoñada

de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,

para que no me mate.

Pero sé claramente

que hay un inmenso tigre encerrado

en todo esto.

Me disculpo por lo largo de la cita, pero creo que había que señalar suficientemente esa entrada definitiva, majestuosa, inquietante y cada vez más invasora en la obra poética de Lizalde, hasta el punto en que a éste, en el medio literario, suele apodársele el “Tigre Lizalde” y alguna vez algún reportero, refiriéndose a la epoca en que el poeta dirigió la Casa del Lago (la extensión cultural de la Universidad en el bosque de Chapultepec), alargó el título del libro, retitulándolo El tigre en la casa del lago.

Ni habría que decir que Lizalde se tenía bien leídos los grandes felinos anteriormente escritos por poetas y narradores, desde los de la selva de la poesía propiamente dicha: el simbólico y extraviador tigre o pantera de Dante y el nocturno y llameante tigre de Blake y el suntuoso y nupcial tigre de Rubén Darío y los soñados tigres de Borges, hasta los de la selva novelesca: el tigre folletinesco de la Malasia de Salgari y el parlante Shere Kahn de la India de Kipling y, acaso, el tigre muy abundante en la numerosa saga de Tarzán que Rice Burroughs situó tanto en África como en la India, y... y otros muchos notables ejemplares colectados por la literatura de cualesquiera categorías...

El tigre de Lizalde, como aquéllos, es también simbólico, es un emblema del poeta que lo escribe, lo describe, lo suscribe, pero además es temiblemente físico, es un tigre concreto y, del primer bigote al último pelo de la cola, es muy visible a través de las palabras. Tiene una densidad y una forma definida, con las cuales está más allá de cualquier fantasmalidad metafórica. Se le presiente en la veloz elipse y la susurrada antelación de un poema de un solo verso: “Algo sangra, el tigre está cerca”, y emite la fosforescencia ardiente de su antecesor acaso más indicativo, el tigre ancestral, escrito al modo antiguo con y (i griega) que hizo espléndidamente exclamar a William Blake:

Tyger!, Tyger!, burning bright

In the forests of the night,

What inmortal hand or eye

Could frame thy fearful symetry?

y que Lizalde ha traducido también espléndidamente:

¡Tigre! ¡Tigre!, ardiente brillo

En las selvas de la noche.

¿Qué mano inmortal u ojo

Forjó tu pavorosa simetría?

Y, a la vez, pues esa ambivalencia de las palabras es uno de los poderes (si es que no el Poder) de la poesía, el tigre de Lizalde es tambien abstracto, es un tigre de la mente, un tigre metafórico y simbólico que ruge silencioso en la selva o en la casa o en la página mentales, y además de su esencial tigridad goza o sufre de una pluralidad de significados que pueden ser unívocos o contradictorios. Como figura de armonía y belleza, como semental poderosísimo, como asesino cruento, el tigre puede ser una multitud de metáforas: del amor, del odio, de la ideal belleza o de la pasión destructiva, del poder aniquilador del tiempo, de la pesadilla de la historia, de la guerra en el mundo o en la ciudad y hasta en el hogar, e, incluso, emblema de la poesía, la especie de bien educada “poesía maldita” que a veces ejerce Lizalde. Su protagonista en la página es un tigre soberano, “el tigre real, el amo, el solo, el sol / de los carnívoros”, que a la vez es un tigre de papel “como detenido por el lápiz / que lo está dibujando” (en Caza mayor, una suerte de secuela de El tigre en la casa), y está entre el vivir y el soñar:

Duerme el tigre.

La sangre de este sueño

gotea.

(Continuará.)

Publicado anteriormente en Milenio Diario