Lila Downs: música americana sin fronteras | Letras Libres
artículo no publicado

Lila Downs: música americana sin fronteras

Oaxaca, al sudoeste de México, es uno de los estados más pobres y con mayor y más variada población indígena del país. En la aldea de Tlaxiaco, a una veintena de kilómetros de la capital, nació la cantante Lila Downs, hija de norteamericano y mixteca. Mucho tiempo atrás su madre, Anastasia Sánchez Sánchez, había huido de la región y de un marido impuesto y despreciable, y se había establecido en el D.F., trabajando en un cabaret como cantante y artista de variedades. Según cuentan, una noche, Allen Downs, profesor de arte y cinematografía norteamericano que había venido a rodar un documental sobre aves migratorias, vio actuar a "Anita" y se enamoraron sin mediar palabra, entre otras cosas porque ninguno de los dos hablaba el idioma del otro. Al cabo del tiempo se casaron y se fueron a vivir a Estados Unidos. Posteriormente se trasladaron a Oaxaca, donde nació su hija. Al final la pareja se separó y el padre se volvió al norte, pero la semilla del mestizaje estaba sembrada. Lila alternó temporadas en Oaxaca y Minnesota y, al principio, sufrió una fuerte crisis de identidad:
     "En el propio México, no digamos ya en Estados Unidos, hay muchas señales que te indican que no debes identificarte con tus raíces indígenas. Resulta un obstáculo para el ascenso social, por lo que todo el mundo fantasea con ser güerito. Mi padre era un hombre blanco anglosajón con quien me llevaba muy bien, y mi madre siempre se empeñó en que pasara mucho tiempo con él, lo que me alejó mentalmente de mis orígenes indios. No fue sino mucho después, tras su muerte, cuando yo comencé a reencontrarme con la cultura de mi madre y a sentirme orgullosa de mis raíces", dice esta mujer menuda de 33 años.

¿Cómo te inicias en la música?
Empecé a estudiar canto clásico con catorce años en Los Ángeles, luego continué en Oaxaca y más tarde en Minnessota, mientras estudiaba en la universidad. Pero lo hacía porque se me daba bien, aunque no me convencía para nada la parte intelectual y cultural del ambiente que rodea la música clásica, tan esnob y cerrado. Al final dejé todo eso....
      

Y te fuiste con el séquito que acompañaba las giras de Grateful Dead.
Bueno, salí en realidad de allí a rolar por las calles, para vivir la vida de otra forma, fuera del establishment, a cantar en las calles, a hacer joyas para venderlas, y resultó que me integré en un grupo que seguía las giras de la banda. Era una subcultura, una contracultura que me resultó muy interesante, que buscaba, a su manera, respuestas; no se sentía complacida con el mundo convencional. Después de ese largo periodo privilegiado de recuperación volví a la universidad a estudiar el textil de los indígenas. Me daba la sensación de que era una buena manera de entender cómo nos hacemos animales culturales, pues el primer signo de civilización, lo que nos diferencia de los animales, es la ropa con la que cubrimos nuestra piel y nos separa del entorno natural. Y tanto los materiales como las técnicas o los motivos y símbolos no dejan de representar al tiempo esa ruptura y la necesidad de restablecer la unión perdida.

