Una delicia pedagógica | Letras Libres
artículo no publicado

Una delicia pedagógica

Ismael Grasa

La flecha en el aire. Diario de la clase de filosofía

Barcelona, Debate, 2011, 208 pp.

 

Ismael Grasa ha escrito un libro delicioso, un diario sin fechas en el que ha ido recogiendo, a lo largo de un curso escolar, sus vicisitudes como profesor de filosofía en un colegio privado de Zaragoza. No es un tipo de obra que abunde. Y más por estos pagos. La mayoría de los libros que han tratado recientemente de la educación en España con un mínimo distanciamiento crítico lo han hecho en forma de ensayo de ideas, más o menos convencional, o de compendio de artículos. Y si algún docente se ha aventura dode lleno en la escritura diarística, ha sido mediante el acopio de anécdotas vividas, a cuál más desalentadora y deplorable. Es verdad que todas esas obras, como la premiada película de Laurent Cantet Entre les murs  –exhibida en España como La clase–, han tenido como marco la escuela pública. O sea, el conflicto permanente, la dificultad misma de poder transmitir a unos supuestos educandos algún que otro conocimiento, por cuanto casi todas las energías debe emplearlas generalmente el profesor en mantener el orden –o, al menos, en intentarlo–. No es el caso, insisto, de Ismael Grasa. Lo cual no impide, claro está, que las enseñanzas de su libro puedan aplicarse igualmente, y con provecho, a la esfera pública.

Y es que uno de los principales atractivos de Laflecha en el aire es la libertad de espíritu con que Grasa se enfrenta al ejercicio de su oficio. O, si lo prefieren, la incorrección política de que hace gala. Y ello en un doble sentido. Por un lado, en su trato con los alumnos. Lejos de considerar queson todos iguales, con parecidas aptitudes, el profesor repara en aquellos que siguen sus explicaciones con interés –lo que les lleva a veces a pedir la palabra y a participar, de forma inteligente, en el debate– y en aquellos que manifiestamente tienen la cabeza en otra parte y cuyas intervenciones, si las hay, destacan por su molicie, cuando no por su absoluta impertinencia. Como es natural, Grasa no se siente obligado sino con los primeros. Nada de nivelaciones a la baja, de presunta atención a la diversidad, de píldoras psicopedagógicas. Ni, por supuesto, de connivencias entre él y los demás, como si fueran colegas. En el aula cada cual ocupa su lugar y desempeña su función, empezando por el profesor. La autoridad, en todas sus acepciones, se supone y se ejerce. De ahí que el orden resulte imprescindible. Y el orden es, en gran medida, el cultivo de las formas. Como esa corbata que Grasa incorpora a su vestimenta a partir de un momento dado, o esas mesas del aula que él mismo va limpiando pacientemente afinal de curso, armado de un par de guantes y una botella de acetona, para liberarlas de cuantos chismes, impurezas o desaires hayan dejado allí los alumnos y puedan, en un futuro, impedir la concentración de quienes vengan a sustituirlos.

Eso por un lado. Por otro, la incorrección política se refleja también en la determinación de convertir cada una de sus clases, ya sean de educación para la ciudadanía –donde no encuentra, por cierto, manual que le satisfaga–, ya sean de filosofía, en un verdadero acto de instrucción. Para ese profesor en ciernes –uno de los atractivos del libro, como si de un bildungsroman  se tratara, consiste en asistir al progresivo afianzamiento de la labor pedagógica del protagonista–, su principal cometido no es otro, al cabo, que el de trasmitir unos conocimientos y asegurarse de que el estudiante los ha asimilado con suficiencia. O, por recurrir a la paradoja clásica de la que él mismo se sirve en su obra, “dar los instrumentos para que el alumno pueda liberarse de su educación y de su cultura y ganar un juicio propio”. Así, cada una de esas hojas del diario contiene una suerte de lección, que son muchas a un mismo tiempo: la que el propio docente imparte aquel día en una o más clases; la que se desprende del intercambio de pareceres con los alumnos, y la que Grasa acaba sacando de lo acontecido en aquella jornada. De vez en cuando, el mundo del aula se amplía con la narración de algún acontecimiento intraescolar –conversación con el director, con otros compañeros de profesión– o con retazos de vida privada. Pero siempre con la preocupación por la enseñanza en primer plano.

Acaso sea esa combinación entre el modus operandi del profesor y la exposición de la materia lo que hace de este libro un producto singular. Y el hecho, claro, deque la materia sea la que es: una invitación al saber, que es como decir una invitación a la duda, a la pregunta, a la indagación. De ahí que en la obra se hable de las grandes cuestiones que han preocupado desde siempre a los pensadores –y que siguen siendo hoy en día, sobra añadirlo, motivo de preocupación–. Y de ahí que muchos de los temas que configuran actualmente el debate público –entre otros, el multiculturalismo, el laicismo, el patriotismo, la sexualidad, el relativismo o, por supuesto y muy en primer término, la propia educación– encuentren cobijo entre sus páginas. Pero tratados en todo momento, como no podía ser de otro modo, desde el punto de vista del autor. Un punto de vista humanístico y liberal, afecto al método científico y a las bondadesdel progreso, y partidario acérrimo del ejercicio de la razón. Sumen a todo lo anterior el uso de una prosa ágil y contenida, sumamente eficaz, y entenderán el porqué de la delicia. Ahora solo queda, si no lo han hecho ya, que la prueben. No se arrepentirán. ~