García Márquez, el romance del poder | Letras Libres
artículo no publicado

García Márquez, el romance del poder

García Márquez fue un narrador fuera de serie. Enrigue explica por qué sus novelas estaban destinadas a perdurar; Krauze recuerda que puso su prestigio al servicio de las dictaduras; Martínez añade que lo mejor de su obra periodística se encuentra en la escuela que creó para formar periodistas incómodos al poder.

Grandeza y miseria de Gabriel García Márquez

El gran oráculo: Óscar Martínez
García Márquez, el romance del poder: Enriue Krauze
Teoría de la persistencia: Álvaro Enrigue

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Los funerales de Gabriel García Márquez en México parecieron extraídos de uno de sus relatos más famosos: “Los funerales de la Mamá Grande”. A lo largo de varias horas, bajo la lluvia, decenas de miles de personas desfilaron ante la urna que contenía las cenizas del más famoso, leído y querido de sus escritores. Dentro del Palacio de Bellas Artes se escuchaban desde danzas rumanas de Béla Bartók hasta alegres cumbias y vallenatos. Afuera, una nube de trescientas ochenta mil mariposas amarillas de papel de China, traídas desde Colombia, revoloteaba en el aire. Porras, gritos, consignas y cánticos. Un anciano portaba un letrero: “Gabo, te veré en el cielo.” Un niño comentó: “Vengo a ver al rey de Macondo.”

Es verdad. Era el rey de Macondo. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, sus principales novelas fueron justamente celebradas en su momento por V. S. Pritchett, John Leonard y Thomas Pynchon, entre muchos otros. A lo largo y ancho del mundo circulan profusamente sus ficciones, con su extraordinario poder fabulador, su encanto poético y una prosa tan flexible y rica que parece contener todas las palabras del diccionario. Su obra ha sido objeto de estudios, seminarios, óperas, conciertos, representaciones teatrales, adaptaciones cinematográficas y sitios de internet. Su hogar natal es destino de peregrinajes literarios. Según su biógrafo Gerald Martin, García Márquez es el nuevo Cervantes.

Por lo que hace al juicio de la posteridad, el veredicto de Martin es prematuro. Pero en términos morales no hay comparación. Héroe de la guerra contra los turcos, herido y mutilado en batalla, náufrago y preso en Argel por cinco años, Cervantes vivió sus ideales, dificultades y pobreza con una moralidad quijotesca, y la suprema libertad de tomar sus derrotas con humor. Esa grandeza de espíritu no se vio en las complicidades de García Márquez con la opresión y la dictadura. No es Cervantes.

García Márquez no fue el primer escritor latinoamericano que puso su prestigio y su pluma al servicio de un dictador. Viejo, cansado y pobre, Rubén Darío escribió poemas laudatorios para el tirano guatemalteco Manuel Estrada Cabrera. Y Pablo Neruda compuso una “Oda a Stalin”. Pero la entrega de García Márquez a Fidel Castro no tiene precedentes por su duración, profundidad e influencia. Es una historia que alguna vez se contará y que podrá titularse “Cincuenta años de fidelidad”.

“Todo dictador, desde Creón en adelante, es una víctima”, escribió García Márquez. Quizá lo creía. Aunque su fascinación casi erótica por el dictador (no solo con el caudillo) está reflejada en sus novelas, en particular en El otoño del patriarca (1975), no fue sino hasta ese mismo año cuando comenzó a cimentar realmente su ansiado vínculo personal con Castro. En tres famosos reportajes titulados “Cuba de cabo a rabo”, García Márquez describió su epifanía: vio la abundancia universal, omitió la presencia de los rusos, alabó los sistemas de vigilancia revolucionaria “para que todo el mundo sepa quién es y qué hace el vecino”, celebró “la instauración del poder popular mediante el voto universal y secreto desde la edad de dieciséis años”, pero sobre todo vio “el sistema de comunicación casi telepática” que Fidel había establecido con la gente. “Su mirada delataba la debilidad recóndita de un corazón infantil [...] ha sobrevivido intacto a la corrosión insidiosa y feroz del poder cotidiano, a su podredumbre secreta [...] ha dispuesto todo un sistema defensivo contra el culto a la personalidad.”

Aquellas virtudes se sustentaban, según García Márquez, en la “facultad primordial y menos reconocida” de Fidel: su “genio de reportero”. Todos los grandes hechos de la Revolución estaban consignados “en los discursos de Fidel Castro. Gracias a esos inmensos reportajes hablados, el pueblo cubano es uno de los mejores informados del mundo sobre la realidad propia”. Poco tiempo después, en una entrevista para The New York Times, Alan Riding le preguntó: ¿Por qué, si viajaba tanto a La Habana, no se establecía allí?: “Sería muy difícil para mí llegar ahora y adaptarme a las condiciones. Extrañaría demasiadas cosas. No podría vivir con la falta de información.”

