Violencia y aridez | Letras Libres
artículo no publicado

Violencia y aridez

Selva Almada

Ladrilleros

Barcelona, Lumen, 196 pp.

Dos adolescentes yacen en el suelo. Agonizan mientras amanece en un parque de atracciones vacío. Se acaban de clavar sendas navajas en una pelea. Son vecinos y fueron inseparables hasta que una maestra decidió sentarlos alejados en clase para controlar a los alumnos. Así, poco a poco, la enemistad de los padres, la prohibición de visitar la casa del otro, rencor a rencor, venganza a venganza, todo desemboca en esa escena trágica y patética de los dos enemigos que se desangran juntos a los pies de una noria en un pueblo del interior de Argentina: “La vuelta al mundo quedó vacía, sin embargo las sillas siguen balanceándose. Será el aire del amanecer.”

Ladrilleros, de Selva Almada (Entre Ríos, 1973), cuenta la historia de “una enemistad casi legendaria”, como dice la contraportada. La novela reconstruye la relación de Pájaro Tamai y Marciano Miranda: ¿qué ocurrió para que acabaran así? Repasa los hitos de la vida de estos dos muchachos de provincia, hijos de ladrilleros, vecinos y cuyos padres ya estaban enfrentados por algo que nadie recuerda pero que no ha sido perdonado. Tamai y Miranda son como riachuelos que confluyen en un punto para separarse y volver a unirse. Sus vidas han sido al mismo tiempo parecidas y muy diferentes: uno es hijo de unos padres que se quieren, el otro ocupa el lugar del padre en el corazón de la madre; uno admira a su padre, el otro le teme, pero el temor se va convirtiendo en desafío; uno va a pescar con el padre, el otro recibe palizas interminables; uno se queda huérfano, el otro no ha visto a su padre desde que los abandonó; uno descubre casi por accidente que le gustan los hombres.

Pájaro Tamai es hijo de Óscar Tamai y Celina; así se resume la historia del noviazgo: “Antes de decirle que sí al cura, Celina le había dicho que sí a su novio, a la urgencia de sus besos que le dejaban el cuello y los hombros llenos de pequeños moretones. Que era como decirle, también, que no a su padre, que se oponía a la relación.” Marciano Miranda es hijo de Elvio y de Estela: “Ella, la reina de los carnavales, la que podía tener al hombre que se le antojara, lo eligió a él […] Con Miranda, Estela no tendría un futuro económico, pero se iba a divertir en grande.” Óscar Tamai se hace ladrillero por azar; Elvio viene de una familia de ladrilleros: “buena parte del pueblo estaba levantada con sus ladrillos”. Los respectivos primogénitos, Pájaro y Marciano, nacen con una semana de diferencia. La primera gran disputa que señala la enemistad entre los padres tiene que ver con un perro y decisiones tomadas demasiado rápido y sin medir bien las consecuencias, pero sellan un pacto de odio con tanta fidelidad y dedicación que cuando uno de los dos muere asesinado “como un perro”, el superviviente añora a su enemigo muerto.

El listado de las escenas que desembocan en esta muerte trágica y absurda es también el retrato de un mundo profundamente violento, hostil, duro y árido, un mundo que se remonta al Martín Fierro. Un lugar en el que lo viril es sinónimo de agresivo y donde el amor parece solo un pretexto para el sexo, que es también violento. En ese sentido, comparte cierto clima deprimente, monótono y masculino con La última película, de Larry McMurtry, aunque la novela de Almada no tiene el sentido del humor de la del estadounidense: en Ladrilleros no hay sitio para la risa, ni hay un momento de relajación; todo sucede en tensión y se cuenta también en tensión, como si estuviera escrita con los dientes apretados. El tono, que hace pensar en una tragedia inminente e ineludible, recuerda a películas como Historias mínimas, de Carlos Sorín, o La Ciénaga, de Lucrecia Martel.

Una de las virtudes de Ladrilleros es la valentía de Almada a la hora de usar un tono que a veces es deliberadamente vulgar y otras roza la ñoñería a través de un narrador omnisciente que adopta el punto de vista de los personajes y hasta sus modismos. Lleva la elección del tema, el tono y la trama tan al límite que a veces se acerca al melodrama. La idea del amor y del sexo que tienen los personajes responde a la que transmiten las telenovelas. El narrador bordea el ridículo en ocasiones: “El marido le lamió la oreja y le desprendió el vestido, abotonado por delante. Le acarició las tetas con una mano y bajó con la otra hasta la juntura de las piernas, hasta el tajo que abrió, húmedo y tibio.” Para volver a la cotidianeidad menos elegante: “Una vez terminaron, ella buscó una toalla de mano y se limpió la entrepierna.”

Quizá las partes menos consistentes del libro son las ensoñaciones de Marciano, en las que se reencuentra con su padre, un delirio que solo puede anunciar la muerte. En una de ellas, Marciano recuerda una excursión a Entre Ríos y que quería quedarse a vivir allí porque estaba seguro de que sería más fácil ser feliz que en el pueblo: “Acá, todo duro, seco, espinoso, lleno de polvo. Allá, hasta el carácter de la gente debía ser más amable. Acá no se puede, acá todo tiene que ser violento, a la fuerza.” Ladrilleros se mueve en la frontera entre lo épico y lo cursi, entre lo popular y lo elevado, entre la construcción y la fidelidad a la realidad para contar esta historia que tiene mucho de leyenda. Ladrilleros es una demostración del talento de Selva Almada. ~