Una conciencia pesimista | Letras Libres
artículo no publicado

Una conciencia pesimista

Marcellus Emants

Una confesión póstuma

Traducción de Gonzalo Fernández, prólogo de J. M. Coetzee

Barcelona, Sajalín, 284 pp.

Willem Termeer, el obsesivo y recalcitrante protagonista de Una confesión póstuma, la novela más notoria del escritor neerlandés Marcellus Emants (1848-1923), es y se siente una anomalía de la sociedad, que describe como un “campo de trabajos forzados, inhóspito y sombrío”. Y, como tal, vive bajo la sofocante presión de los formalismos y las convenciones en virtud de los cuales todo individuo debería sentirse interesado por algo, desarrollar unas mínimas habilidades sociales y emplearse a fondo en su progreso personal. Pero para el descreído Termeer esto no es más que un espejismo, ya que “el hombre lleva siempre consigo un núcleo inalterable a partir del cual se renueva eternamente su esencia”. Este apátrida de los sentimientos y de la acción, un ser de “odio omnímodo” cuya naturaleza cobarde, envidiosa y reconocida perversión es un cruce de insecto karamazoviano y de habitante del subsuelo, se autoerige, con una sinceridad pasmosa, como la excepción a toda regla social. Para romper el círculo vicioso de una existencia cautiva en la cárcel de la razón (una razón enfermiza que en su discurrir traza infinitos círculos concéntricos que orillan todo sufrimiento ajeno) y recuperar la supuesta libertad que tenía antes de finiquitar su aislamiento con un matrimonio fracasado, Termeer no encuentra más escapatoria que asesinar a su mujer. Lo que le empuja después a escribir su confesión laica, además de su anhelo de aliviar el lastre de la culpa anulando de ese modo la tentación de airear su crimen, es volcar sobre el papel la historia de su vida y, con ese gesto confidencial y aclaratorio, acomodarse en el papel de damnificado. Víctima de unos padres a los que no unió el amor y de los que heredó todos los defectos (la vanidad materna, la lujuria del padre), pero no así la fuerza para dominarlos, Emants convierte a Termeer, versión holandesa del hombre superfluo, en la imagen especular de la misma sociedad que estigmatiza a individuos como él.

En esta novela de finales del siglo XIX, Emants, autor inscrito en un periodo de florecimiento de las letras neerlandesas, imprime sus señas personales en el pernicioso “pienso, luego soy” de Termeer. Le inocula su pesimismo dogmático, una inclinación definida por el escritor como “no una cuestión emocional sino solo de la mente”, pues basta comprobar que en el mundo prima el sufrimiento sobre la alegría. Un dolor derivado de la constatación de que los sueños que acariciamos de jóvenes poco se asemejan a lo que logramos de adultos. En Termeer ese abismo es insalvable desde el mismo momento en que ingresa en la escuela y descubre su cobardía, su ser castrado. En él pugnan dos fuerzas que, por opuestas, acaban anulándolo en un “letargo inquieto”: la repulsión hacia las personas y el afán de compañía. El amor, además, no llama nunca a su puerta. Hace intentos, sí, pero caen en la ridiculez y lo condenan a la introversión. Las mujeres, en el mundo emantsiano, suelen ser la principal causa de la infelicidad masculina. Tampoco la religión goza de la simpatía del neerlandés, que arremete contra sus rituales y sus veladores, así como las convenciones de la vida doméstica, fuente de desdichas. Las féminas con las que se cruza Termeer buscan, movidas por la codicia, el mejor pretendiente (por lo que el protagonista tiene todas las de perder) o bien consienten sin más porque la edad las apremia, como en el caso de Anna, hija de su antiguo tutor, que accede a casarse con él. La relación entre ambos se revela desde el principio carente de afecto y solo se tiene en pie por el perfeccionismo inquebrantable e inmaculado de ella, para quien el cumplimiento de la promesa conyugal está por encima de la propia felicidad. La muerte prematura de la hija de ambos, aunque Termeer reconoce que le procura alivio, es una razón más para que la casa se inunde de un “pudor frígido”. Incapaz de satisfacer su lujuria con Anna, Termeer se lanza a los brazos de Carolien, mujer que vende sus favores y despierta en él fantasías para las que su esposa ya solo representa un obstáculo. El lector conoce desde la primera línea el desenlace de esta situación irreconciliable: “Mi mujer está muerta y ya ha recibido sepultura. Estoy solo en casa… De modo que soy libre de nuevo, pero, ¿de qué me sirve ahora la libertad?” Aun siendo la suya una relación estéril, Anna, detrás de quien estaba “toda la sociedad con su rígida y arbitraria definición de lo que está bien y lo que está mal”, era su último vínculo con el mundo. ¿Cómo seguir adelante con una vida miserable? Llegados al punto final de la confesión, Termeer ha extentido ante nosotros la infinita red de palabras que le ha atrapado reduciéndolo a discurso. “Ya solo estoy vivo en mi imaginación”, afirma desde su celda mental.

Esta novela psicológica que lleva el extrañamiento al paroxismo se lee con un valor añadido, pues es uno de los tres títulos que ha traducido J. M. Coetzee, este en concreto en 1976. Nueve años después, el premio Nobel publicó el ensayo Confession and Double Thoughts: Tolstoy, Rousseau, Dostoevsky, que el sudafricano reconoce como un punto de inflexión en su mirada como creador. Y es que el género de la autobiografía y la confesión, la manera en que el narrador busca y plasma la verdad sobre su yo, ha sido uno de sus principales temas de estudio y sobre los que ha versado su propia obra: la carta a modo de confesión en La edad de hierro, la biografía distorsionada en El maestro de San Petersburgo o las diferentes entregas de su autobiografía. La confesión es un desafío a la razón, un reto epistemológico. De este modo, las tribulaciones de Termeer aparecen como un hito más en la obra de Coetzee, fascinado por una de las grandes construcciones de la cultura occidental, el “yo”. Como en la novela de Emants, el interés no radica en el acto de desvelar un secreto, una transgresión más o menos insoportable, sino en el esfuerzo por hacer emerger a la superficie una parte ignota de la personalidad que bucea a profundidades abisales. Así, la confesión de Termeer se convierte en una expedición intramuros para trazar la cartografía que permanece oculta en las sombras de la razón. Pero solo la maestría de Dostoievski, como señala Coetzee en la introducción a la novela, es capaz de romper con la tendencia natural del lenguaje a desparramarse, dejando sin expresar las verdades fundamentales y desembocando en un cul-de-sac. Pues ni siquiera las divagaciones psicológicas que cuestionan continuamente nuestra identidad bastan para alcanzar el estatus de artista o intelectual, otro de los temas recurrentes en Coetzee. Termeer interpreta como un rasgo de “artisticidad” su inclinación al autoanálisis de corte hamletiano, cierta sensibilidad hacia la belleza, e intenta dar sen- tido a su insignificante vida novelando su juventud y desastres amorosos. Pero la respuesta de la editorial es lapidaria: “irrelevante”, un juicio que Termeer recibe como extensible a todo su ser. Tal vez el desesperado relato pormenorizado de su biografía desde el lugar del crimen sea su última oportunidad de salpicar con algo de sentido su mediocre existencia. ~