Después de graduarse en antropología social y voz, Lila volvió a Oaxaca, donde empezó a cantar en un grupo de trova que hacía canciones basadas en los valores de la comunidad zapoteca.
     "Me costó reconciliarme con mi vocación, con aquello que se me daba de natural, que es cantar. Nunca me había gustado ser vocalista, lo encontraba muy superficial. Hasta que me di cuenta de que tenía que encontrar el espíritu de las canciones, si no de nada vale lo bonita que sea tu voz. No soy capaz de explicarlo muy bien, pero es algo así como llegar a conocerte interiormente y sentirte bien con lo que estás haciendo. Necesitaba hacer algo que fuese más intelectual y que me motivase, por eso empecé a escribir. Tenía que creer en lo que estaba cantando y sentirlo. Y, al tiempo, la música me hacía conocerme mejor a mí misma y a mi tradición. Para mí cantar es estar aprendiendo continuamente. Tiene, cómo decirlo, propiedades curativas, es como un manantial de fuerza, alegría y entendimiento".
     Y la historia se repite, exactamente una generación después. Conoce a Paul Cohen, un músico americano proveniente del jazz pero muy interesado en las músicas latinas, en un club de la capital de México. El encuentro fue decisivo tanto en lo personal como en lo profesional.
     "Yo ya había decidido por aquel entonces que quería cantar, pero no sabía el camino. Con Paul empecé a orientarme hacia la fusión de músicas. Nos fuimos a Filadelfia durante un año y estudié intensamente a las grandes vocalistas de jazz. A mi vuelta a Oaxaca manejaba un repertorio que iba desde los standards hasta la canción tradicional. Y enseguida surgieron los temas propios".
     La evolución de su estilo puede seguirse paso a paso. La primera grabación, realizada independientemente, se titula Ofrenda (1994), y es un homenaje a todos los emigrantes mexicanos de Oaxaca que parten a EE. UU. La canción surgió a raíz de la dolorosa experiencia de tener que traducir del inglés al mixteco, a varias familias indígenas, los certificados de defunción que acompañaban los cuerpos de sus hijos, muertos al atravesar la frontera. Luego apareció el directo Azulao: en vivo con Lila Downs (1996). A continuación grabó La sandunga, una colección de canciones populares de Oaxaca, la mayoría del prolífico compositor Álvaro Carrillo. Ahí comienza lo que podríamos llamar la mixtura de una música de raíces mexicanas con lenguajes sonoros norteamericanos. El disco siguiente, El árbol de la vida o Yutu Tata (2000), es un recorrido por la mitología y la cultura indígenas, con canciones en náhuatl, mixteco y zapoteco, cuyos arreglos e instrumentación derivan, sin estridencias, hacia el jazz y la música occidental. En su último trabajo, La línea/The Border (2001), se alternan las canciones en inglés y en español y en los temas se entremezclan felizmente jazz, gospel, hip-hop y country-blues con cumbias, rancheras, corridos y boleros. La instrumentación es igualmente rica en variedad y contrastes. Pero tras ese sonido fascinante y tremendamente original está también la búsqueda de contenidos y un fondo de coherencia en ambos proyectos.

El árbol de la vida trata de la reivindicación de los valores y la simbología tradicional indígena, es decir, la recuperación del pasado. Por el contrario, La Línea es una crónica del presente, del mundo mestizo mexicano y su conflicto con los Estados Unidos: los efectos perniciosos del Tratado del Libre Comercio, las maquiladoras, el tráfico mortal de ilegales...
En efecto, el primer disco trata de reflejar la visión cósmica de los indígenas y la filosofía de la vida de gente como mi abuela, y de darlo a conocer a los norteamericanos, para que entiendan la nobleza de esas manos que labran duramente sus tierras. Una cultura ancestral, muy armoniosa, que no hace el puente con el cristianismo. El segundo, como bien dices, es el México moderno, confrontado a una segunda ola de mestizaje tras la fusión con lo español: el american way of life. Es tanto la tragedia del cruce de la frontera por parte de los braceros para sobrevivir en el norte como la invasión del sur con dinero, empresas y, sobre todo, con la imposición de modos y estilos de vida superficiales que prenden, principalmente, en la clase media urbana.

Tú eres un cruce de esos dos mundos, tanto a nivel personal como musical. ¿Cómo asumes tu bilingüismo, tu biculturalidad? ¿Cómo te sientes siendo una mujer de frontera?
Me gusta mucho la frontera, en ella me siento como en mi casa. Y tanto a nivel personal, de actitud ante la vida, como culturalmente. Por un lado me seduce la parte realista de los americanos, el aquí y ahora. Sobre todo en Minnesota, donde hay una gran tradición luterana de trabajar duro y hablar directo, de ser honestos, que no son, por otro lado, sino también valores indígenas: el indio no sabe mentir, mira las cosas con nobleza, con humildad. De la parte mexicana me gustan los principios morales de la tradición indígena y su visión mágica del mundo. No me gustan, por el contrario, el barroquismo mental y la hipocresía social, que ocultan una sociedad de valores superficiales y mezquinos muy propios del mestizo. Y a nivel cultural siento tan próximos y decisivos en mi vida a mi maestra de canto Rachell Ferrel, a John Coltrane, Miles Davis, Woody Guthrie, Bob Dylan y Cole Porter, como las músicas tradicionales de México, a Chavela Vargas, Lola Beltrán, Flor Silvestre... y así te podría seguir diciendo nombres y más nombres. Tengo los dos mundos dentro de mí. ~