Una mujer en Jerusalén, de Abraham B. Yehoshúa | Letras Libres
artículo no publicado

Una mujer en Jerusalén, de Abraham B. Yehoshúa

Una mujer en Jerusalén habla sobre la posibilidad de ser un habitante de Israel en nuestra época. La novela de Abraham B. Yehoshúa (Jerusalén, 1936) fue escrita –según la datación que encontramos en la última página– en Haifa entre 2002 y 2003, es decir, cuando Ariel Sharon era primer ministro y cuando una serie de atentados terroristas palestinos sacudía el país de Oriente Medio. En uno de ellos –según la dedicatoria– falleció una amiga del escritor, quien además es miembro fundador y activista del movimiento Paz Ahora –según nos advierte la nota biográfica. De modo que tres elementos paratextuales condicionan nuestra lectura de la novela. Una lectura que, a medida que avanza, nos hace pensar en la fábula moral. Ya se sabe: “Una honda reflexión sobre el terror y la paz, sobre la humanidad y el sentido de la existencia en nuestros tiempos desnortados, en clave de fábula moral”. Sin embargo, el libro, que al fin y al cabo es un artefacto literario, va más allá de ese tipo de oraciones prefabricadas que son tan habituales en la crítica periodística. Intentaré explicar por qué.

El argumento es el siguiente. El director de recursos humanos de una empresa que fabrica tanto pan como papel es llamado por su jefe, el propietario, un millonario en el crepúsculo de su vida. Ha surgido un problema: de forma inminente, va a publicarse un artículo en que se cuestiona la responsabilidad de la empresa, porque no se ha ocupado del cadáver de una empleada suya, asesinada en un atentado. Contra todo pronóstico, en vez de escurrir el bulto o maquillar una justificación, el anciano le encarga a su empleado no sólo que investigue a fondo qué ha ocurrido, sino –sobre todo– que no escatime recursos para reparar la ofensa. Es así como el director de recursos humanos lleva a cabo su indagación no solo en las dependencias de la panificadora, donde la empleada, inmigrante, había trabajado como mujer de la limpieza, sino también en un barrio ortodoxo de Jerusalén o en el depósito de cadáveres; para acabar acompañando a la fallecida a su país de origen. Éste, que no es mencionado pero que adivinamos que es una república ex-soviética, constituye el escenario de un viaje disparatado por momentos, entrañable sobre todo, en que el director de recursos humanos (que es llamado en esa parte de la novela “el israelí”), vomita su veneno, renace simbólicamente, de alguna forma recupera su humanidad, congelada durante demasiado tiempo, mientras asume sus obligaciones profesionales y personales, hasta las últimas consecuencias.

El hecho de que la peripecia adquiera connotaciones de “misión” casi religiosa, que se hable explícitamente de culpa, penitencia o expiación, abre entre la página y los ojos del lector la dimensión fabulística. Ésta se hace especialmente obvia, y no obstante brillante y emocionante, en el pasaje final en que se lleva a cabo una relectura del concepto platónico de “amor”, del cual rescato estas palabras: “el verdadero amor exige mantenerse distante de la persona amada”, y prosigue, “el verdadero amor siempre se halla en una situación oscilante, de grandes desequilibrios, capaces de llevar al ser humano a realizar actos vergonzosos”. Pero precisamente son estas páginas, donde encontramos la clave del sobresentido de la novela, las que nos distancian de la fábula moral. Porque entonces, por si habíamos pensado durante el transcurso de la novela que ésta era esencialmente didáctica, entendemos que nada más lejos de la intención del autor que proporcionar una moraleja, una lección, una salida –conclusiva– del laberinto dibujado. La lectura de Platón dispara las preguntas. ¿Hemos leído una novela de amor entre un vivo y una muerta? ¿Cómo se relaciona Israel con sus “otros”? ¿Qué puede hacer un ciudadano del siglo XXI para seguir participando de un proyecto colectivo que se ha desviado, desvirtuado y pervertido progresivamente, década a década, y que parece en punto muerto?

Como artefacto que formula problemas en vez de improvisar soluciones, Una mujer en Jerusalén insinúa no obstante algunas direcciones de reflexión y, quizá, de cambio. Por ejemplo, la necesidad de la reconstrucción individual como camino único para la reconstrucción colectiva; o el recuerdo de que Jerusalén es “la ciudad de todos”, pese a que en nuestro momento histórico sea controlada por Israel. Esas respuestas esbozadas y abiertas han sido planteadas por Abraham B. Yehoshúa desde la literatura más exigente. En un estilo que recuerda a Camus o a Coetzee, con una elaboración muy consciente de un substrato metafórico militar, la historia nos recuerda que todavía estamos en los coletazos de la Guerra Fría y que, tras ésta, posiblemente estemos entrando en una nueva edad de hielo. Sin perspectiva histórica para saberlo, la literatura nos continúa aliviando, en la medida de sus posibilidades. ~