Viajar con Doctorow | Letras Libres
artículo no publicado

Viajar con Doctorow

E. L. Doctorow

Cuentos completos

Prólogo de Eduardo Lago

Traducción de Carlos Milla Soler, Isabel Ferrer Marrades y otros

Barcelona, Malpaso, 2015, 464 pp.

El escritor norteamericano E. L. Doctorow (1931-2015) se convirtió en un grande de la literatura contemporánea gracias a novelas históricas como Ragtime (1975) o Billy Bathgate (1989), que mezclan una reconstrucción minuciosa y verosímil de una época y un lugar de los Estados Unidos –El libro de Daniel (1971) trata del caso Rosenberg en los años cincuenta, La gran marcha (2005) se sitúa en los años finales de la Guerra de Secesión– con una libertad enorme para insertar allí personajes de ficción y auscultar a través de ellos el corazón de ese periodo. El “viajero del tiempo literario” –la frase es de su obituario en The New York Times– formaba parte de la vigorosa tradición realista de la literatura norteamericana, pero no por ello dejaba de lado un ambicioso experimentalismo con las formas narrativas y con el mismo subgénero de la ficción histórica.

Doctorow fue sobre todo un novelista, pero en su bibliografía también figuran los libros de cuentos Vidas de los poetas (1984), Sweet land stories (2004) y Todo el tiempo del mundo (2011); esos tres libros han sido reunidos por primera vez en nuestra lengua en un solo volumen. En el prólogo, Eduardo Lago señala que, como cuentista, Doctorow fue un escritor “más emotivo y cercano; más íntimo y elusivo; más pro- fundo y misterioso; y, a la postre, mucho más desconcertante”. Fue, también, más irregular: si su novelística se caracteriza por una cumbre tras otra, su cuentística tiene picos notables y también llanuras para el olvido.

Doctorow decía que Chéjov era el cuentista que más le había enseñado, porque su voz era la “más natural de la ficción”, y que había aprendido de Hemingway y su fe en “la oración declarativa simple”. Hay rasgos de ambos autores en Doctorow, sobre todo en un par de cuentos que están entre lo mejor de su producción: el poético “La depuradora” y el misterioso “La legación extranjera”. En general, sin embargo, la poética de sus cuentos tiende a apartarse de lo natural, de la oración simple. Doctorow es un autor expansivo, que no está buscando el detalle revelador capaz de condensar una historia ni tampoco se obsesiona con las epifanías. Un cuento genial como “Glosas a las canciones de Billy Bathgate”, por ejemplo, es un profundo ejercicio de estilo en las antípodas de Chéjov y Hemingway.

Dos cuentos destacados del volumen son “Niño, muerto, en la rosaleda” –un texto seudopolicial sobre un agente del fbi que descubre la fuerza de los prejuicios raciales en su país– e “Integración” –sobre los nuevos inmigrantes y sus penurias tratando de hacerse de un lugar en la sociedad norteamericana–. En ambos relatos aparece el Doctorow más liberal y progresista, el que utiliza la ficción para mostrar el cambiante rostro social del país. A ese Doctorow enfocado en lo público se opone el que trabaja el espacio de lo privado en “El escritor de la familia”, un relato simple pero efectivo sobre el descubrimiento del poder de la ficción para revelar las verdades ocultas en torno nuestro.

Hay relatos ambiciosos pero imperfectos, como “Walter John Harmon”, sobre el fraudulento líder de una secta, narrado por un seguidor demasiado ingenuo, y “Vidas de los poetas” –más bien una nouvelle–, un texto anodino sobre Jonathan, un escritor en la cincuentena que está en crisis: “cada libro me ha llevado más y más lejos, de modo que la ocasión misma se agota, llega a no ser más que una señal distante y débil de la emisora central y hasta esta puede ser que se esté disipando”. La resolución de la crisis lleva a un gesto político, pero ese gesto no tiene la fuerza necesaria ante la cantidad de observaciones de Jonathan sobre su vida y la de sus colegas. Doctorow tenía un cariño especial por esa nouvelle. Cuando fue publicada como último texto del libro Vidas de los poetas tenía más sentido, porque revelaba que los cinco cuentos que la precedían contaban diversos aspectos de la vida de Jonathan; aquí vuelve a aparecer al final del libro, pero su efecto original se pierde.

Cuentos completos tiene de todo: hay cuentos magistrales, también están los sólidos pero convencionales, y no falta uno que otro fallido. En todas las páginas respira, eso sí, un prosista magistral, un escritor con un ojo preciso y abarcador para dotar de textura al mundo, para registrar la maravilla de sus olores y colores y formas (un logro de sus traductores Carlos Milla Soler, Isabel Ferrer Marrades, Jesús Pardo de Santayana y Gabriela Bustelo): “Es una ruidosa calle comercial llena de carritos y puestos callejeros, que parece fluir como un río entre los huertos más fértiles de la tierra: puestos de frutas y hortalizas con naranjas y manzanas, uvas, ciruelas y peras, melocotones, tomates, todos apilados formando pirámides; y racimos de apio amontonados en cajas de madera y mazorcas con sus hojas verdes y cestones con treinta kilos de patatas y unos pimientos verdes muy grandes, deformes. Tiendas de lácteos abiertas a la calle con quesos envueltos en redes colgadas del techo. Carnicerías limpias y veneradas donde solo se ven los ahumados porque unas puertas enormes protegen la carne buena, suculenta y fresca; las puertas de metal blanco están al fondo y al cerrarlas hacen mucho ruido, y el carnicero lleva un sombrero de lana y un jersey debajo del uniforme blanco.” ~