Una sonrisa, por favor y El ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys | Letras Libres
artículo no publicado

Una sonrisa, por favor y El ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys

Ella Gwendolen Rees Williams (1890-1979), “una inglesa flaca y vestida de negro”, como ella misma se describe en su volumen de memorias fragmentadas Una sonrisa, por favor (que, en realidad, es un cahier de notes de tapas negras, un jugoso diario personal póstumo y hasta ahora inédito en España), fue otra inquilina de la Rive Gauche llegada al París de las plumas y las absentas de los felices veinte para aprender de Ezra Pound y Gertrude Stein, bailar en cabarets mediocres para llenar su estómago, leer Jane Eyre mientras se ensayan técnicas del modernism y beber sin continencia en cenáculos a los que acudían escritores norteamericanos de la Generación Perdida y británicos como Ford Madox Ford, que actuó de padrino de Ella: le prologó su primer libro, los relatos de The Left Bank (1927) y trató de mantenerla sobria para que en su lucha interior entre bohemia y talento ganara el talento, de modo que Ella pudiera seguir escribiendo sobre la identidad de la mujer, la liberación sexual, la marginación y el desarraigo en novelas como After Leaving Mr Mackenzie (1930) y Good Morning, Midnight (1939). El alcoholismo, su drama no superado de una niñez criolla en el Caribe del Imperio Británico, y el castigo de una vida errática y ansiosa en París y Londres, la sumieron en el anonimato y en la mera supervivencia durante casi treinta años, recluida en Cornualles como si hubiese querido alojarse con los Ramsay de la novela Al faro (1927) de la Woolf, dedicada a acumular borradores y notas de la novela que titularía El ancho mar de los Sargazos (y que concluyó al cabo de nada menos que nueve años de trabajo obsesivo). Ella ya se llamaba a sí misma Jean Rhys, pero no sería Jean Rhys realmente hasta la publicación de El ancho mar de los Sargazos (1966), la reescritura cómplice de la novela Jane Eyre de Charlotte Brontë que la elevó a los altares de la narrativa inglesa contemporánea, el mismo coqueteo narrativo con el estilo de la novela victoriana que veinte años más tarde consagró a A. S. Byatt con su novela Posesión. Rhys nació el mismo año que Katherine Anne Porter y fue coetánea de Dorothy Parker, pero si la segunda y la tercera alcanzaron el éxito social y literario muy temprano, convirtiéndose en celebrities del star system artístico del Nueva York de las tertulias del Algonquin en la década de los veinte y los treinta, a la primera el reconocimiento público le fue esquivo toda su vida; tal vez porque habló de forma prematura y sin ambages de aspectos sociales en torno a la mujer y las libertades individuales sobre los que su público natural no estaba aún dispuesto a transigir. Apenas alcanzó a saborear el éxito de ventas de El ancho mar de los Sargazos, su obra maestra, que casi no se encontraba en el mercado español porque la traducción de Andrés Bosch para Bruguera, de 1982, estaba agotada. La nueva traducción, que Lumen le ha encargado a Catalina Martínez Muñoz, hace brillar el estilo lírico y sumamente psicológico de Rhys, aprendido de la prosa a un tiempo psíquica y simbólica de D. H. Lawrence, y contribuye a atestiguar que el estilo de la autora británica es, en cierto modo, el resultado de trasladar el realismo victoriano de Brontë al marco exótico de Jamaica. De modo que la dramática trama de la novela, que mucho tiene de folletín porque las tribulaciones de Antoinette Cosway no parecen conocer la mesura –ruina física y moral, constantes fantasmas en el horizonte mental, padre adúltero y alcohólico, encierro conventual y sospechas de perversión que arruinan su matrimonio y la arrojan a la locura, a la misma locura que enajena a Antoinette Bertha Cosway de Rochester, la mujer criolla encerrada en el desván de Thornfield Hall, en Jane Eyre, con la que juega Rhys construyéndole un pasado en esta metaficción titulada El ancho mar de los Sargazos– aparece atemperada por la endulzada fragancia de la exuberante naturaleza caribeña: “Allí estábamos, cobijados del aguacero bajo un mango muy grande”, “un naranjo silvestre cargado de frutos”.

La historia visible aquí de Antoinette es la historia escondida de la Antoinette de Jane Eyre, la de una mujer desarraigada porque nació en la periferia del Imperio colonial y porque nació mujer, como la propia Jean Rhys. O como Elizabeth Smart, la escritora canadiense, de Ottawa, autora de En Grand Central Station me senté y lloré (1945), otra trotamundos intelectual de aquel tiempo pasado en que, siendo mujer, ser trotamundos y ser intelectual era sinónimo de ser excéntrico, y ser excéntrico el presagio de ser proscrito. El ancho mar de los Sargazos, una de las novelas más brillantes de la narrativa inglesa de la segunda mitad del XX, que influyó en Byatt tanto como en Lessing y en John Fowles cuando estaba ultimando la redacción de La mujer del teniente francés, trata, como la novela victoriana a la que mira de reojo, del matrimonio (se evoca y reescribe el del señor Rochester con la enajenada Bertha en Jane Eyre, trasladado de la campiña inglesa a las Indias) y de la condición femenina, de los prejuicios morales y del exilio a la vez geográfico e interior. Se asemeja a una gran novela del XIX, que es lo que pretende ser. En realidad juega a ser una gran novela del XIX, si bien el lector atento advertirá que, efectivamente, se trata de un juego: en primer lugar porque el narrador tradicional en tercera ha perdido autoridad, debido a que se ha visto escindido en dos narradores en primera persona (el punto de vista es el de Bertha en el primero y en el último capítulo, y el de Rochester en el resto) y ya va de vuelta de algunas de las convenciones narrativas; en segundo lugar porque el estilo ya no es natural, ha perdido ingenuidad para ganar en tácitos guiños a la novela victoriana, en jugosos sobrentendidos, y finalmente porque se diría que la narración urdida por Rhys pretende ser un ejercicio de estilo en forma de elaboradísimo pastiche, de modélico simulacro de novela decimonónica, con sus excesos melodramáticos, sí, pero narrados ahora desde una perspectiva teñida de ironía, nacida del juego con la tradición literaria –la narrativa victoriana observada desde la atalaya crítica del modernism en el que fraguó la autora su convulsa personalidad literaria–, y teñida al mismo tiempo de una sombría melancolía que nace de la inequívoca condición autobiográfica de la propia novela: Antoinette, como Ella, tuvo una infancia exótica y colonial pero infeliz, y vivió como desheredada y como víctima de la enajenación, la expatriación, el conflicto conyugal permanente y la soledad, como mujer atrapada en una jaula morbosa para el lector, insufrible para el personaje. ¿Por qué no releer Jane Eyre y comenzar a leer después El ancho mar de los Sargazos como si también hubiese sido escrita por Charlotte Brontë, eso sí, después de haberse quitado misteriosamente de encima los prejuicios sexuales y sociales de su tiempo? Borges, con ese impagable juego suyo de las atribuciones erróneas que nos propuso en Ficciones, sin duda nos empujaría a hacerlo. ~