Viaje a Rusia, de Joseph Roth | Letras Libres
artículo no publicado

Viaje a Rusia, de Joseph Roth

Joseph Roth (Brodi, Galizia, 1894-París, 1939) fue no sólo un magnífico novelista sino un periodista notable, cuya tarea desempeñó en periódicos como Neue Berliner Zeitung, Berliner Börsen-Courier y el Frankfurter Zeitung, donde publicó esta crónica de Rusia y también la de su viaje a París de 1925. Judío por familia y educación, fue un hombre de fronteras: nacionales, lingüísticas, culturales; y vivió en un periodo de profunda convulsión: la Primera Guerra Mundial, la caída en 1918 del Imperio Austrohúngaro y el nacimiento y apogeo del nazismo, que lo obligó a mudarse de país una y otra vez. Desde 1933, desplegó una crítica continuada y lúcida tanto del nazismo como del stalinismo. Muere a causas de sus excesos etílicos, unos meses antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Su primera mujer, que padecía esquizofrenia, fue asesinada por los nazis en aplicación de las leyes eugenésicas contra enfermos mentales.

 

Joseph Roth fue un vagabundo centroeuropeo, atento a las vidas humildes, enemigo de la burguesía y defensor, tras una primera etapa socialista, de la restauración monárquica para Austria. Tuvo una inteligencia rápida, imaginativa, vivaz, sustentada en una amplia cultura. Cuando hizo su viaje a Rusia estaba impregnado de cierto optimismo hacia el socialismo: pensaba que allí las clases humildes y trabajadoras alcanzarían cierta dignidad y que la burguesía, que conceptuaba como lujosa y fútil, acabaría desapareciendo. Pero lo primero que encontró fue un nuevo tipo de burgués –según las primeras impresiones–, el que se designaba con las siglas nep, que correspondían a la Nueva Política Económica diseñada por Lenin en 1921. La Rusia que Roth va a recorrer (desde Minsk, tras cruzar la frontera Polaca, a Moscú, Yalta, el Cáucaso, Sebastopol, Kiev, Járkov) había visto desaparecer hacía dos años a Lenin y vivía ya bajo el inicial despliegue, de consecuencias aún más terribles, de Stalin, Bukharin y Rikov, que finalmente desemboca en el poder único de Stalin. La lectura de estas crónicas (del 28 de septiembre de 1926 al 19 de enero de 1927), a las que se ha añadido el diario de trabajo de esos meses, nos permite asistir a un rápido paso, aunque no aún conclusivo, de cierto optimismo (del que se burló Walter Benjamín tras su encuentro entonces en Moscú) a la sospecha del fracaso de la revolución.

 

Roth constata que se ha llevado a cabo una completa separación entre el Estado y las humanidades. A pesar de que cree que tiene acceso a todo y alberga reservas contra las prevenciones que le hacen los “nuevos burgueses”, señala que hay colegios modelo, ya en la ruta propagandística. También observa la gran pasión por las estadísticas (tic abstracto copiado luego en los estados comunistas, como el cubano), se da cuenta de que no es posible hacerlas en Rusia, y que son productos que vienen más del Estado que de la realidad: “En Rusia domina un fanatismo de la estadística, una veneración por las cifras, que se elevan al rango de argumento.” Hombre desarraigado, ve con buenos ojos la abolición de la familia tradicional, que él conceptúa de burguesa, aunque presiente lo que se pierde en la nueva planificación funcional y deshumanizada.

 

El optimismo de Roth, que constata en Rusia un trato de respeto por los judíos (había unos 2.750.000 entonces) y una proletarización del ciudadano, se ve contradicha por su desaliento ante el mundo gris que observa en las calles rusas, una atmósfera de concentraciones populares, de ánimo opresor con todos los rasgos de la miseria y la estrechez. Es curioso: ve a gente atareada por todas partes, pero –afirma– “no hay nadie libre y soberano con los pies en la tierra”. En el mismo artículo, tras valorar lo que ve o quiere ver con ilusión, confiesa “nostalgia de nuestra frivolidad y bajeza, una nostalgia del aroma de la civilización”, es decir por el mundo cuya decadencia teorizó Spengler entre 1918 y 1922 y de cual parece hacerse eco Roth. Desde esa decadencia, Roth y muchos otros intelectuales europeos, sensibles también a las enormes desigualdades sociales, esperan una luz de Rusia, pero Roth comienza a ver que la grisura es la del día después, la del día laborable en un país que no quiere literatos ni humanistas sino obreros, que no quiere matices y distingos sino acuerdo en el proyecto comunista. Por eso existe la censura que, según nos aclara y hoy nos hace sonreír, no trata de reprimir sino indicar lo que se debe hacer. “El periódico está al servicio de la censura: no reprimiendo la verdad, sino propagando lo que quiere la censura”. Y añade algo realmente lúcido: los periódicos “no transgreden la religión de Estado que en este Estado de ateos representa la ideología comunista”. También se refiere nuestro viajero a la sexualidad y el erotismo. Ve, en la higiene sexual articulada por el estado, más la presencia de Max Nordau que de Voltaire: a la hipocresía tradicional se ha respondido con pedantería teórica, y a la moral una noción banal de la naturalidad. Todo eso le horroriza, porque Roth sigue creyendo en el amor y en el erotismo, no en una lectura reaccionaria del darwinismo que nos convierta en simples mamíferos. La educación en el colectivismo –comienza a percibir Roth– impide que una persona sea realmente libre. El fino novelista, el observador agudo que fue, le lleva a esta reflexión: “El comunismo oficial niega la unidad natural que existe entre el cuerpo y la piel, la materia y la vestimenta; califica esa unidad de 'burguesa' y considera revolucionario despreciar la forma, es más, ni siquiera la percibe”. Las consecuencias de todo esto no tardó en verlas. Y en denunciarlas.