Una difícil neutralidad | Letras Libres
artículo no publicado

Una difícil neutralidad

Una difícil neutralidad

España en la Gran Guerra

Fernando García Sanz

Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014, 448 pp.

En sus provocadoras memorias Confessions of an Original Sinner, el historiador de origen húngaro John Lukacs sostiene que, en la primera mitad del siglo XX, las sociedades se dividieron de forma natural entre anglófilos y germanófilos. Se trataba de un fenómeno de alcance universal –“de Argentina a Bulgaria”, escribe Lukacs– en el que las clases altas se identificaban con el gentleman inglés –elegante y aristócrata, deportista y flemático–, mientras que el proletariado, el ejército y la pequeña burguesía tendían a idolatrar el orden y la eficiencia del pueblo alemán. En parte, esas preferencias tenían que ver con los respectivos modelos políticos que ambas naciones encarnaban –ya fuera el parlamentarismo liberal o las diversas formas de dirigismo estatal que adoptó el Reich–, pero, sobre todo, con determinados estereotipos culturales e ideológicos. Por supuesto, del Rule Britannia a las óperas de Wagner, un sinfín de prejuicios se entrecruzaban en la época, algunos de ellos incluso raciales. Al igual que sucede ahora, los principales actores globales vivían inmersos en un periodo de profundas transformaciones: el crecimiento económico e industrial de Alemania carecía de proyección geográfica en las colonias; Inglaterra seguía actuando como la primera potencia mundial, aunque ya ligeramente a la defensiva; en la Rusia de los zares, pronto se abriría paso el totalitarismo bolchevique; y la pujanza de los Estados Unidos, amén de sus recursos casi infinitos, presagiaba el papel inminente de esta joven nación. Heredera del doloroso fiasco del 98 y de un nefasto siglo XIX, España, en cambio, languidecía entre los lamentos por el imperio perdido y la debilidad política y estructural del país; un país “carente de ejército y de diplomacia”, en palabras de Manuel Azaña, y condenado, por tanto, a moverse con torpeza en el exterior, a merced de alianzas tambaleantes y de su continua desazón interior. En ese contexto, cuando llegó la guerra de 1914, la falta de capacidad de actuación obligó a España a declararse de inmediato neutral. Realmente lo haría en veintisiete ocasiones a lo largo de la contienda y lo cierto es que no podía tomar ninguna otra decisión, vista la fragilidad de sus instituciones. Pero ello no implica que no participara de modo relevante en la misma. De hecho, la Gran Guerra –que determinaría la faz del continente a lo largo del siglo XX– se libró en todos los frentes, incluyendo los teóricamente neutrales. La privilegiada posición geoestratégica del país, puerta de entrada natural al Mediterráneo y de acceso a las materias primas y al comercio con América, era crucial. Y así, ya desde el inicio del conflicto, España sería invadida por el espionaje internacional, mientras se emprendía una lucha sorda por el control de la opinión pública. La sociedad se dividió de este modo entre aliadófilos y germanófilos, aunque – según señala el historiador Fernando García Sanz– en su espléndido España en la Gran Guerra, “el desinterés por las cuestiones internacionales fue una constante a lo largo de la Restauración”. Como es lógico, el aislamiento cultural e intelectual del país se traducía en un análisis erróneo de la coyuntura europea y, peor aún, de las posibilidades reales de actuación. El resultado, como comprobaremos, fue desastroso.

En España en la Gran Guerra, García Sanz nos ofrece un documentado e iluminador estudio sobre las contradicciones internas en que se debatía la política nacional, los espejismos que a menudo la guiaban, así como la profunda fragilidad de sus estructuras. Un buen ejemplo de ello fue el proyecto de establecer tras la conflagración una “paz latina”, según la cual España e Italia se repartirían el control comercial del Mediterráneo y, desde un punto de vista colonial, se ampliaría el protectorado en Marruecos hasta la ciudad internacional de Tánger. ¿A cambio de qué?, cabe preguntarse, más allá de los inútiles esfuerzos mediadores entre las partes en conflicto y el apoyo soterrado a uno u otro bando. “¿Qué hacemos con España?” es la pregunta que abre el libro y esa misma cuestión es la que se repetían las principales cancillerías europeas, a la espera de que Madrid adoptara una posición decidida. Con miles de kilómetros de costa esenciales para garantizar el suministro a las tropas de materias primas y alimentos, el dominio sobre las aguas territoriales desempeñaba un papel clave para los aliados frente a los letales submarinos alemanes. Ante la sucesión de ataques, la inoperancia de la débil armada española despertaba dudas y temores entre los que participaban en la contienda. ¿A quién apoyaba en realidad el rey Alfonso XIII? ¿Era anglófilo o germanófilo? ¿Y a quién beneficiaba la neutralidad? Muy pronto, el país se convirtió en un epicentro del espionaje internacional, que alcanzaría a políticos, periodistas, comisarios de policía, maîtres de hotel, bailarinas, contrabandistas y prostitutas. Ya se sabe que la movilización total –concepto que se impondría en aquellos años– exige sacrificios absolutos.

Al final del conflicto, quedó muy poco, por no decir nada del sueño de una “paz latina”. En contra de algunos tópicos que se repiten con frecuencia, tampoco salió reforzada la economía española, a pesar de las necesidades importadoras de las restantes naciones. Las grandes contradicciones internas afloraron con crudeza, mientras que el desprestigio internacional del país adquiría cotas inusitadas: “A lo largo de ese periodo (1914-1918) –escribe Fernando García Sanz–, España se desnudó y fue analizada y radiografiada hasta en sus más mínimos recovecos, sacando a la luz todas sus numerosas fragilidades. La falta de firmeza en la toma de decisiones era el resultado de la precariedad del sistema político que alcanzaba el papel de la Corona, provocando la constante inseguridad del régimen, a lo que se sumaban los graves desequilibrios económicos, las reivindicaciones sociales y de los particularismos regionales, hasta confluir todo ello en la enorme debilidad del Estado.” Es cierto que unos pocos contrabandistas lograron amasar enormes fortunas, pero el retrato general fue el de un país en bancarrota moral, sin capacidad de actuación y víctima de una secular estructura estamental y clientelista. Al igual que Europa en su conjunto, España salió debilitada de la Gran Guerra. Se daba inicio así al conocido como “siglo breve”, que iría de 1914 a la caída del Muro de Berlín en 1989, un periodo especialmente cruento para el viejo continente. ~