Una pasión no correspondida: Vargas Llosa y el teatro | Letras Libres
artículo no publicado

Una pasión no correspondida: Vargas Llosa y el teatro

Una limitación del teatro vargasllosiano es su insistencia en presentar la ficción como enriquecedora de la vida.

En un periodo de 34 años, Mario Vargas Llosa ha publicado nueve piezas teatrales: La señorita de Tacna (1981), Kathie y el hipopótamo (1983), La chunga (1986), El loco de los balcones (1993), Ojos bonitos, cuadros feos (1996), Odiseo y Penélope (2007), Al pie del Támesis (2008), Las mil noches y una noche (2009) y Cuentos de la peste (2015). Dos de ellas son protagonizadas por personajes de sus novelas: Kathie y el hipopótamo, por el Santiago Zavala de Conversación en La Catedral, y La Chunga, por su homónima y los inconquistables de La casa verde. Tres más son adaptaciones de clásicos y el resto, historias no conectadas argumentalmente con otros libros.

Aunque se estrenó como dramaturgo publicado a principios de los ochenta, los afanes de Vargas Llosa con el teatro se remontan a 1951, cuando, quinceañero, alumno del colegio militar  Leoncio Prado, escribió su primera pieza, que aún permanece inédita: La huida del inca. Con esta obra, que en sus palabras fue la primera que escribió como escribiría sus futuras novelas,  "reescribiendo y corrigiendo, rehaciendo una y mil veces un muy confuso borrador que, poco a poco, a fuerza de enmiendas, tomaría forma definitiva", ganó un segundo lugar en un concurso de teatro y al año siguiente pudo representarla con gran éxito de público en Piura. El teatro le entusiasmaba tanto que, de haber habido movimiento teatral en Lima, ha dicho, tal vez habría sido dramaturgo en vez de narrador.

En varias ocasiones, Vargas Llosa ha mencionado La muerte de un viajante, de Arthur Miller, como el detonante de su interés por escribir teatro. No fue solo eso, sino el venero que definiría la estructura de todas sus piezas. En la magistral obra de Miller, protagonizada por un viajante de comercio que debe afrontar el fracaso y la falsedad de sus convicciones más arraigadas, el pasado no solo se refiere, sino que se escenifica: hay saltos temporales de presente a pasado para presentar al espectador o lector con mayor dramatismo y elocuencia algunos sucesos que marcaron a los personajes: cómo el hijo del viajante descubrió que su padre tenía una amante, por ejemplo.

El Vargas Llosa dramaturgo ha hecho uso continuo de este recurso y lo ha convertido en el sello inconfundible de su teatro. De cierta forma es el equivalente de la alternación de planos narrativos que vemos en sus novelas, pero con resultados menos felices. Si en La muerte de un viajante los saltos del presente al pasado y viceversa buscan y consiguen dramatizar sucesos claves, en las piezas de Vargas Llosa se recurre frecuentemente a ellos y muchas veces sin eficacia.

Paradigmática sobre este punto es Kathie y el hipopótamo: mientras Kathie dicta a Santiago sus memorias y este las adorna con figuras retóricas, el pasado de ambos se presenta en escena para que ellos lo actúen. Pero aquí no hay una buena selección de los pasajes a recrear: los saltos al pasado son tan frecuentes y algunos episodios, tan breves que en vez de representar con mayor fuerza los hechos los caricaturizan, así como a los personajes, en su prisa por presentarlos: el marido de Kathie resulta un frívolo poco persuasivo, sin ninguna arista.

Otra limitación del teatro vargasllosiano es su insistencia en presentar la ficción como enriquecedora de la vida. Esta idea es el centro de al menos seis de sus piezas, entre las que están sus versiones de tres clásicos. El postulado me parece válido y lo suscribo sin considerarlo un dogma. No se entiende, sin embargo, que se recurra a él como planteamiento principal con tanta asiduidad solo para repetirlo, sin ampliarlo, cuestionarlo, matizarlo.

En 2005, inspirado por un espectáculo teatral en el que Alessandro Baricco contaba relatos clásicos a sus espectadores, Vargas Llosa se subió a las tablas como "actor" por primera vez, acompañado de Aitana Sánchez Gijón, para narrar a su público algunos de sus relatos favoritos. El espectáculo llevaba el título de uno de sus libros de ensayos, La verdad de las mentiras, y le abrió el apetito para seguir "actuando". En la representación de tres de las siguientes cuatro piezas teatrales que escribió (Odiseo y Penélope, Las mil noches y una noche y Cuentos de la peste) fungió como protagonista, de nuevo al lado de Sánchez Gijón.

Solo he visto fragmentos en video de las puestas en escena de estas piezas, pero en cambio las he leído y releído con atención, y creo que son adaptaciones fallidas porque parten de una concepción del teatro en la que contar es mucho más importante que actuar encarnando conflictos. Tanto en Odiseo y Penélope como en Las mil noches y una noche, los dos únicos personajes hacen todos los papeles: una galería que pasa rauda, sin que se pueda ahondar en sus contrariedades. En Cuentos de la peste los personajes aumentan a cuatro, pero el problema es el mismo. En vez de seleccionar y dramatizar algunos pasajes significativos de las obras que adapta, el autor satura al lector-espectador de episodios que apenas alcanzan a ser referidos. ¿Qué profundidad pueden ofrecer estos personajes de unas cuantas líneas?

De las piezas teatrales de Vargas Llosa prefiero La señorita de Tacna y Al pie del Támesis. Abrevando tanto de Pirandello como de Miller, la primera presenta a un escritor en proceso de parir una historia mientras vemos a los implicados viviendo esa historia en otra parte del escenario. Los saltos entre uno y otro plano son menos abruptos y están más justificados que en otras piezas de Vargas Llosa, y hay tensión y emoción en los pasajes representados. La segunda es el mejor de los intentos del autor por encarnar en una historia para tablas su idea de que la ficción nos permite sobrellevar mejor el tedio, la desdicha y las insuficiencias de la vida. Los personajes son dos, pero no hacen las veces de una multitud: se representan a sí mismos en distintas etapas de su vida y consiguen caracterizaciones bien desarrolladas. Tiene la pieza, además, vueltas de tuerca inesperadas pero congruentes y buenos momentos de confrontación e intenso dramatismo.

 

 

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*Obra reunida. Teatro [La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La chunga, El loco de los balcones, Ojos bonitos, cuadros feos], Mario Vargas Llosa, Madrid, Alfaguara, 2001, 556 páginas.

*Odiseo y Penélope, Mario Vargas Llosa, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007, 160 páginas.

*Al pie del Támesis, Mario Vargas Llosa, Lima, Alfaguara, 2008, 88 páginas.

*Las mil noches y una noche, Mario Vargas Llosa, México, Alfaguara, 2009, 144 páginas.

*Los cuentos de la peste, Mario Vargas Llosa, México, Alfaguara, 2015, 255 páginas. 

 


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