¿Un revolucionario de salón entrevistado por un oportunista? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Un revolucionario de salón entrevistado por un oportunista?

John Gerassi

Conversaciones con Sartre

Traducción de Palmira Feixas, México/Madrid, Sexto Piso, 2012, 508 pp.

 

El de las conversaciones es un género literario con una larga tradición. Basta pensar en las Conversaciones con Goethe escritas por Eckermann, su secretario personal, durante los últimos años de su vida. O en las de Kafka con Gustav Janouch, a quien se acusó de impostor, dando por hecho que inventó buena parte del material. También los Paseos con Robert Walser de Carl Seelig tuvieron sus detractores por razones similares. Y es que el primer problema que plantea este tipo de ediciones, tanto al lector como al crítico, es el de su autenticidad. En este caso, el de las conversaciones de John Gerassi con Sartre, recientemente traducidas al castellano, podría parecer que no hay motivo alguno para tener dudas acerca de que nos encontramos ante un documento real, pues las charlas, mantenidas entre los años 1970 y 1974, fueron grabadas en cinta magnetofónica. El objetivo de Gerassi por entonces, según parece con el beneplácito de Sartre, era publicar una especie de biografía espiritual del filósofo francés, cosa que en efecto hizo en 1989 bajo el título Jean-Paul Sartre: Hated Conscience of His Century. Sin embargo, Ingrid Galster, experta en la obra de Sartre y de Simone de Beauvoir, se ha tomado la molestia de cotejar las cintas, vendidas por Gerassi a la Universidad de Yale, con las conversaciones, y en un artículo aparecido el 14 de enero en la Neue Zürcher Zeitung (“Klassenkampf im Café de Flore”) arremete contra la presunta veracidad de Gerassi, así como contra el poco rigor de la verificación factual ejercida por los responsables de la editorial Grasset, encargada de la traducción del libro al francés.

En France-Amérique. Le Journal français des États-Unis (5 de abril de 2010), Gerassi confiesa sin rubor alguno a Loan Nguyen que, en vista de la escasa repercusión que tuvo el primer tomo de su biografía de Sartre en Estados Unidos, decidió, en lugar de quemarse las cejas escribiendo otros dos, que allí ni siquiera serían reseñados, publicar las notas tomadas durante las conversaciones, pues suponía que al ser las palabras del propio Sartre todo el mundo las leería. Gerassi, nacido en Francia en 1931, ha trabajado en diversas revistas y periódicos norteamericanos (Newsweek, Time o The New York Times). Conoció a Sartre gracias a la relación de amistad mantenida entre sus padres, el pintor Fernando Gerassi y la ucraniana Stépha Awdykowicz, y la célebre pareja existencialista. Los temas que se tratan a lo largo de estas charlas constituyen un repaso del siglo XX: la lucha de clases, el compromiso del intelectual y del artista, las guerras de Corea y de Vietnam, el problema de Argelia, la disputa de Sartre con Camus y con tantos otros, etc. Quien domine cada uno de ellos podrá juzgar acerca de la buena voluntad o la mala fe tanto del entrevistador como del entrevistado.

Publicar a estas alturas estos entretiens tal vez sea hacer un flaco favor a la figura de Sartre, quien en una de las conversaciones afirma que prefiere la compañía de las mujeres a la de los hombres, cosa que justifica diciendo que con los hombres por lo general se habla en el plano de las ideas, mientras que las mujeres lo hacen en el del sentimiento, un tópico que no contentará a las féminas, de por sí difíciles de satisfacer. Sartre se refiere aquí a la relación con las mujeres en un tono a menudo frívolo y hasta condescendiente, que a lo que más recuerda es a esos machistas reaccionarios a los que con cierto optimismo voluntarioso creíamos ya sin modelos en los que apoyarse. Haciendo gala de un maniqueísmo de tebeo, lo que le sirve para ensalzar a unos (a Claude Lanzmann, cuya condición de mujeriego lo convierte en un hombre increíble) en otros basta para denigrarlos (es el caso de Camus).

Hay frases que se repiten hasta la saciedad (como la de “No se combate al fascismo porque se gane, sino porque es fascista”), con lo que pierden parte de su fuerza, así como algunas preguntas, sin que por ello se avance en cada nueva respuesta. El propio Sartre no parece capaz de salir del círculo de ciertas ideas, como las traiciones que dice haber sufrido durante su infancia. La de su madre, con la que sigue resentido por haberse vuelto a casar, y la de su abuelo. Las charlas dedicadas a los primeros años de su vida apenas añaden información que no se encuentre en Las palabras, un libro por el que se le concedió el Nobel y cuya importancia tal vez se haya magnificado, sobre todo si se compara con El primer hombre de Camus, novela inacabada en la que también se muestra la formación moral del autor, pero con una distancia y una sensibilidad dignas de un escritor de la talla de Proust.

La lectura se hace pesada por la abundancia de verbos dicendi, lo que aumenta la sensación de chismorreo (aunque no conviene olvidar que estos diálogos no se mantuvieron con vistas a su publicación): me preguntó, me dijo (que yo era feo), me contó (que usted no era un copulador, sino un eyaculador)... Tal vez un lector de veinte años devore el libro de una manera olímpica, pero cuando uno piensa que quizá no le queden más que veinte años de vida prefiere dedicar el tiempo a otras lecturas o a perderlo ante una puesta de sol.

Es hermosa la escena de la tardía toma de conciencia política por parte de Sartre en el stalag: “Y observé hasta qué punto el hecho de trabajar para el bienestar de los demás creaba ese sentimiento de bienestar en los demás y en uno mismo.” Aunque Gerassi enseguida rompe el encanto, apuntando que Sartre abandonó esa conciencia nada más salir de allí. Tal vez el mayor atractivo del libro estribe en la franqueza casi infantil que a veces despliega Sartre: “Era absolutamente partidario de la intervención, pero con la condición de no tener que ir yo”; “Salambó es una mierda.” A muchos les divertirán las anécdotas de jovencitos malcriados que tiran condones llenos de orina a los pedantes al grito de “Así orinó Zaratustra.”

En todo momento tiene uno la sospecha de que tanto entrevistador como entrevistado hablan, en lugar de con la mano en el corazón, con el carnet en la boca, la entrada con la que tantos compran el derecho a pertenecer a un grupo (religioso o político) lo más grande posible. Hay que atreverse a escribir de otro modo, con una actitud más valiente y a la vez más honesta y responsable. Y con esto me refiero a Gerassi, quien, aunque tal vez invente mucho, en el fondo no aporta nada nuevo. ~