Las contradicciones no lo desvelaban. “No hay ninguna contradicción entre ser rico y ser revolucionario –declaraba García Márquez– siempre que se sea sincero como revolucionario y no se sea sincero como rico.” Quizá lo creía. En el libro Gabo y Fidel, de Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli, Miguel Barnet (poeta cubano amigo de García Márquez) hace la crónica de las fiestas que, desde principio de los ochenta, se realizaban en la “mansión de García Márquez en Siboney”. Fidel y “Gabo”, dice Barnet, “son verdaderos especialistas en cultura culinaria, y saben apreciar los buenos platos y los buenos vinos. Gabo es ‘el gran sibarita’, por su afición a los dulces, el bacalao, los mariscos y la comida en general”. El “gran Smith”, quizás el mejor cocinero cubano, lo confirma: “Gabo es un gran admirador de mi cocina y me ha prometido un prólogo para el libro de mis vivencias.” En ese libro, cada uno de los platos se asociaba a un personaje relevante para quien fue pensado: el de “Gabo” era “Langosta a lo Macondo”, y el de Fidel Castro, un “Consomé de tortuga”.

(Por esos días, la cartilla de racionamiento cubana –vigente desde marzo de 1962– contenía, al mes y por persona, las siguientes delicias: siete libras de arroz y treinta onzas de frijoles, cinco libras de azúcar, media libra de aceite, cuatrocientos gramos de pastas, diez huevos, una libra de pollo congelado, media libra de picadillo condimentado –de pollo–, a las que se pueden sumar como alternativa en el apartado de “productos cárnicos” pescado, mortadela o salchichas.)

A quienes lo interpelaban sobre su servilismo con Castro (Vargas Llosa lo llamó “el lacayo de Fidel”), García Márquez argumentaba que, para él, la amistad era un valor supremo. Lo era, en efecto, mientras no interfiriese con el poder de Castro. García Márquez vivía en Cuba en 1989 cuando ocurrió el sonado y turbio juicio contra el general de división Arnaldo Ochoa y los hermanos Antonio (Tony) y Patricio de la Guardia, bajo el cargo de narcotraficantes y traidores a la Revolución. Segura de la amistad íntima de García Márquez con su padre (Tony), Ileana de la Guardia le imploró interceder con Castro para salvarlo. No solo no lo hizo. Según testimonio recogido por la propia Ileana, antes de salir a París García Márquez asistió “a una parte del juicio, junto con Fidel y Raúl, detrás del ‘gran espejo’ del re- cinto de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Cubanas”.

En marzo de 2003, en una acción fulminante, Castro reeditó los juicios de Moscú contra 78 disidentes condenándolos a penas de entre doce y veintisiete años de cárcel. (Uno de ellos fue acusado de poseer “una grabadora Sony”.) Acto seguido, ordenó ejecutar a tres muchachos que querían huir del paraíso en un lanchón. Ante el crimen, en el marco de la Feria del Libro de Bogotá, Susan Sontag confrontó a García Márquez: “Es el gran escritor de este país y lo admiro mucho, pero es imperdonable que no se haya pronunciado frente a las últimas medidas del régimen cubano.”

En respuesta a Sontag, García Márquez pareció marcar vagamente sus distancias, pero casi de inmediato corrigió: “Algunos medios de comunicación –entre ellos la CNN– están manipulando y tergiversando mi respuesta a Susan Sontag, para que parezca contraria a la Revolución cubana.” Enseguida reiteró un viejo argumento suyo, justificatorio de su relación personal con Castro: “No podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y conspiradores, que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años.”

¿“Absoluto silencio” o complicidad absoluta? ¿Por qué los habría ayudado García Márquez a salir de Cuba si no era porque consideraba injusto su encarcelamiento? Y si lo consideraba injusto (tanto como para abogar por ellos), ¿por qué siguió respaldando públicamente a un régimen que cometía esas injusticias? ¿No habría sido más valioso denunciar públicamente el injusto encarcelamiento de esos “presos, disidentes y conspiradores” y así contribuir a acabar con el sistema de prisiones políticas cubano?

Gabriel García Márquez no fue un escritor de torre de marfil: declaró muchas veces estar orgulloso de su oficio de periodista, promovió el periodismo en una academia en Colombia y dijo que el reportaje es un género literario que “puede ser no solo igual a la vida sino más aún: mejor que la vida. Puede ser igual a un cuento o una novela con la única diferencia –sagrada e inviolable– de que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma”. ¿Cómo conciliar esta declaración de la moral periodística con su propio ocultamiento de la verdad en Cuba, a pesar de tener acceso privilegiado a la información interna?

La prodigiosa literatura de García Márquez sobrevivirá a las extrañas fidelidades del hombre que la escribió. Pero habría sido un acto de justicia poética que, en el otoño de su vida y el cenit de su gloria, se hubiera deslindado de Fidel Castro y hubiera puesto su prestigio al servicio de los demócratas cubanos. No ocurrió. Esas cosas inverosímiles solo pasan en las novelas de García Márquez. ~